lunes, 16 de septiembre de 2019
CAPITULO 26 (PRIMERA HISTORIA)
Aquella guardia de dos días fue, para Pedro, de las más estresantes que había vivido. No paró ni para comer. Hubo un accidente en la carretera la tarde del sábado: un autobús repleto de niños se salió en una curva; todos fueron heridos leves, pero, en total, sumaron cuarenta atenciones urgentes. No dieron abasto, porque, además, la mayoría de los padres tuvieron que ser también atendidos con ataques de ansiedad.
El lunes, a las siete menos cuarto de la mañana, caía rendido en su maravillosa cama. No se quitó ni los zapatos, solo cerró los ojos y se durmió.
Se despertó a las nueve de la noche. La pantalla de su móvil se iluminó, mostrando dos llamadas perdidas de su madre y dos mensajes, uno era de Alejandra y el otro... Dio un brinco en el colchón. Se incorporó y leyó:
Paula: Me enteré del accidente. Por favor, dime que lo que cuentan en las noticias no es cierto, que no han muerto seis niños.
Paula...
Contestó sin dudar.
Pedro: Los niños que iban en el autobús están bien. Algún corte superficial y cardenales, nada más. Perdona por el retraso, me acabo de levantar.
Ya estaba ofreciendo explicaciones, pero no le importaba en absoluto.
Paula: No te preocupes, solo llevo unas horas desquiciada... He estado a punto de ir al hospital, pero recordé que tu guardia había terminado. Gracias por informarme. Espero que hayas descansado
Él emitió una carcajada de júbilo.
Pedro: Me estás tuteando...
Paula: Te estoy tuteando, doctor Alfonso, pero solo porque no me intimidas ahora mismo.
Aquella confesión lo dejó boquiabierto y con el corazón latiendo tan acelerado que corría el riesgo de sufrir un ataque fulminante, sin contar con la excitación que recorría cada centímetro de su cuerpo.
Pedro: ¿Y cuándo sí te intimido?
La respuesta de la pelirroja tardó tanto en llegar que Pedro se levantó y paseó por la habitación, revolviéndose los cabellos. Se desesperó, aunque no se arrepintió de haber formulado la pregunta, estaba ansioso por leer la respuesta.
Paula: Olvide lo que le he dicho. Nos vemos el jueves.
—¡Joder! —exclamó, tirando el móvil a la cama deshecha.
Se enfadó consigo mismo por haberla asustado.
Se duchó y se puso el chándal. Necesitaba despejarse. Se colocó los auriculares del móvil en las orejas y llamó a su madre mientras hacía ejercicio.
CAPITULO 25 (PRIMERA HISTORIA)
—¡Alejandra! —vociferó Pedro, separándose de golpe—. ¿Qué mosca te ha picado, joder? —se limpió los labios de carmín con desagrado nada disimulado.
—Pero... ¿qué te pasa? —Alejandra, avergonzada, lo miró con el dolor por el rechazo reflejado en su rostro. Más de uno los observaba con obvia curiosidad.
En ese momento, frente a él, después de dos semanas sin verla, se percató de que su belleza ya no lo atraía ni un ápice siquiera. Era atractiva, no lo negaba, pero ya no se sentía eclipsado. Se habían acostado los dos últimos años de forma ocasional. Se conocían desde que eran niños, sus familias eran amigas —sus madres eran íntimas—.Alejandra Graham poseía un cuerpo que quitaba el aliento, enfundado siempre en vestidos ajustados, cortos y atrevidos, con escotes pronunciados. Utilizaba tacones de aguja milimétricos que estilizaban aún más su impresionante figura.
Era guapísima, de líneas delicadas y finas en su perfecto rostro —gracias a una operación de nariz—, y al que sacaba provecho gracias al buen uso que hacía del maquillaje —nunca la había visto sin pintura en la cara— . Jamás se recogía el cabello, negro y liso, que le alcanzaba las axilas, y, desde hacía un mes, lucía un flequillo que le ocupaba toda la frente.
La elegancia la caracterizaba, con un toque provocativo que llamaba la atención en cualquier lugar; se giraban todos los hombres, y muchas mujeres, al cruzarse con ella. Tenía treinta y dos años y se dedicaba a la decoración de interiores —ella había sido la encargada de amueblar el apartamento de los hermanos Alfonso—. Sin embargo, lo que él estaba viendo en ese momento era justo lo contrario: nada.
—No te entiendo, Pedro —las lágrimas se agolparon en sus ojos.
Eso sí que no lo soportaba... Y ella lo sabía. La cogió del codo y la condujo a la zona de los servicios, un pasillo a la derecha de los sofás.
—Yo lo que no entiendo es tu saludo —retrocedió para guardar una distancia prudente.
Pedro nunca había mostrado sentimientos cálidos delante de nadie, jamás, con ninguna mujer. Sus amigos sabían de su relación con la decoradora porque Alejandra lo proclamaba a los cuatro vientos cada vez que quedaban a solas, que era siempre en casa de ella, porque Pedro tenía una norma infranqueable: en su apartamento no entraban mujeres; una regla que Manuel y Bruno cumplían a rajatabla.
—Mierda... —masculló él, al recordar a Paula—. Ya hablaremos.
Regresó a los sillones, pero Paula no estaba. La buscó por la discoteca, deteniéndose cada pocos pasos. Encontró a su hermano con una chica que ronroneaba entre sus brazos.
—¿Dónde está? —le preguntó Pedro al oído.
Manuel se giró, sobresaltado.
—¿La has perdido? —inquirió, furioso—. ¡Estabas con ella, joder!
—Tranquilízate —le pidió Pedro, frunciendo el ceño—. Apareció Manuel y se abalanzó sobre mí.
—Mierda... —comprendió su hermano al fin, frotándose la cara.
—Eso mismo dije yo... —musitó él—. Me voy —decidió al instante.
Manuel le palmeó el hombro, deseándole suerte. Pedro casi corrió durante quince minutos, callejeando para acortar el camino, hasta alcanzar el portal de la pelirroja, a oscuras y desierto. Le escribió un mensaje a su hermano para que le mandara el número de teléfono de Paula y este le respondió al segundo. Marcó y esperó.
Un tono... Dos tonos... Tres tonos... Cuatro tonos... Cinco tonos...
Estaba a punto de colgar, cuando escuchó su melodiosa voz. El alivio lo inundó.
—¿Sí? —sonaba algo áspera.
No podía estar dormida, pensó, apenas hacía veinte minutos que se habían visto.
—Soy Pedro.
—¿Doctor Alfonso? —preguntó, sorprendida.
—¿Dónde estás?
—En mi casa, ¿por qué?
Frunció el ceño. Su tono era escéptico, cortante, enfadado.
—¿Te importaría asomarte a la ventana para asegurarme de que estás en casa?
—¿Perdón? ¿Usted no estaba ocupado con una morena?
Pedro sonrió. Un regocijo revoloteó en su estómago.
—¿Estás celosa?
—¡Claro que no!
—Estás mintiendo —afirmó, divertido, mientras cruzaba la calle para observar la fachada del edificio.
Había una luz prendida en la segunda planta y una silueta, detrás de una cortina amarilla, caminaba de un lado a otro, claramente agitada.
—¿Cómo lo sabe si ni siquiera me está viendo? —rebatió en tono agudo.
—Primero, porque has contestado demasiado rápido y, segundo, porque no paras de moverte, lo que significa que estás nerviosa. Si no estuvieras celosa, estarías tranquila.
La silueta se acercó a la ventana y se detuvo.
—Estoy bien —pronunció ella, calmada—. No estoy celosa porque no tengo motivos para estarlo. Espero que disfrute de la noche.
—Me voy a casa, mañana empiezo una guardia de cuarenta y ocho horas.
¿Por qué le estaba dando explicaciones, y, encima, repitiéndole algo que ya sabía? No tenía ni idea, pero le gustaba la cadencia de su voz, no quería terminar la llamada. Y, por alguna absurda razón que no comprendía, sintió la imperiosa necesidad de decirle, sutilmente, que no pensaba quedarse con la morena.
—¿Cuándo quedamos para preparar la conferencia? —quiso saber Pedro, ajustándose el cuello de la chaqueta sin dejar de mirar la ventana.
—Pues... supongo que el jueves —respondió, sin ánimos.
La silueta desapareció.
—¿Adónde has ido? —se preocupó, avanzando un paso.
Paula se rio con suavidad.
—Me he tumbado en la cama, es que mi cama está pegada a la ventana.
Pedro sonrió, cautivado por la dulce melodía que escuchaba.
—Te dejo descansar. Nos vemos el jueves —no se quería despedir ya, pero ella trabajaba para Stela Michel al día siguiente y durante toda la jornada, necesitaba descansar.
—Sí —suspiró—. Hasta el jueves, doctor Alfonso.
—¿Tanto te cuesta decir mi nombre? —se molestó, no pudo evitarlo.
La silueta regresó.
—Perdona mis malos modos —se disculpó él enseguida, aunque continuó enfadado—. Buenas noches, Paula —y colgó.
A los cinco segundos, le vibró el teléfono con un mensaje de cierta pelirroja:
Buenas noches... Pedro.
La luz se apagó, y también su propio corazón...
Con una sonrisa radiante, caminó hacia su casa. Se lo había dicho por escrito, pero se lo había dicho, al fin y al cabo.
CAPITULO 24 (PRIMERA HISTORIA)
Pedro se separó de ella con tanta brusquedad que Pau tuvo que sujetarse al taburete.
—¿Paula? —pronunció Manuel, incrédulo—. ¡Joder! ¡Eres tú!
La aludida se dio la vuelta.
—Hola, Manuel —le sonrió con labios trémulos.
Su amigo la contemplaba con excesiva fascinación.
—¡Manuel! —le reprendió ella, arrugando la frente.
—Perdona... —parpadeó—. ¿Dónde te has metido todo este tiempo, peque? —la tomó de las manos y la arrastró hacia el salón—. Estás preciosa.
—No lo está, lo es —le corrigió el mayor de los Alfonso en un gruñido.
Aquel comentario pinchó el vientre de Paula, otra vez... ¿Eso creía el doctor Alfonso?
Manuel emitió una carcajada y le dedicó a su hermano una mirada traviesa.
—Vámonos a tomar una copa. ¿Ya habéis terminado?
—No, no —contestó ella, que se alejó hacia la entrada y se puso el abrigo, colgado del perchero—. Yo me voy a mi casa.
—De eso nada, peque —negó con la cabeza—. ¿Te apuntas, Pa?
Pedro sonrió lentamente y asintió. Desapareció por el pasillo, hacia el extremo donde solo había una puerta.
—Que no, Manuel —insistió Pau. Se enroscó la bufanda, asustada, deseaba salir corriendo de la guarida de los tres mosqueteros—. No voy a dejar a mi abuela sola.
—Eso tiene fácil solución —marcó un teléfono en el móvil y se lo puso en la oreja—. ¿Sara? —sonrió—. Soy Manuel... Sí... Pues mira, intentando convencer a tu nieta de que salga a bailar conmigo... —se echó a reír.
—¡Manuel! —se lanzó a él para quitarle el aparato, desesperada.
—Muy bien, Sara, la devolveré sana y salva de madrugada... Otro enorme para ti, Sara... —colgó—. Ya está, peque —la rodeó por la cintura, la elevó del suelo y le besó la mejilla de forma sonora.
—¡Manuel! —se retorció a gritos, furiosa—. ¡No quiero!
—Sí quieres —enarcó las cejas, inmovilizándola.
—¿Nos vamos? —los interrumpió el doctor Alfonso, con los ojos entornados al fijarse en la postura cariñosa en que se encontraba Paula con su hermano.
—Bájame —masculló ella, incómoda.
—¿Y si no quiero? —la desafió su amigo, inclinándose y empleando, sin éxito, sus métodos de seductor.
—Si no deseas sufrir un percance en esa parte de tu anatomía a la que tanto cariño tienes, donde está mi rodilla ahora mismo, te aconsejo que me sueltes —sentenció Paula, decidida a cumplir la amenaza.
—Vale, vale... —rumió Manuel, obedeciéndola.
Ella se estiró el abrigo con recato y alzó el mentón. Pedro procuraba ocultar la risa, pero su hermano le golpeó el hombro al pasar a su lado, lo que provocó que se carcajeara abiertamente.
—Puedo reírme yo también, Pa —musitó un muy enfadado Manuel.
Al doctor Alfonso se le borró la alegría del rostro al instante. Paula no entendió lo que pasaba, pero prefirió no preguntar.
Salieron a la calle y tomaron un taxi. Diez minutos más tarde, pararon frente a una discoteca muy exclusiva que frecuentaba la juventud de la alta sociedad bostoniana, The Boss. Un escalofrío la recorrió.
—Mejor me voy —anunció ella, sintiéndose fuera de lugar.
—Yo empiezo mañana una guardia de cuarenta y ocho horas —le dijo Pedro, ofreciéndole la mano—. Estamos un rato y te acompaño a casa — sonrió.
No pudo negarse... Se fundió, a pesar del frío otoñal que asolaba la ciudad.
Aceptó el gesto. El contacto le debilitó las piernas, aunque estaba segura de que, si tropezaba, ese desconocido la ampararía en el acto.
En cuanto entraron, Manuel se perdió de vista con un grupo de mujeres. Pau se dejó guiar por el doctor Alfonso hacia uno de los sofás blancos y sin respaldo que había al fondo. Un camarero se acercó a ellos.
—Cerveza y agua, por favor —le solicitó Pedro.
El hombre uniformado asintió y se mezcló con la muchedumbre, que cantaba y bailaba al ritmo de la música actual.
—¿Estás bien? —le preguntó el doctor Alfonso al oído.
Ella afirmó con la cabeza.
—Estás mintiendo —le sonrió él.
A Paula se le escapó una risita.
—¿Te ha comido la lengua el gato, Paula?
Pau se sobresaltó, estaban demasiado cerca, sus piernas se rozaban... Se quitó el abrigo, se estaba asfixiando, y sospechaba que no era solo por el calor que hacía en The Boss. A continuación, giró el rostro en su dirección y sus narices se tocaron. Desorbitó los ojos. Fue a retroceder, pero Pedro no se lo permitió, sino que la rodeó por la cintura y la atrajo aún más hacia su cuerpo.
La respiración de ella se ralentizó, apagándose poco a poco.
¡Peligro, peligro, peligro!
—¿El jueves que viene nos vemos para preparar la primera conferencia? —le susurró él, rozándole la oreja con los labios.
Paula cerró los párpados en un acto reflejo. Madre mía... ¡Necesitaba aire!
¿Qué le pasaba a ese hombre? La detestaba, ¿o no?
—¡Pedro! —gritó alguien, interrumpiéndolos.
Pau aprovechó y se apartó, a un metro por lo menos.
—Alejandra —gruñó él, antes de incorporarse para saludar a la recién llegada.
Y Paula se quedó estupefacta al ver cómo esa mujer se abalanzaba sobre Pedro y lo besaba sin reparos en la boca.
Su pecho se oprimió en un puño. Incapaz de presenciar la escena, se levantó, recogió sus cosas y se marchó. Se le formó tal nudo en la garganta que no podía inhalar oxígeno con normalidad. En la calle, corrió hacia su casa, sin detenerse hasta que se encerró en el portal, donde se derrumbó en el suelo y lloró sin emitir sonido.
Una estúpida, porque se había enamorado del doctor Alfonso... Después de siete meses, lo reconocía al fin. Era una auténtica catástrofe.
Tenía que olvidarse de él. Ni le convenía ni la correspondía.
¿Y cómo lo hago?
domingo, 15 de septiembre de 2019
CAPITULO 23 (PRIMERA HISTORIA)
Detuvo un taxi enseguida. Prefería caminar; sobre todo, de noche, para admirar las mágicas luces de la ciudad, pero la idea de llegar tarde a su cita con el doctor Alfonso la aterraba, por lo que no se lo pensó dos veces. Apenas lo conocía, pero la fama del jefe de Pediatría era de extrema rectitud.
Los nervios la poseyeron de inmediato.
Encendió su móvil repetidas veces para controlar la hora. Quedaban diez minutos y el tráfico era muy denso, pero, por fin, alcanzó el portal de los tres mosqueteros a las nueve en punto.
Sonrió. Solo cuatro manzanas separaban su casa de la de Pedro Alfonso.
¿Haría él también ejercicio en el parque cada mañana? Se mordió la lengua ante tal pensamiento.
Un hombre uniformado le abrió la puerta.
—Buenas noches, señorita —sonrió el portero.
—Buenas noches —le devolvió el gesto—. Voy al número catorce, creo que es —dudó, no lo recordaba con exactitud—, a casa de los hermanos Alfonso.
—Por supuesto —le indicó con la mano que lo siguiera hasta los ascensores, al fondo, después de subir una escalinata ancha de tres peldaños, a pocos pasos de la entrada—. Piso número catorce.
—Gracias.
—De nada. Buenas noches.
—Buenas noches.
Se metió en el gran elevador y pulsó el número catorce. Había dieciséis.
Golpeó el suelo con el pie. El ascensor se detuvo en la planta correspondiente.
Tocó el timbre de la única puerta que había; ya solo con eso, se sintió desfallecer. Vivir en ese bloque era carísimo, y el apartamento, no se lo quiso ni imaginar, claro que...
La puerta se abrió despacio, en silencio, interrumpiendo su parloteo mental. Y su respiración acelerada se esfumó en cuanto vio al desconocido que se presentó ante ella. ¡Un completo desconocido! ¿Dónde estaban el traje de tres piezas, las camisas, los pantalones de pinzas, los zapatos de lazada y el peinado perfecto? Camiseta blanca de cuello redondo, remangada en los antebrazos y levemente ceñida a sus músculos, vaqueros claros y gastados, zapatillas informales grises de ante, cabellos revueltos... ¡¿Dónde estaba el doctor Alfonso?!
¡Peligro, peligro, peligro!
¿En qué momento se me ocurrió aceptar la dichosa reunión, en su casa y de noche?, pensó, obnubilada por tal atractivo.
—Paula —la saludó Pedro, escueto—. Pasa, por favor.
Sus piernas se activaron por sí solas ante la voz aterciopelada, tan atrayente, de ese hombre, de ese extraño...
—¿Me permites el abrigo? —le solicitó él. Estiró los brazos y se lo retiró a pesar de que Paula no respondió—. Joder...
Aquello la despertó de golpe. Lo miró, parpadeando confusa, hasta que comprendió lo que sucedía... Su corazón frenó en seco. El doctor Alfonso la analizaba de los pies a la cabeza, embobado.
Entonces, Pedro le arrebató el gorro de lana de un tirón y sus ojos, grises por completo, le debilitaron las rodillas. También le quitó la bufanda, alucinado, sin dejar de escrutarle el pelo. Paula carraspeó, era imposible estar más colorada... Notaba un intenso calor en el rostro.
Se sintió vulnerable y retorció las manos en la espalda, balanceándose. Pero él no reaccionaba...
Decidió echar un vistazo a la vivienda y así tranquilizarse.
—Madre mía... —ella se cubrió la boca, atónita por las impresionantes vistas de la noche iluminada de la ciudad, gracias a la cristalera de la terraza, al fondo, detrás del salón minimalista, de tonos blancos y negros.
El apartamento era diáfano, de altos techos y decorado de un modo simple y muy masculino, todo estaba perfectamente ordenado y colocado con estilo.
Sofás de piel, formas rectas, aire moderno. Se trataba de la guarida de los tres mosqueteros: elegante, pero, a la vez, sexy, y, lo que era peor aún, peligrosa...
—Perdona... —murmuró Pedro—. ¿Una cerveza?
Paula se giró y frunció el ceño.
—¿Voy a tener que soportar mucho más tiempo sus bromitas de la cerveza, doctor Alfonso? —le preguntó con voz suave y firme, posando los puños en la cintura.
—Llámame Pedro —contestó, observándola con fijeza.
—Prefiero doctor Alfonso—agachó la cabeza, avergonzada.
Él gruñó y le indicó la cocina, a la izquierda, una estancia que estaba separada del salón por un pasillo que atravesaba el piso de un extremo a otro.
A la derecha de la puerta principal, al fondo de ese extremo del pasillo, Pau contó dos puertas bien alejadas entre sí y enfrentadas; al fondo del otro extremo, solo había una. Dedujo que serían las habitaciones.
Se sentó en uno de los taburetes giratorios, en torno a la barra americana, apoyó el codo y reposó la barbilla en su mano. Observó el espacio, a juego con el resto de la casa. Era una estancia cuadrada, con los electrodomésticos grises, a la izquierda; la vitrocerámica y la pila, a la derecha; y la encimera, con armarios bajos y baldas en la pared, enfrente de Paula.
Pedro le sirvió un vaso de cerveza. Él se abrió un tercio y bebió... ¡a morro! Menudos secretos ocultaba el jefe de Pediatría... Lo imaginaba con
copas del más fino cristal y del vino más caro del mundo. Estaba claro que las apariencias engañaban... ¿Qué más escondería ese hombre?
Ella aceptó la cerveza, incorporando la espalda, y dio un trago corto. Se dijo a sí misma que no tomaría más que una, por si acaso hacía algo ridículo.
—He estado pensando en cómo enfocaremos el seminario —le comunicó el doctor Alfonso, rompiendo el silencio, y se acomodó a su lado, en otro taburete.
—Yo, también —asintió, sonriendo. Agradeció enfocar la conversación en las conferencias, eso la relajaría. Apoyó el vaso en la barra y metió la mano en el bolso, que no había soltado aún. Sacó su libreta repleta de papeles y su bolígrafo—. Podríamos dividir cada conferencia en dos partes que uniríamos a medida que vamos hablando: la teoría y la práctica. Es importante hacerles partícipes para que aprendan a comportarse delante de los niños.
Pedro le arrebató el pequeño cuaderno de las manos y, sosteniéndolo en alto, le preguntó.
—¿Tú te enteras de algo con esto?
—¡Cuidado! —exclamó ella, al ver que algunas hojas se deslizaban hacia el suelo. Se inclinó para recoger los papeles, pero perdió el equilibrio y aterrizó en el regazo del doctor Alfonso—. Lo siento... —se levantó enseguida, ruborizada. Estaba claro que en presencia de ese hombre se convertía en la más patética de las mujeres.
Él se agachó y la ayudó, murmurando incoherencias que ella no entendió, pero que la hicieron sentirse diminuta de nuevo.
—Perdona —se disculpó Pedro.
—No importa —musitó Pau, con un nudo en la garganta—. Gracias — guardó las hojas en la libreta con manos temblorosas.
—Paula —le apresó las manos entre las suyas—, ¿por qué estás tan nerviosa? —quiso saber, en un tono áspero.
—Yo no... —sopló un mechón que le dificultaba la visión.
Entonces, él le retiró los cabellos detrás de la oreja, paralizándola en el acto. Se miraron. El doctor Alfonso sonreía con tanta dulzura que Paula experimentó una punzada en el vientre, algo que empezaba a ser costumbre...
La soltó, carraspeó y bebió de la botella. Ella lo imitó. El ambiente, de repente, se tensó; estaban incómodos, no sabían cómo actuar.
—Dime qué habías pensado —le pidió Pedro, cruzándose de brazos y estirando la camiseta, un gesto que a ella le provocó tal desazón que a punto estuvo de caerse del taburete.
—Pues... —suspiró y se centró—. Usted podría aportar la parte referente a la psicología. Habrá hablado con millones de familiares para informar sobre el estado crítico de un niño.
—Sí —se recostó en los codos a su espalda, en la barra americana—. Nunca es fácil. Jamás me acostumbraré —permaneció unos segundos callado, perdido en el infinito—. Me parece buena idea. ¿Qué más?
—Yo les hablaría sobre la importancia de que un niño, a pesar de la enfermedad, sigue siendo un niño —desvió la mirada, el pasado retumbó con fuerza en sus entrañas.
Él arrugó la frente al percatarse de su estado.
—¿Estás bien? —se preocupó.
—Sí, sí... —sonrió para restarle importancia—. Como son cuatro viernes —regresó al tema en cuestión—, he pensado que podemos tratar cuatro puntos fundamentales —abrió la libreta y procedió a leerle sus apuntes.
Una hora más tarde, terminaron de coordinar el seminario.
—Tendremos que quedar para repasar —comentó el doctor Alfonso mientras le rellenaba el vaso de cerveza.
—Solo puedo los viernes por la tarde —aceptó la bebida con las mejillas ardiendo—. Le dije que no quería otra cerveza.
—La estabas pidiendo a gritos —sonrió Pedro con picardía—. Prometo no reírme si te emborrachas.
—¡Fue culpa de Manuel! —exclamó Pau, fingiendo indignación—. Me dijo que en casa de tus padres no podía sobrar la bebida y yo... —se ruborizó sin límites— me lo creí —lo miró y se sobresaltó; él la estaba observando con las cejas levantadas.
—Acabas de tutearme —afirmó, sorprendido.
—Lo siento, doctor Alfonso—ella agachó la cabeza, tímida, se incorporó del asiento y guardó la libreta.
—¿Adónde vas? —la agarró del brazo, serio—. Llámame Pedro, por favor... —articuló en un tono apenas audible, íntimo.
Ay, Dios...
Él acortó la distancia y enterró la mano libre en su pelo, embobado...
Paula no podía moverse, estaba atrapada por la barra y por ese cuerpo que le robaba pulsaciones de manera irregular.
—Ya estoy aquí —anunció una voz familiar en la lejanía—. Uy, perdón...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)