sábado, 25 de enero de 2020
CAPITULO 105 (TERCERA HISTORIA)
Paula rodeó la escalera y se adentró en la cocina. Había solo una doncella, las demás estaban en la carpa. Solicitó una pastilla para el supuesto dolor de cabeza. A continuación, se encaminó hacia la fiesta, con el medicamento en la mano por si Ramiro le exigía explicaciones, pero su novio salió de una sala justo enfrente de donde venía ella. Sus ojos azules eran gélidos, demasiado.
Paula frenó en seco.
—Venía de...
No pudo terminar la frase porque Ramiro la agarró del brazo y la metió en el servicio de malas maneras.
—Se te olvida la copa de champán, cariño —le dijo él, señalando la copa que había en el lavabo.
Ella retrocedió por instinto. La había pillado. Se le había olvidado el champán...
—Volvemos a las andadas, Paula.
—No... —carraspeó—. No sé a qué te refieres, Ramiro.
—¡No soy ningún gilipollas, joder! —explotó, alzando los brazos.
—Me dolía la cabeza y...
—Ya me tienes harto —la interrumpió. La sujetó por los hombros y la zarandeó. La pastilla acabó en el suelo—. Has vuelto a desobedecerme. Sabes que no me gusta que bebas alcohol, eso no lo hace una señorita de tu posición —y añadió como si lo escupiera—: mucho menos mi futura esposa. Y te dije que no te acercaras al médico. ¡De qué coño vas! —la soltó con brusquedad —. ¡Todo el mundo os ha visto salir de la carpa y no volver, joder!
Paula se tropezó con los pies, pero no llegó a caerse.
—¿Qué has estado haciendo aquí, Paula? ¡Dímelo! —vociferó como un chiflado.
Pero ella no respondió. Estaba asustada. Sus pies parecían haberse clavado en los azulejos de brillante mármol beis del suelo.
Ramiro acortó la distancia lentamente, amenazante. Entrecerró los párpados.
—Dime a la cara que te has dejado sobar por otro que no soy yo, Paula — la apuntó con el dedo índice—. A mí me niegas el sexo, me suplicaste a gritos el otro día que no te tocara. ¡A gritos, joder! Hace un rato gritabas también, pero de otra manera, ¿verdad? —sus fosas nasales aleteaban con furia—. ¿Qué tiene ese puto médico de mierda que no tengo yo? ¡¿Qué?! —inhaló aire y lo expulsó para serenarse. Se retocó el pelo engominado—. Ya me he hartado. Te lo dije en la fiesta del Club de Campo, pero como un auténtico imbécil — apretó los puños a ambos lados del cuerpo— te perdoné. Luego, me humillaste apareciendo en la cena con ese traje que parecía un camisón —hizo una mueca de repugnancia—. Nos casamos en dos meses, Paula, ¿y te atreves a
avergonzarme delante de seiscientas personas? Necesitas que te enseñen disciplina, y me encargaré de que así sea.
Paula ahogó un sollozo. Tenía que salir de allí.
Retrocedió hacia la puerta.
—Llevo dos malditas semanas invitándote a cenar —prosiguió él, más calmado—. Te perdoné cuando tu madre me contó que me habías engañado con el médico —enumeró con los dedos—, perdoné que mantuvieras las clases de yoga, aun sabiendo que yo no quiero que trabajes en esa mierda, perdoné tu despiste con las invitaciones de la boda, perdoné que donaras la televisión y el mueble que, ¡encima!, te regalé yo, perdoné tu desobediencia... Te lo he perdonado todo, Paula, ¿y así me lo pagas?
No pienso disculparme. Esto se acabó.
—No quiero casarme contigo, Ramiro—procuró que, al hablar, no se le notase el repiqueteo de su cuerpo—. Te lo dije el otro día. No quiero. No te quiero —se corrigió—. No quiero seguir contigo. Se acabó.
—¿Sabes qué? —continuó, cogiendo la copa de champán—. Voy a ignorar tus palabras porque es evidente que es el alcohol el que habla.
—¡Eso no es cierto! —se indignó, más firme y decidida—. ¡No quiero casarme contigo! —gesticuló como una posesa—. ¡No te quiero! ¡Ni siquiera me gustas! ¡Eres un manipulador!
—Toma —le tendió la copa—. Bébetela, Paula. Te perdono.
—¡No te he pedido perdón! ¡No he hecho nada malo!
—Cógela —insistió Ramiro, rojo de ira, aunque empleando un tono bajo y carente de sentimientos.
Paula negó con la cabeza, deteniéndose a un metro de la puerta.
—¡Que la cojas, joder! —le colocó la copa en la mano y la apretó entre las suyas. Ella se estremeció—. Ahora te vas a beber el champán, porque yo lo digo y mi palabra es ley. Tú, en cambio, solo dices tonterías.
—No —intentó zafarse, pero él presionó con excesiva fuerza.
Entonces, sintió cómo su palma se abrasaba y sufría pinchazos. ¡¿Qué le pasaba?!
—¡Ay! —chilló de dolor, presa de las lágrimas—. ¡Me haces daño! ¡Suéltame!
Entonces, la puerta se abrió de golpe. Pedro Alfonso, quieto en el umbral, respiraba como un animal a punto de embestir. Su mirada era inhumana. A ella se le aflojaron las piernas.
—Suéltala —pronunció, con una frialdad espeluznante.
—Es una conversación privada entre mi prometida y yo —declaró Ramiro con acritud—. Nadie te ha dado vela. Lárgate.
—O la sueltas ahora mismo o te echo a patadas de aquí. Y me importa una mierda arruinar la fiesta de mi padre y que las seiscientas personas que están invitadas lo vean, además de los periodistas que todavía siguen fuera. Sería una buena imagen para tu reputación —su voz de helada calma erizó la piel de Paula.
Ramiro Anderson enderezó su cuerpo, la soltó y se marchó, empujándolos a los dos adrede. Ella se tambaleó y aterrizó en el suelo.
—¡Ay! —pero no se quejó por el golpe, sino por el susto.
Su héroe acudió al rescate.
—Abre la mano, Pau —le ordenó con suavidad, arrodillado a sus pies. Sonrió, procurando transmitir cariño, pero sus ojos aún eran los de un diablo —. Abre la mano, muñeca. Por favor.
—No puedo... Me duele mucho... —sorbió por la nariz.
Le dolía tanto la palma que no podía moverla.
Las lágrimas se deslizaron por su rostro sin control y sin percatarse de ello. Él suspiró con fuerza y la tomó de la muñeca. Se la acarició. Después, extremadamente despacio, comenzó a desplegarle los dedos. Paula aulló, mordiéndose la lengua. De repente, le sobrevino un ataque de ansiedad al darse cuenta de que la copa se había hecho añicos en su mano y se le habían clavado los cristales. Su vestido se manchó de sangre.
—Mírame —sonrió Pedro con dulzura—. Respira hondo conmigo, ¿de acuerdo?
Ella imitó sus bocanadas largas y profundas de aire hasta que, poco a poco, comenzó a relajarse, pero el llanto silencioso no menguó.
—Ya está, muñeca. Ahora vamos a lavarte y, luego, a curarte.
Le había quitado los cristales mientras recuperaba el aliento. La alzó en brazos y la condujo a los lavabos, donde la sentó en una esquina. Le limpió la palma con agua y jabón debajo de un grifo. Paula gimió por el escozor.
—Tienes todavía algunos muy pequeños —anunció él, secándola con un pañuelo muy suave—. Hay que sacártelos con pinzas antes de curarte las heridas —la contempló, serio—. ¿Puedes andar? Estás temblando.
Paula asintió, pero, cuando la bajó al suelo, sus piernas cedieron y se sujetó a Pedro en un acto reflejo.
—¡Ay! —profirió al apoyar la mano en su pecho.
Él apretó la mandíbula, se estaba conteniendo y sus ojos aún seguían oscuros. Se agachó, la levantó en brazos otra vez y la llevó a la cocina. La acomodó sobre la encimera vacía que hacía de isla. No había nadie. Rebuscó por los armarios hasta sacar un botiquín. Depositó una servilleta de papel en la encimera, cogió unas pinzas y procedió a quitarle los diminutos cristales que magullaban su piel, dejándolos en la servilleta. A continuación, vertió un antiséptico en una gasa cuadrada y grande y la colocó en su palma. Ella dio un brinco.
—Está frío.
Pedro la vendó con la gasa puesta. La pericia y la rapidez fueron extraordinarias. Después, la depositó en el suelo y guardó el botiquín.
—Pedro... —comenzó Paula, estirando la mano sana para tocarlo.
—Vuelve a la fiesta —la cortó, ofreciéndole la espalda.
—¿Qué te pasa? No he hecho nada...
—Ese es el problema —se giró y la enfrentó—. Nunca haces nada.
—Le he dicho a Ramiro que no...
—He escuchado parte de la discusión —la interrumpió—. El otro día le dijiste que no querías casarte, pero hoy apareces del brazo de él. Has vuelto a decirle que no quieres estar con él, pero ¿sabes qué va a pasar ahora? —se inclinó, cruzado de brazos—. Que vas a regresar a la fiesta, tu prometido te abrazará y te llamará cariño y tú aguantarás el tipo hasta que Anderson se quiera marchar. Y el círculo se repite, porque esto —rechinó los dientes— es un jodido círculo hasta que tú te impongas.
—Y, ¿qué quieres que haga? —utilizó un tono demasiado agudo.
—Hablar con tus padres, en especial con tu madre. Pedirles ayuda para que Anderson te deje en paz, porque eso es lo que quieres, ¿no? —entornó la mirada, receloso.
Ella no respondió y él resopló, revolviéndose los cabellos con saña.
—¡También he oído que intentó acostarse contigo y que tú le gritaste para que no te tocara! —estalló Pedro—. ¡¿Cuántas veces más lo ha hecho?!
—¡Pedro! —pronunciaron varias voces masculinas a su espalda.
Ambos miraron hacia la puerta. Eran Mauricio, Lucas y Daniel.
—Se os escucha desde el salón —dijo Dani, que se acercó a Paula e inspeccionó el vendaje—. ¿Qué ha pasado?
—Se me rompió una copa —respondió ella, en un tono apenas audible y con el corazón tan acelerado que temió sufrir un ataque.
—¡Joder! —rugió Pedro—. ¡El cabrón de Anderson le ha reventado una copa en la mano, que es bien distinto!
—Cálmate —le ordenó Lucas, frunciendo el ceño—. Así no vas a solucionar nada.
—¿Cuánto más, Paula? —continuó él, ignorando a sus amigos—. ¿Cuánto más vas a seguir mintiendo sobre Ramiro? ¡Cuánto, joder!
—¡Nadie tiene por qué saberlo! —se desesperó ella, soltándose de Daniel.
—¿Saber el qué? —inquirió Pedro, avanzando intimidante—. ¿Saber que dentro de dos meses te casas con él, pero le permites a otro hombre que te toque? ¿Saber que no soportas acostarte con tu prometido, pero en cambio sí tienes un amante? ¿Saber eso? Pues, por mí, ¡que lo sepa todo el mundo, joder!
Paula se cubrió la boca con la mano sana.
Retrocedió. Jamás lo había visto así... Y ella, solo ella, había provocado el dolor que él transmitía, y lo sabía.
—Exacto —recalcó Pedro, riéndose sin humor—. Huye, Paula. Corre. No haces otra cosa que huir de la verdad y de tu vida.
—¡Eso no es cierto!
—¡Lo es! —acortó la distancia y la sujetó de los brazos—. En la fiesta del Club de Campo te arrastró hasta el hotel después del partido de polo delante de todos. Dime ahora mismo qué pasó en la habitación. ¿Qué te hizo? ¿Qué te
dijo? —la zarandeó.
Paula tragó, aterrada por la reacción que pudiera tener Pedro si se lo contaba. Negó con la cabeza.
—Dímelo. Ahora. Mismo. Paula.
Ella tragó de nuevo, hundió los hombros, empequeñeciéndose en su presencia, pero también se sintió extrañamente protegida.
—No me hizo nada, pero me dijo que estaba harto de que le rechazara... — se detuvo, avergonzada, y dirigió los ojos al suelo.
—No. Mírame a la cara y cuéntamelo —le pidió con voz aterciopelada y ronca.
Paula observó su semblante cruzado por la determinación.
—Me dijo que me fuera a casa y que lo esperara despierto porque... —no pudo seguir hablando porque el grueso nudo de la garganta se lo impidió.
La expresión de Pedro cambió por completo al adivinar el resto de la historia. Ya no estaba enfadado, ahora estaba angustiado y no lo disimulaba.
—¿Lo hizo?
Ella negó con la cabeza otra vez y contestó:
—Mis padres vinieron a buscarme al día siguiente y me dijeron que Ramiro los había llamado, que estaba preocupado porque había estado en la puerta y yo no le había abierto y tampoco le había devuelto las llamadas.
Él se alejó de ella, rumiando incoherencias y tirándose de los mechones.
—Pero no tenía ninguna llamada —insistió Paula, que intentó agarrarlo—. Mintió.
—No me toques ahora, Paula.
—Doctor Pedro... —emitió un sollozo involuntario.
—No —respiraba de forma frenética, caminando por el espacio sin rumbo —. Vuelve a la fiesta, Paula. Ahora.
viernes, 24 de enero de 2020
CAPITULO 104 (TERCERA HISTORIA)
Pedro enterró la nariz en su pelo. Desabrochó el sujetador, deslizó las tiras por sus brazos lentamente, mimando su piel con las yemas de los dedos, y dejó caer la prenda al suelo. Acercó la boca y lamió su nuca. Paula se curvó. Las
manos de Pedro se situaron en sus costados y subieron hacia sus senos, al tiempo que chupaba su hombro. Ella se retorció.
—Míos —gruñó él, amasando sus pechos con decadencia.
Descendió por su vientre plano con una mano.
—¡Pedro! —gritó.
—Baja la voz —rugió, fatigado por el esfuerzo que estaba haciendo.
Y continuó por dentro de las braguitas hacia su intimidad. En cuanto la tocó, Paula abrió las piernas en un acto reflejo.
—Joder... Pau... Joder... —aulló, como un condenado a muerte, pero moriría satisfecho—. ¿Tienes frío ahora?
Ella sollozó.
—¿Tienes frío ahora? —insistió él, rabioso.
—No... Calor... Mucho... calor... —tragó por enésima vez—. ¡Oh, cielos! ¡Pedro!
Pedro veneró su inocencia con los dedos apenas unos segundos más, porque se desquició. Le retiró las braguitas, a punto estuvo de romperlas. Se bajó la cremallera del pantalón y liberó su punzante erección. Se colocó entre sus piernas, flexionando las suyas para estar a la misma altura. Y comenzaron a mecerse a la par, acariciándose de forma tan íntima que el placer fue exquisito.
Ella se arqueó, tan desesperada como él, y jadeó. La postura resultaba un poco incómoda porque sus músculos se vieron asaltados por una creciente debilidad, cada segundo mayor, se derrumbaría en el suelo en cualquier momento por el goce tan extraordinario que sentía al apreciar a Paula tan entregada a aquella intimidad tan especial, pero no podía alejarse un solo milímetro, apoyó una mano en su vientre plano y con la otra se ayudó a sí mismo para guiar el oscuro baile hacia su infierno particular.
—Pau... No puedo... respirar... —se estaba ahogando, deliraba, empapado en sudor.
—Yo... tampoco... doctor... Pedro...
—Joder... —engulló su cuello y aceleró el ritmo.
Jamás había hecho algo así, pero era demasiado bueno como para parar.
Necesitaba enterrarse en ella de una buena vez, pero todavía no. Quería amarla en condiciones cuando su muñeca fuera suya por completo, sin prometido, sin boda, sin miedo a la decepción, sin ocultarse. Y rezó para que las palabras de Elias Chaves se cumplieran.
—Dime que vendrás —rugió Pedro.
—Sí... —tragó—. Iré... contigo... —arañó la pared con las uñas.
Notaba cómo Paula se acercaba al abismo. Esa piel blanca se irguió, igual que sus pechos, a los que adoró Pedro con los dedos. Los pellizcó con fuerza y ella chilló.
—No te imaginas... lo que me gusta... verte así... —dijo él entre gemidos, balanceándose e impregnándose de su muñeca—. Desnuda... frente a mí... ardiente... por mí... —resopló. Su vista se nubló—. Temblando... Joder... Solo por mí...
—Pedro... —echó hacia atrás la cabeza y se alzó de puntillas por el placer —. No pares...
—Jamás.
El paraíso los recibió en un éxtasis tan devastador que les robó el poco aliento que les quedaba. Gritaron, olvidándose de todo lo que no fuera ellos dos. Y, en efecto, las rodillas de Pedro acabaron en el suelo con un golpe seco, arrastrando a su muñeca consigo. La envolvió por la cintura y la estrechó contra su torso. Paula se aferró a sus brazos, tiritando ambos.
No se movieron hasta que sus respiraciones se acompasaron, largo rato después. Ella se giró y lo besó, rodeándole el cuello con las manos.
—No te arrepentirás de venir a Los Hamptons, te lo prometo —sonrió Pedro, embelesado, acariciándole la espalda con la ternura que solo ella le inspiraba.
—¿Y qué vamos a hacer allí? —le peinó con los dedos, despejándole la frente.
—Pues... —la besó en la nariz—. Hay piscina, una pista de tenis, un invernadero con muchas flores, caballos...
—¡Caballos! ¡Flores! —sonrió de un modo tan deslumbrante que lo cegó.
—Caballos, flores, tenis y piscina, nada más.
—¿Nada más? —se colocó a horcajadas sobre su regazo, ronroneando—. Hay algo más.
A Pedro se le borró la alegría de la cara. Su cuerpo se incendió otra vez.
—¿Qué más hay?
—Está mi héroe... —lo besó en los labios.
Él gimió y la correspondió, apresándole el trasero. La manoseó por todo el cuerpo mientras saqueaba su boca.
Pero se interrumpieron, de pronto, cuando el picaporte se movió. Alguien intentó abrir, aunque el pestillo lo impidió.
Paula se levantó de un salto. El pánico la poseyó y la paralizó. Pedro se ajustó los pantalones y la ayudó a vestirse.
—Métete aquí, levanta los pies y no hagas un solo ruido —le ordenó él en un susurro, al empujarla hacia uno de los reservados. Los cerró todos y se inclinó en el suelo para asegurarse de que no se la viera.
Quitó el pestillo.
Era Anderson.
Se dedicaron una fría y controlada mirada.
—Si quieres ir al servicio —le dijo Pedro con tranquilidad—, utiliza los de la carpa, como el resto de invitados —se cruzó de brazos.
—Estaba buscando a mi prometida —ladeó la cabeza para observar el interior del baño.
—Antes de que yo entrara aquí, Paula estaba hablando con su padre, pregúntale a él —le indicó con la mano que se marchara.
Ramiro permaneció quieto unos segundos, analizando a Pedro con desagrado. Después, regresó al jardín.
—Ya sabes quién era —le informó Pedro a Paula, abriendo el reservado donde estaba escondida.
Ella lo observó, seria. Se levantó, se acercó, estiró los brazos y le anudó la pajarita.
—Estaba torcida.
Pedro gruñó y se apoderó de su boca con rabia, transmitiéndole los malditos celos y el inconfesable pavor que sentía de perderla, de que se casara con otro...
—Eres mía.
—Pedro... —le acarició los sonrojados pómulos—. De nadie más — sonrió y lo besó con una dulzura que lo desarmó—. Solo tuya.
Él suspiró, cerró los ojos y asintió, abrazándola.
—Será mejor que salga yo primero por si está vigilando —anunció Pedro, separándose—. Rodea la escalera y ve a la cocina. Pide una pastilla para el dolor de cabeza.
—No me duele la cabeza —frunció el ceño, extrañada.
—Anderson te interrogará ahora. No se ha fiado de lo que le he dicho. Le dirás que te dolía la cabeza y que has estado con las doncellas en la cocina, descansando de la fiesta —sufrió un escalofrío cuando se alejó de su contacto, y no le gustó nada.
Paula asintió. Pedro la besó en la frente y se fue. Buscó a sus amigos.
Mauricio, Lucas y Dani estaban en la barra, tomándose un gin tonic. Él le pidió uno al camarero.
—Se viene a Los Hamptons conmigo —les anunció a sus amigos, ocultando una risita.
—¿Ya pediste tus vacaciones, jefe? —bromeó Dani.
—Hablaré con el director el lunes —dio un trago—. No lo había decidido hasta ahora.
Charló con sus amigos de forma animada, o lo intentó, porque a los cinco minutos se impacientó. Ni ella ni Anderson estaban en la carpa. Esperó un poco más, pero, finalmente, le entregó la copa a Mauricio.
—Guárdamela. Enseguida vuelvo.
Atravesó el espacio, mezclándose con los invitados por si la veía, pero no la encontró. Se dirigió al interior de la mansión. Escuchó voces cada vez más próximas, procedentes del hall.
Sigiloso, avanzó. Alguien discutía en el baño.
La puerta estaba entornada.
Un mal augurio inundó su interior.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)