viernes, 20 de diciembre de 2019

CAPITULO 9 (TERCERA HISTORIA)




Hacía ya un mes de la última vez que Pedro había visto a Paula Chaves, un insoportable mes... Los peores treinta días de su vida, y no exageraba. Decían que uno debía temer más a los vivos que a los muertos. Era cierto, completamente cierto. La preocupación que había sentido cuando ella había estado en coma en nada se comparaba con lo que su interior gritaba desde que la había llevado a su casa la noche de su cumpleaños... ¡en nada!


Postrada en la cama, esos ojos verdes de leona blanca estaban cerrados, esa voz delicada y suave como un pétalo no se pronunciaba y el contacto de su lechosa piel no existía. Pero, tras despedirse de ella en Garden St, su mano aún hormigueaba, esos luceros aún lo deslumbraban y esa voz aún lo perseguía hasta en sueños.


Saber que, a diario, Paula acudía al hospital, bien a rehabilitación o bien a la consulta del psicólogo, lo incapacitaba en el trabajo, se compraba una chocolatina con almendras cada hora, su remedio para el estrés... bueno, su manía secreta, aunque no tan secreta porque Rocio se las llevaba cuando él estaba de mal humor. La pícara de su cuñada lo conocía mejor que nadie.


Si Paula Chaves no se hubiera presentado en la mansión de sus padres, Pedro no estaría en ese estado de perpetuo nerviosismo.


—¿Podemos hablar, Pedro? —le preguntó el doctor Walter, en el pasillo de su planta.


—Dime, Hernan.


Hernan Walter era un neurocirujano de reputada experiencia, de cuarenta años y divorciado. Era rubio, de ojos azules, alto y de complexión atlética.


Contaba con la fama de ser un hombre de intachable educación, responsabilidad y caballerosidad. Pedro estaba muy contento con Walter, era el mejor después de él, por eso, le había cedido el caso de Paula. No se llevaba
bien con Manuel porque a Hernan le gustaba Rocio y tonteaba con ella siempre que podía, aunque era un juego inocente porque Walter respetaba a las mujeres casadas, a pesar de los celos de su hermano.


Le entregó una carpeta marrón.


—Son los resultados de las últimas pruebas de Paula. Firmo el alta completa ahora, pero pensé que querrías verlos antes.


Pedro repasó los documentos, la analítica y las ecografías.


—¿Dónde está? —quiso saber Pedro, ansioso.


—En mi consulta. ¿Quieres darle el alta tú?


—Si no te importa, me gustaría verla.


—Claro, jefe —sonrió, palmeándole el hombro.


—Dile que venga a mi despacho.


Regresó a su despacho. Se revolvió los cabellos. Y esperó de pie, observando el exterior a través de la ventana.


Un golpe suave lo sobresaltó.


—Adelante.


La puerta se abrió y apareció su leona blanca. Pedro exhaló ese último suspiro y renació, la misma reacción de siempre...


—¿Quería verme, doctor Pedro? —se interesó Paula, en ese tono tan suave y femenino que le arrancó un tirón a su erección.


—Siéntese, por favor, señorita Chaves —le indicó una de las dos sillas que flanqueaban la mesa, frente a él. Se acomodó en la suya de piel después de ella—. ¿Cómo se encuentra? —se recostó en el respaldo y enlazó las manos en el regazo, ocultando así el bulto tan inoportuno de su entrepierna.


—He terminado hoy las sesiones con el doctor Collins —estaba erguida, aunque con naturalidad, la postura perfecta—. Me ha dicho que puedo retomar ya mis clases de yoga —no varió la seriedad de su rostro, tampoco esa condena, tristeza o amargura que transmitían sus impresionantes ojos verdes.


—¿Y el doctor Fitz? —se interesó, frunciendo el ceño.


—Seguiré con el psicólogo —agachó la cabeza un segundo y volvió a mirarlo—. Lo veré una hora cada quince días.


—¿Por qué? ¿Le ocurre algo? —aquello lo sorprendió en demasía. Se inclinó y apoyó los codos en el escritorio.


Ella se ruborizó y desvió los ojos al suelo. No respondió.


—Señorita Chaves, por favor, conteste —Pedro se controló lo indecible para no levantarse y arrodillarse a sus pies. En ese preciso instante, regresó la amargura que la hacía parecer frágil.


—Es solo que hay cosas que no comprendo y el doctor Fitz me está ayudando a aceptarlas —declaró en un hilo de voz, todavía sin alzar la barbilla.


Pedro se incorporó y le ofreció una mano. Paula aceptó el gesto. La condujo al sofá, a la izquierda. Sintió esa imperiosa necesidad de abrazarla.


—¿Qué tipo de cosas? —quiso saber Pedro, cuyas piernas rozaban las de ella, desnudas por el vestido de algodón rosa pálido que alcanzaba sus rodillas, a juego con la cinta que recogía sus cabellos en una coleta lateral, y con sus Converse.


Joder, Paula, eres preciosa... Qué suerte tiene tu novio... Qué suerte...


—El coma es... —comenzó ella, arrugando la frente—. Es raro. De vez en cuando, me vienen a la mente frases de voces que conozco, pero no imágenes, como si lo hubiera soñado —gesticuló mientras hablaba, perdida en sus pensamientos—, y no sé si es real o no. Es complicado. No puedo evitar sentirme desorientada y más si... —se detuvo de golpe—. Quiero decir que necesito más sesiones con el doctor Fitz. Debería irme, doctor Pedro —se
levantó.


Pedro parpadeó confuso ante su brusco cambio.
Algo escondes...


—Siéntese, señorita Chaves —le pidió él, a punto de enfadarse porque se marchaba y Pedro no quería que se marchara, necesitaba más tiempo—, no hemos acabado.


—Lo siento, doctor Pedro, pero...


Él se puso en pie de un salto y acortó la distancia, deteniéndose demasiado cerca de esa cara tan bonita, incapaz de no hacerlo.


—Siéntese, por favor —repitió más calmado, pero sin evitar rechinar los dientes.


Ella entornó la mirada un segundo y se sentó en el sofá. Pedro se acomodó casi pegado a su pequeño cuerpo.


—Disculpe mi franqueza, pero es usted un grosero —le soltó Paula, huyendo hacia el extremo y pasándose las manos por el vestido.


Pedro desorbitó los ojos. ¿Grosero? ¡Grosero!


—Jamás me habían llamado así —musitó él, estupefacto.


De hecho, ninguna mujer lo había insultado... 


¡Todas lo adoraban!


—Porque solo será grosero conmigo —añadió ella—. La gente habla muy bien de usted, doctor Pedro. No estoy de acuerdo. Y le pediría por favor que firme el alta para poder irme a casa, si no es mucha molestia.


Pedro la contempló, asimilando sus palabras. No había perdido la educación.


Lo había reprendido de una forma letal, y muy cortés.


Y tenía razón. Con Paula, no se reconocía. Pedro Alfonso había sido siempre un experto en mantener una postura tranquila y comedida en cualquier ocasión, en especial en situaciones problemáticas, pero con ella se convertía en un... grosero.


Quizás, sí había una leona en su interior...


Escondió una sonrisa y carraspeó.


—Perdóneme, señorita Chaves—Pedro se incorporó e introdujo la mano en el bolsillo de la bata blanca para coger su pluma estilográfica negra. Abrió la carpeta y firmó el documento correspondiente—. Tendrá que venir a una revisión dentro de seis meses. Yo mismo me encargaré de su cita —se giró y le ofreció el papel.


Paula se levantó con el ceño fruncido, estirándose la ropa en las piernas.


Caminó en su dirección sin mirarlo, aunque con el mentón bien alzado, orgullosa.


—Discúlpeme usted a mí, pero ahora mismo no puedo perdonarlo. Sería ir en contra de mis principios —se indignó.


Pedro tuvo que obligarse a no estallar en carcajadas. Sí, una leona, discreta, sincera y preciosa.


Cuando ella estiró la mano, él retiró el documento. Paula le clavó los ojos en los suyos, al fin.


—Me gustan mucho sus Converse, señorita Chaves —susurró, ronco.


—Gracias —contestó enseguida, ruborizándose—. Sus zapatos son muy bonitos, doctor Pedro.


Pedro permaneció un segundo boquiabierto hasta que rompió a reír. Ella sonrió con timidez.


—¿Siempre es tan políticamente correcta? —le entregó el papel—. No creo que mis zapatos sean de su agrado, pero le agradezco el cumplido.


—Me encantan sus zapatos —dijo de inmediato, posando las manos en los brazos cruzados de él—. De verdad que son muy bonitos —agregó,
preocupada por si no la creía.


Esos inverosímiles luceros verdes, resplandecientes, sin transmitir ninguna tristeza ahora, y el contacto a través de la ropa, fulminaron a Pedro.


—Llámame Pedro. Oficialmente, no eres mi paciente, Paula.


Ella desorbitó los ojos y retrocedió.


—Disculpe por el tuteo y por mi falta de formalidad —se excusó Pedro de inmediato ante su reacción—. No volverá a suceder, señorita Chaves.


—No, yo... —se humedeció los labios—. Será mejor que me vaya —se dirigió a la puerta—. Gracias por todo —se giró y lo miró—, Pedro.


Pedro respiró hondo al escuchar su nombre de su boca. Levantó una mano para que no saliera. Cogió una de sus tarjetas de visita; en una de ellas, escribió su móvil personal con la pluma y se la dio.


—Llámame o escríbeme para cualquier cosa. Siempre estoy disponible. Yo no he estado en coma, pero he oído muchos testimonios de mis pacientes. Todos se sienten desorientados y algunos han requerido mucho tiempo para habituarse a sus vidas. Sabré aconsejarte desde el punto de vista teórico y se me da muy bien escuchar —sonrió—. Prometo no volver a ser grosero contigo.


Paula le devolvió el gesto, aunque sin una pizca de alegría. Esa pesada imposición retornó a sus ojos, apagándolos a una velocidad espantosa. 


¿Qué demonios le sucedía?, se inquietó Pedro.


—¿Ya hay fecha de boda? —se atrevió él a preguntar, molesto porque quería una negativa como respuesta, pero sospechaba que sería lo contrario.


—Sí —asintió, seria, rodando el anillo en su dedo, le estaba grande—. Dentro de tres meses, a finales de septiembre.


—Enhorabuena —declaró con sequedad, incapaz de disimular su desagrado y su impotencia.


¡Debería darme igual si se casa o no, joder! ¡No la conozco de nada!


¡Olvídate de ella! ¡Pero ya!


—Gracias.


Pero ella no parecía una novia feliz ni ilusionada. ¿Sería esa la carga que sus ojos transmitían la mayor parte del tiempo?, ¿estaría así por la boda y no por Lucia?


—Tu prometido es un hombre con suerte —le dedicó Pedro, sonriendo, fingiendo alegría.


—¿Alguna vez...? —lo miró, entornando los ojos—. ¿Alguna vez has sentido que tu vida no es tu vida, sino una sucesión de escenas que debes vivir sin importar si quieres vivirlas o no, pero las vives por miedo a defraudar a los que te quieren?


La historia de mi vida...


Pedro frunció el ceño. ¿Era eso lo que la ocurría? ¿Acaso había aceptado el compromiso por obligación? ¿Había esperanza?


¡Pero qué esperanza! ¡Haz el favor de centrarte! ¡Deja de pecar!


—Olvida lo que he dicho —le pidió ella, sonrojada—. Menuda tontería... Ya no sé ni lo que digo... —hizo un ademán para restar importancia.


No... Aquí pasa algo...


En ese momento, alguien golpeó la puerta y entró sin esperar el permiso.


Solo podía ser una persona...




jueves, 19 de diciembre de 2019

CAPITULO 8 (TERCERA HISTORIA)




A la mañana siguiente, se despertó al amanecer. 


Se despojó de las ropas de la noche anterior y se duchó. Eligió unos shorts vaqueros claros, una camisola blanca y de manga larga, que le alcanzaba la mitad del trasero, y una rebeca verde de punto. Llenó una bolsa con ropa de deporte para la sesión del fisioterapeuta. 


Se preparó una infusión en la cocina y un sándwich de pavo, tomate y orégano.


Su madre se presentó cuando Paula se calzaba las Converse verdes en el sofá, de tres plazas, piel blanca y con el respaldo recto y bajo. Karen tenía un juego de llaves, pero prefería llamar para no incomodarla, así se lo había hecho saber varias veces. Paula cogió el bolso y un fular estampado de flores, era mayo, pero aún refrescaba por las mañanas y por las noches, y se reunió con su madre.


Caminaron en silencio hacia el hospital, a apenas cinco minutos de distancia, colgada Karen de su brazo. Entraron por la puerta principal y se dirigieron directamente a la consulta del doctor Collins, en el área de Rehabilitación Física, en una planta inferior a la principal, en el otro extremo de la cafetería del complejo y cerca del gimnasio que utilizaban para los pacientes que requerían terapia.


—Buenos días, señora Chaves, Paula —las saludó el doctor Adrian Collins, levantándose de la silla, detrás del escritorio—. ¿La señora Chaves nos acompañará hoy? —preguntó, con una sonrisa cautivadora, acercándose a las recién llegadas.


Paula ocultó una risita ante el sonrojo de su madre, quien sonrió como una adolescente, embelesada en el doctor Collins. A ella no le atraía para nada su físico, no le gustaban los rubios, ni los ojos azules, ni los cuerpos con los músculos demasiado marcados, como era el caso de su fisioterapeuta.


—Si no es molestia... —dijo Karen—. Y llámeme Karen, por favor.


—Por supuesto que no es ninguna molestia, Karen —y añadió hacia la paciente—: Primero, el masaje y, después, un corto circuito conmigo, como siempre.


Ella asintió y se desnudó tras un biombo de madera, en la esquina más alejada de la puerta, en la parte derecha del despacho. En ropa interior, sencilla y blanca, sin adornos, se tumbó en la camilla. Adrian le colocó una toalla para cubrirla, desde los senos hasta las ingles, se quitó la bata y se remangó la camisa. A continuación, se embadurnó las manos de crema, se las frotó y empezó el masaje en las piernas. Le molestaba la fuerte fricción, pero no se quejó porque luego su cuerpo lo agradecería. Notaba sus músculos cargados y pesados desde que había despertado del coma, aunque cada día menos. Fueron diez minutos y, luego, tocó el circuito.


—Si vienes a diario, Paula, en un mes te daré el alta y podrás retomar tus clases de yoga para antes del verano.


Una hora más tarde, se vestía de nuevo. Guardó la ropa de deporte que había utilizado para el circuito, que había consistido en ejercicios de elasticidad y estiramientos en el gimnasio.


—Gracias, doctor Collins —se despidió.


—Hasta mañana, Paula. Karen, espero verte también.


—Claro, doctor Collins —aseguró su madre, con las mejillas más rojas que los fresones.


Cuando salieron al pasillo, Paula se rio y Karen la imitó.


—¿Qué quieres hacer ahora, tesoro? —le preguntó su madre.


—Nada importante —mintió—. ¿Qué quieres tú, mamá?


—Vamos a ver a tu padre y a Ramiro. Hay que pensar ya en la fecha de la boda.


—Claro —suspiró. No había otra opción.




CAPITULO 7 (TERCERA HISTORIA)




El edificio era una vivienda grande que la señora Adela Robins había reformado unos años atrás para que simulara un portal, instalando un ascensor y creando ocho lofts, dos en cada planta, todos alquilados, menos el de Adela, en la segunda.


Era una anciana agradable y bondadosa, pero muy entrometida. Siempre se enteraba de quién salía y quién entraba, a qué hora y con quién. Paula solo llevaba seis días viviendo allí, pero la señora Robins ya había conocido a su novio, Ramiro Anderson, a quien había sometido a un exhaustivo interrogatorio.


El loft de Paula estaba en el último piso. Apenas eran sesenta metros cuadrados, pero se había enamorado a primera vista del ático. Subió las escaleras y se introdujo en su coqueto apartamento abuhardillado, de paredes de color crema, grandes ventanales, pocos muebles, de color blanco gastado, pufs bajos y mullidos, y un sinfín de cojines, tanto en la cama como en el sofá.


Dejó las llaves en la mesita circular pegada al perchero, junto a la puerta.


En ese momento, su móvil sonó dentro del bolso. Lo sacó y descolgó.


—Hola, mamá —se apoyó en la puerta.


—Hola, tesoro —respondió Karen—. ¿Qué tal con el doctor Pedro?


—Acabo de llegar a casa. Fui a la dirección que me proporcionó su hermano Mauro y resultó que era la mansión de su familia y que se celebraba el cumpleaños del doctor Pedro. Me invitaron a cenar.


—Solo conozco a Rocio, pero en el hospital decían que la mujer de Mauro era otro cielo personificado. Me gusta esa familia, tesoro.


—Se llama Zaira y se parece bastante a Lucia... —se le apagó la voz—. Estoy cansada, mejor me acuesto y mañana te llamo, ¿de acuerdo?


—Claro, hija. ¿Te acompaño al fisio?


—No te preocupes, mamá.


—No es ninguna molestia, tesoro, ya sabes que me gusta estar contigo.


—De acuerdo —accedió—. Buenas noches, mamá.


—Buenas noches, tesoro.


Colgaron.


Paula suspiró, agotada, y caminó hacia su cuarto. A la derecha, estaba la cocina con barra americana, frente al salón y al comedor, los cuales ofrecían unas vistas a lo lejos de las copas de los frondosos árboles del Boston Common, el parque más antiguo de la ciudad.


A la izquierda de la puerta principal, pasada la cocina, se hallaba su habitación, una estancia separada del resto por una cortina de color crema y fija al techo, hasta la tarima, a modo de flecos. El baño era lo único que estaba apartado, en una sala con puerta, dentro del dormitorio. 


Atravesó los flecos blancos, pisó la alfombra que había a los pies de su gigantesca cama, a la
derecha, debajo de los ventanales, y se derrumbó sobre los almohadones. Se quitó las zapatillas con los pies y cerró los ojos sin molestarse en cambiarse de ropa.


Todo había sido muy rápido. El mismo día que había recibido el alta, sus padres le habían dado la noticia de que habían encontrado un piso ideal para ella, y habían acertado. Paula había estado cinco semanas y media recuperándose en la habitación del hospital y ojeando en el periódico un posible alquiler. Karen y Elias Chaves respetaban su privacidad y su independencia. Eran los mejores padres del universo: cariñosos, atentos, pacientes... Y habían aceptado sin titubear el deseo de su única hija de establecerse sola al salir del General, algo que agradeció, porque jamás les negaba nada y, si ellos hubiesen insistido en que viviera en casa de los Chaves, habría accedido para no defraudarlos, aunque no quisiera. Odiaba defraudarlos, a cualquier persona, pero en especial a Karen y a Elias.


Se quedó dormida pensando en su hermana, como de costumbre.




CAPITULO 6 (TERCERA HISTORIA)




Pedro la ayudó a subir y, a continuación, se montó en el asiento del conductor, sin tocar ni regular los espejos, era su coche, pensó ella, ajustándose el cinturón.


—¿Dónde vive, señorita Chaves?


—En el número 23 de Garden St, en Beacon Hill, muy cerca del General.


—Sé dónde es.


Los minutos que duró el trayecto fueron silenciosos.


Garden St era una calle pequeña con automóviles aparcados en las dos aceras. Su coche estaba entre ellos, en la misma puerta del edificio donde vivía. Sus padres se lo habían regalado por su recuperación. Era un precioso Mini Cooper de color verde botella, descapotable y con el número diecisiete en las puertas laterales, un número que le recordaba los maravillosos años que había vivido con su hermana.


—Es aquí —anunció Paula.


Pedro paró el todoterreno, que ocupaba casi toda la calzada.


—Gracias, doctor... —se detuvo al verlo apearse del coche y dirigirse a su puerta, que abrió, y le ofreció una mano para descender al suelo.


No estaba acostumbrada a recibir ese trato tan caballeroso y los nervios la asaltaron.. Entonces, el cálido contacto de su mano mitigó, de pronto, su ansiedad. Respiró hondo con suavidad.


—Gracias —repitió ella, alejándose unos pasos hacia la acera.


—Es tarde. Sus padres estarán descansando. Salúdelos de mi parte, por favor.


—No —buscó las llaves en el bolso—. Vivo sola. Ellos viven frente al Boston Common.


—¿Vive sola? —inquirió Pedro, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos—. Hace siete semanas que ha despertado de un coma de más de un año. No debería vivir sola.


—Estoy bien. El doctor Walter me ha dicho que empiece a hacer mi vida normal, aunque de momento, hasta que mi cuerpo no esté físicamente recuperado, no trabaje, algo bastante acertado dado que soy profesora de yoga y mi flexibilidad ha empeorado después de tantos meses postrada en una cama.


—Vaya despacio, no corra. Como usted bien acaba de decir, ha estado muchos meses postrada en una cama. Necesita tiempo.


Paula se enfadó... ¿Primero la echaba de su casa, luego la invitaba y la ignoraba y, ahora, le decretaba cómo tenía que vivir?


—Gracias, doctor Pedro —se estiró el vestido mientras hablaba—, pero, cuando requiera consejos sobre mi salud, se los pediré a mi médico, el doctor Walter. Buenas noches —se giró y subió los tres peldaños de la entrada del edificio.


—Disculpe si la he ofendido —le dijo él a su espalda en una especie de gruñido.


Ella se giró y arrugó la frente.


—Discúlpeme a mí por mi brusquedad —se excusó Paula enseguida, aunque se obligó a hacerlo. Estaba más que acostumbrada a contener su genio en presencia de cualquiera, así la habían educado siempre, pero, curiosamente, con el doctor Pedro no le apetecía, toda una novedad—. Gracias por todo, doctor Pedro. Le deseo lo mejor —extendió la mano.


Pedro observó el gesto sin variar la gravedad de su expresión. Se la estrechó de forma muy lenta, provocando que su piel se erizase.


Ella, sin poder evitarlo, se fijó en sus ojos del color de las castañas, con varias tonalidades en degradado, desde el marrón claro —alrededor de las pupilas— hacia el marrón oscuro. Y brillaban bajo las farolas de la calle y, al parpadear, gracias a las preciosas pestañas rizadas que tenía, envolvieron a Paula en un aura mística, irreal, llena de paz... Poco a poco, la seriedad de esos mágicos ojos marrones se fue transformando en meteoros cegadores que nublaron su razón, su coherencia, su lógica y su mente, alejándola por completo de la realidad.


Y se quedó prendada de su hermoso rostro, de su cuadrada mandíbula, marcada, fuerte y recia, su recta y refinada nariz, sus cejas no muy gruesas, sus labios finos y alargados, sus pómulos altos... Recordaba unos hoyuelos al sonreír. ¿Los volvería a ver algún día? ¿Volvería a ver al doctor Pedro que había conocido por Lucia?


La magia se evaporó.


Paula se separó y agachó la cabeza para contemplar su anillo de compromiso. Estrujó la mano en un puño y abrió la puerta. Cerró sin mirar atrás, aunque no se inmutó hasta que escuchó el coche alejarse, varios minutos después...


—¿Paula, eres tú? —le preguntó la propietaria del edificio, desde la escalera.



—Soy yo, señora Robins —sonrió—. Buenas noches.


—Buenas noches, chiquilla —sonrió—. Que descanses —y se metió en su casa.