viernes, 29 de noviembre de 2019

CAPITULO 97 (SEGUNDA HISTORIA)





La pareja entró en el despacho de Bruno, que en ese instante colgaba el teléfono fijo del escritorio.


—Paula... —comenzó Bruno. Estaba consternado—. Jorge me acaba de llamar pidiéndome explicaciones por lo ocurrido. No puede dejarlo correr, por mucho que le pese en relación a ti. Ya se ha enterado todo el hospital —se revolvió los cabellos y caminó hacia la ventana, al fondo. Suspiró y la miró con gravedad—. Emma desciende de categoría. Al ser la jefa, su culpa en la pelea es mayor porque debía haber dado ejemplo. Y no se le abre un expediente porque ni Jorge ni yo queremos abrírtelo a ti, pero, a partir de este momento, Emma deja de ser la jefa de enfermeras de Neurocirugía. Se lo comunicaré ahora.


—¿Y yo? —le preguntó, en un hilo de voz.


—Quitarle el puesto va a suponer un problema más para ti, Paula. Quizás, lo mejor sea que cambies de planta —se encogió de hombros—. Así evitaremos más problemas.


—Estoy a gusto aquí...


—Jorge me ha cedido tu castigo a mí. Y yo... —respiró hondo—. Te lo cedo a ti.


Paula alzó las cejas. Pedro sonrió.


—Eres mi cuñada —señaló Bruno, sonriendo también— y mi amiga, así que no puedo castigarte ni ser imparcial. Soy un jefe horrible, ¿eh? —hizo una mueca cómica.


Ella soltó una risita.


—Haré lo que tú me digas, jefe. De verdad que siento mucho lo que ha pasado...


—Sé que fue Emma quien empezó —le dijo Bruno—, pero soy el jefe de la planta y tampoco puedo dejarlo correr, no sería ético ni profesional —ladeó la cabeza—. Te asignaré a una enfermera que no sea Sabrina durante un mes.
Después, te someteré a un examen como si fueras una enfermera en prácticas, ¿de acuerdo? No tendrás problema porque te lo haré yo mismo y porque eres una de las mejores, y con diferencia —le guiñó un ojo—. Además —levantó una mano—, la enfermera que te supervise tendrá que hacer un parte diario de tu actividad. Es decir, tu castigo es un mes de prueba.


—Es un buen castigo —convino Pedro, feliz por la decisión.


—Gracias, Bruno —le aseguró Paula, conmovida por tener un cuñado y un amigo tan bueno.


Ella y su marido salieron al pasillo.


—¿Estarás bien? —se preocupó él, tomándola por las mejillas—. Mándame un calcetín antes de sacar las uñas, gatita —se carcajeó—. Nos vemos luego —la besó en los labios—. Por cierto —la abrazó por la cintura —, te debía una cita, ¿no?


—¿Cuándo, soldado? —enroscó las manos en su cuello.


—El viernes por la noche. Saldremos directamente del hospital. Mauro y Zaira cuidarán de Gaston, ya hablé con ellos.


—¿Adónde vamos? —se mordió el labio. Su corazón se disparó.


—Es una sorpresa —la besó de nuevo, dulce y tentador.


—¿Un... secreto? —articuló Paula en un suspiro entrecortado.


Su marido la devoró con esos ojos de puro chocolate, que relampagueaban, erizándole la piel. A ella se le doblaron las rodillas.


—Siempre nuestro secreto —afirmó él, en un áspero susurro.


—¿Y tengo que vestirme de alguna manera especial?


—Como tú quieras —sonrió, enigmático—. No vamos a ningún sitio de etiqueta. Creo que te gustará.


Se besaron una última vez y se despidieron.


Sin embargo, Paula decidió bombardearlo con mensajes el resto de la tarde.


Paula: Dime dónde, soldado, por favor...


Pedro: Te daré una pista: no es una cita normal.


Paula: ¿Y eso qué significa?


Pedro: Te confieso que tengo un poco de miedo...


Paula: ¿El famoso Pedro Alfonso tiene miedo a una cita?


Pedro: Tengo miedo porque no es fácil impresionarte, rubia. Odias las citas, las flores, los bombones y los besos de despedida. Contigo hay que esmerarse. Y, no, nunca he tenido una cita así con nadie, por si te lo preguntas. Solo espero no equivocarme...


Se derritió...


Y derretida estuvo el resto de la semana, hasta el temido viernes. Se había traído al hospital el conjunto de ropa en una bolsa de piel, que luego Bruno se llevaría al apartamento para no tener que cargarla ella en la cita.


—Hoy es la gran noche, ¿no? —le dijo Tammy, con una sonrisa adorable.


Tammy era la enfermera que Bruno había elegido para que la supervisara en su mes de castigo, la misma a quien habían ascendido a jefa de enfermeras de Neurocirugía tras el descenso de Emma. Era el encanto personificado, amable, educada y cariñosa. En cuanto al físico, era rubia ceniza de pelo muy corto, ojos azules, alta y esbelta, considerada una de las mujeres más atractivas del General. Tenía treinta y ocho años y estaba soltera y sin compromiso, aunque más de uno babeaba por ella.


—Estoy un poco nerviosa —le confesó Paula, cambiando el suero de un paciente que en ese momento estaba dormido y solo en la habitación.


—¿Solo un poco? —arqueó las cejas—. Llevas cinco minutos de reloj para cambiar el suero del señor Ryan —se rio—. ¿Por qué no te tomas un café y te relajas un poco?


Ella asintió y se encaminó hacia la sala de descanso. Su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón de uniforme. Era un mensaje. Su interior se revolucionó.


Pedro: Abre tu taquilla.


Siguió su escueta instrucción y descubrió una caja rectangular envuelta en papel rojo. En su interior, había unos tapones para los oídos, un pañuelo azul de seda y una nota:
Guárdalo en tu bolso, porque lo vas a necesitar... Pedro.


Paula reprimió un gritito de felicidad.


Ay, Pedro... Todavía quedan tres horas, pero ya es la mejor cita del mundo...




CAPITULO 96 (SEGUNDA HISTORIA)





Su jefa estaba a horcajadas sobre ella, que intentaba frenar sus ataques. La coleta se le había deshecho y los mechones que bailaban libres y en remolino por su rostro le impedían ver con claridad. Consiguió aferrar por las muñecas a Emma y girar, quedando encima. No la golpeó, a pesar de que era lo que más deseaba, sino que procuraba sujetarla, pero su jefa pataleaba y se retorcía con saña, incluso quiso morderla.


De repente, alguien la levantó por las axilas y Bruno incorporó del suelo a Emma de malas maneras.


—Suficiente, rubia —le susurró ese alguien al oído, abrazándola por la cintura en el aire, y pegándola a su cuerpo.


Pedro... —volvió el rostro y lo vio. El enfado se evaporó al fijarse en su sonrisa pícara—. Pedro, yo... —la vegüenza la inundó.


—No te disculpes, gatita —ocultó una risita—. Al menos, no conmigo.


Ella se sonrojó y agachó la cabeza.


—Las dos, a mi despacho. Ya —gruñó Bruno, antes de caminar a paso firme por el corredor, junto a la jefa de enfermeras, que se ajustaba el uniforme para parecer presentable.


¡Pero ¿qué he hecho?! ¡¿Desde cuándo soy así?! ¡Me ha visto todo el hospital!


Pedro soltó despacio a Paula, se agachó y recogió su goma del suelo. A continuación, se colocó a su espalda y, con mimo, le peinó los cabellos en una coleta alta y tirante. Entrelazó una mano con la suya y la guio por el pasillo ante la pasmosa mirada de los visitantes y del personal del hospital, algunos procedentes de otras plantas. Ella estaba tan nerviosa por la reacción de Bruno, por su propio comportamiento, que se tiraba de la oreja izquierda sin descanso.


Entraron en el despacho del jefe de Neurocirugía. Pedro cerró tras de sí y se recostó en la puerta, cruzado de brazos y mordiéndose el labio para no sonreír.


Las dos enfermeras se situaron frente a Bruno. Emma se irguió, mostrando la característica frialdad de sus ojos negros. Paula se encorvó, sintiéndose fatal por su cuñado, que la observaba con evidente decepción.


—¿Necesito llamar a algún testigo —preguntó Bruno con la voz contenida —, o seréis capaces de explicarme lo que ha pasado sin sacar las uñas otra vez? ¿Emma?


—¡Me ha abofeteado sin razón! —exclamó, señalándola con la mano.


—¿Sin razón? —repitió ella con incredulidad—. Me has insultado primero a mí —enumeró con los dedos—, después, has insultado a mi hijo y, luego, has insultado a mi marido. Eso son tres motivos —la miró con un odio inmenso.


Su marido estalló en carcajadas.


—¡Pedro! —se quejó Bruno—. Fuera de aquí.


—Vamos, Bruno...


—He dicho que fuera de aquí. Y llévate a Paula. Primero, hablaré con Emma.


—Ven conmigo, rubia —le dijo Pedro, tomándola del codo para arrastrarla de vuelta al pasillo—. ¿Estás bien? —la sujetó por la nuca para comprobar que no tuviera ningún golpe o arañazo.


Paula le ofreció la espalda.


—No, no estoy bien —declaró ella, abatida—. Bruno tiene que odiarme... Qué vergüenza, Pedro... —se tapó la boca—. Yo no soy así...


Él la atrajo hacia su pecho, rodeándola por las caderas, y la besó en la sien.


Se le pasará, estate tranquila. ¿Qué ha ocurrido?


Le relató los hechos, sin omitir detalle. Justo cuando terminó, Emma salió.


—La próxima vez que toques a mi mujer, le hagas daño de algún modo o insultes a mi hijo, Emma —sentenció Pedro, en un tono tan frío que hasta Paula se sorprendió—, haré que te despidan y que no te contraten en ningún hospital de Boston.


—¿Me estás amenazando? —entrecerró los ojos.


—Te estoy avisando de lo que sucederá si te atreves a perjudicar otra vez a mi familia —besó a su mujer en el cuello—. Limítate a trabajar, que para eso estás aquí.


—Tú no eres nadie para ordenarme nada —le escupió Emma, colorada por la rabia que sentía hacia el matrimonio.


Él la soltó y se colocó frente a la jefa de enfermeras. Introdujo las manos en los bolsillos del pantalón del traje y sonrió con serenidad.


—Vuelva al trabajo, enfermera Clark, se lo ordena —recalcó con excesivo énfasis— el jefe de Oncología.


Emma se sobresaltó por la formalidad de sus palabras y se marchó.



jueves, 28 de noviembre de 2019

CAPITULO 95 (SEGUNDA HISTORIA)





Salió al pasillo sin darles la oportunidad de responder. Se le quitaron las ganas del café. No estaba intranquila, de hecho, se sentía realmente bien. Por primera vez desde que regresó de Europa, el pasado de su marido quedó relegado a eso, al pasado. Él la amaba, aunque no se lo hubiera confesado, ni ella le hubiera declarado sus sentimientos; al fin y al cabo, Pedro y Paula no eran una pareja normal... Las palabras se marchitaban, pero los gestos y las miradas podían fundir el hielo, y ella se derretía en su presencia. Sonrió, con las mejillas coloradas, al recordar el último despertar...


Cuando se acercó a recepción, su jefa, que la había seguido, se situó a su derecha.


—Tiene que ser genial ser la mujer del mosquetero mujeriego Pedro Alfonso —le comentó Emma con ironía, sonriendo con malicia y en un tono lo suficientemente alto como para que la oyeran todos los que estaban a su alrededor—. Te felicito. ¿Cómo llevas eso de cruzarte con sus amantes? Se ha acostado con casi todo el General. Te admiro —aplaudió, consiguiendo la atención de los presentes, ya fueran visitas de los pacientes o empleados—. Si yo trabajara en el mismo hospital que él, no me atrevería a levantar los ojos del suelo. Menuda vergüenza... ¿Qué se siente al ser la que se sale de su regla inquebrantable? Eres rubia y estás gorda —estiró el cuello—. Se casó contigo solo por el bebé, si es que es suyo... —soltó una carcajada.


¡Oh, no! ¡Eso sí que no!


La ira la poseyó. Notó cómo se le inyectaban los ojos en sangre. Su cuerpo se incendió.


—Retira tus palabras ahora mismo, Emma —sentenció Paula, sombría.


—Solo he dicho la verdad. Eres una puta vaca asquerosa y cornuda.


Se escucharon exclamaciones de asombro.


—Eso me da igual —se contuvo para no insultarla—. Lo de mi hijo.


Emma se echó a reír.


—¿Pedro se ha hecho las pruebas de paternidad? —insistió su jefa, retirándose el lacio cabello de los hombros con coquetería—. ¡Venga ya, Paula! Es bastante patético que hayas acorralado a un hombre como él de esa
manera. ¿No te fuiste a Europa con el empresario Ariel Howard? Eso tiene un nombre... —se golpeó la barbilla con dos dedos, fingiendo pensar en la palabra—. ¿Hace falta que lo diga? —dibujó una amplia sonrisa en su rostro —. A saber quién es el padre de...


Paula la abofeteó tan fuerte que le cruzó la cara. Emma se cubrió la mejilla, enmudecida y asustada. El silencio reinó en el lugar.


—Vuelve a dudar de mi hijo y no me controlaré, porque no será una bofetada lo que recibas, ¿entendido, jefa? —emprendió la marcha por el corredor en dirección a la habitación de Nicole Hunter, pero Emma decidió cometer un terrible error...


—Solo un hombre como Pedro es capaz de estar con una puta vaca como tú.


—¿Y cómo es Pedro, Emma? ¡Ilústrame! —desplegó los brazos en cruz.


—Un cualquiera a quien le vale cualquiera —bufó, indignada y resentida.


—Ay, Emma... —meneó la cabeza—. Ni mi marido es un cualquiera ni le vale cualquiera, porque si le valiera cualquiera se hubiera acostado contigo, y no lo ha hecho. Nunca.


No tuvo tiempo de darse la vuelta, cuando su jefa acortó la distancia y agarró su coleta.


—¡Ay! —exclamó Paula—. ¡Suéltame!


Una enfermera corrió por el pasillo y otra se perdió de vista por las escaleras, alarmadas las dos. Pero eso no detuvo a Emma, porque esta tiró con fuerza de su pelo hacia atrás para empujarla hacia delante, provocando que se cayera de bruces contra el suelo. Sus rodillas se resintieron.


¡Esta zorra se va a enterar!


—Serás... —se levantó y se lanzó hacia su jefa.


Se olvidaron del lugar donde se encontraban y se defendieron como dos tigresas salvajes. Trastabillaron y rodaron por el suelo. La rabia que inundaba a Paula era la misma que poseía a Emma.


—¡Separadlas! —gritó una mujer—. ¡Que alguien haga algo!


Varios se aproximaron con dicho propósito, pero ellas estaban demasiado enzarzadas, por lo que se formó un círculo en torno a las luchadoras.


—¡Emma, Paula, ya basta! —clamó un hombre, a lo lejos.


—¡Largo de aquí! —vociferó otro.



CAPITULO 94 (SEGUNDA HISTORIA)




—¡Hola, cariño! —la saludó Catalina, en la recepción de la planta de Neurocirugía.


—¡Hola! —correspondió Paula, sin esconder la felicidad que la abrumaba desde que se había despertado, de madrugada, en los brazos de su ardiente marido.


—Espero que no te importe que haya venido sin avisar. ¿Tienes un descanso?


Bruno, a su lado, besó a su madre en la mejilla.


—Bajad a la cafetería —les dijo él, con su sonrisa tranquila—. Es la hora del almuerzo y esto está tranquilo. Mauro, Pedro y yo no tardaremos.


La señora Alfonso se colgó del brazo de Paula y se marcharon, encantadas. Se acomodaron en una de las mesas de la terraza acristalada. Todos a su paso saludaban a Catalina con respeto y admiración. La mujer respondía con una sonrisa deslumbrante. Era muy conocida, no solo a nivel social y porque fuera la madre de los tres mosqueteros, sino porque había sido una cirujana de gran reputación cuando había ejercido la profesión.


—Llamé a tu madre —le contó Catalina—. Me dijo que intentarían venir, pero que no me lo confirmaba porque tenía que preguntárselo a tu padre.


Paula agachó la cabeza.


—La echas de menos —afirmó su suegra, acariciándole las manos.


—Mucho... —se le formó un nudo en la garganta.


—Los invité a quedarse en casa en vez de en un hotel —frunció el ceño—. No me parecía bien. Son tu familia, independientemente de que... —se detuvo de sopetón.


De repente, unos brazos rodearon la cintura de Paula; esta giró el rostro y observó a Pedro, arrodillado a su lado. No pudo disimular la tristeza que la invadía. Él arrugó la frente y la escrutó.


—Estoy bien —mintió ella, al percibir su preocupación.


Él enarcó una ceja sin creerla en absoluto. Paula suspiró de forma entrecortada.


—Calcetín... —pronunció ella en un hilo de voz.


Pedro no tardó ni dos segundos en levantarse y arrastrarla fuera de la cafetería. Se dirigieron a un rincón oscuro para que nadie los molestara o los vigilara, detrás de las escaleras. Él apoyó las manos en la pared a ambos lados de sus hombros, encerrándola adrede.


—No creo que mi familia asista a la gala —declaró Paula, desviando la mirada—. Tu madre los ha invitado a su casa, pero mi madre ha dicho que todo depende de mi padre, así que... De todas maneras, tengo guardia ese día.


—Cámbiala.


Pedro, no puedo. Es Emma quien asigna las guardias y el fin de semana pasado y este que viene los tengo libres. Me tocan dos seguidos de trabajo y dos seguidos libres.


—¿Desde cuándo una enfermera trabaja diecinueve días seguidos? — entornó los ojos, enfadándose poco a poco—. Eso va en contra del reglamento. Desde que has entrado a trabajar aquí, solo has descansado cuatro días y llevas un mes. Hablaré con Emma.


—¡No! —lo sujetó de las solapas de la bata—. ¿Crees que no sé que me están probando? No soy estúpida, Pedro. Soy la única que hace fines de semana de guardias seguidos y que trabaja diecinueve días para tener dos libres. Todas mis compañeras se turnan. Ninguna hace más de uno mensual. Lo sé.


—Y, ¿por qué lo permites? —estalló. Retrocedió y se pasó las manos por la cabeza—. Me da igual lo que digas, hablaré con Emma. ¿Lo sabe Bruno?


—No lo sé —se recostó en la pared, derrotada.


—¿Qué más? —reclamó él, cruzándose de brazos—. ¿Qué más te están haciendo?


—En realidad, solo he trabajado cuando estuve en el turno de noche —le confesó Paula, ofreciéndole el perfil.


—¿Qué significa eso? —la agarró de la muñeca y la obligó a darse la vuelta.


—El primer día, Emma me dijo que estaría bajo la supervisión de Sabrina, que yo no haría nada excepto obedecer a Sabrina, hasta que Emma creyese conveniente que estoy capacitada para enfrentarme sola a los pacientes de manera profesional.


—¿Se puede saber quién cojones se cree Emma que es? ¿Y te pone con Sabrina? ¿Es una puta broma? —alzó los brazos al techo y los dejó caer.


—No es ninguna broma, te lo aseguro... —se tiró de la oreja izquierda—. Pedro, no quiero que hagas nada. No necesito que seas mi guardián en esto, ¿de acuerdo? —se enojó—. Sé luchar solita mis propias batallas.


—¡Pues quién lo diría, joder!


La contempló, todavía más furioso, un largo rato.


—He respetado siempre todas tus decisiones —señaló Pedro con voz contenida. Apretaba los puños—. Antes de irnos a Los Hamptons, me pediste que no me inmiscuyera en tu trabajo. En tu primer día, me echaste de Neurocirugía. Y no se me olvida —arqueó las cejas— que me exigiste tiempo y espacio y que te cambiaste de turno durante dos semanas para no cruzarte conmigo. Y todo lo hiciste pensando únicamente en ti. Yo te di igual —rechinó los dientes—. Lo siento por ti, pero ahora tomaré cartas en el asunto. Se acabaron los juegos —acortó la distancia y la cogió por los hombros—. Eres mi mujer y no voy a permitir más mierdas sobre ti. Y, sí, soy tu guardián, no te atrevas a negarlo una segunda vez —la soltó y se fue como un vendaval.


Ella, atónita, regresó a la mesa. Su marido no estaba. Tampoco preguntó por él. Comieron una ensalada. Después, se despidieron de Catalina en la puerta principal del hospital y cada uno volvió a su trabajo.


Sin embargo, cuando Paula se acercó a la sala de descanso para prepararse un café, encontró a Emma y a Sabrina cuchicheando.


—Tú —le dijo, sin educación, su jefa, apuntándola con el dedo índice y echando humo por todos los poros de lo enfadada que estaba—. Te crees una reina, ¿eh?


La rodearon. Ella no se amilanó ni se inquietó, sino que suspiró con desgana.


—Lo único que voy a consentir es que hagas una guardia de un fin de semana al mes como las demás —prosiguió Emma, colorada por la rabia—. Nada más, vaca Alfonso. Continuarás como hasta ahora, bajo las órdenes de Sabrina y de mí, porque yo así te lo mando como tu jefa que soy. ¿Vaca Alfonso?


Paula se echó a reír. ¡Qué poco la conocían!


Pedro no tardará en buscarse a otra —escupió Sabrina, sacando pecho —. Eres una vaca cornuda, o lo serás dentro de poco.


—Pues aquí la vaca Alfonso —se señaló a sí misma, sonriendo con satisfacción— se ha casado con vuestra mayor fantasía frustrada. Y me lo pidió él. De hecho —levantó una mano para enfatizar—, al principio lo rechacé —avanzó hacia Sabrina—. Tú te abriste de piernas igual que yo, ¿no? Esas fueron tus palabras exactas. Pues, ¿sabes qué te digo yo a ti ahora? —se inclinó, sin perder la diversión—. Se ha casado conmigo, no contigo, por algo será, Sabrina. Y, obviamente —se giró para enfrentarse a Emma—, contigo no llegó ni a eso —caminó hacia la puerta.


—Soy tu jefa, te exijo respeto.


—Y lo estás teniendo, Emma —le contestó con tranquilidad. La miró—. Tú me has insultado y yo a ti, no.


—¡Eres una puta vaca asquerosa! —le gritó su jefa, colérica.


—¿No se te ocurre algo mejor? —se carcajeó ella.


Patéticas y ridículas... ¡Vaya par!


—¡Puta vaca asquerosa y cornuda! —convino Sabrina, demostrando carecer de personalidad.


—Os repetís —Paula les dedicó una mirada divertida—. No me afectan vuestros insultos, ni siquiera que me hagáis trabajar más que a ninguna, porque, cuando me despierto cada día, lo hago entre sus brazos y con nuestro hijo al lado. Solo por eso, merece la pena sacrificarme en el hospital y soportar vuestra presencia. Y, ¿sabéis más? —ladeó la cabeza—. No he utilizado mis influencias porque quería hacerme valer como la excelente enfermera que soy —colocó las manos en la cintura y adelantó una pierna—, pero me acabo de dar cuenta de que no necesito demostrar nada, y mucho menos a dos verduleras como vosotras, por mucha jefa que seas, Emma, así que se acabó. Soy la mujer de Pedro y la cuñada de Bruno y Mauro, aceptadlo y asumidlo porque eso no va a cambiar.