lunes, 30 de septiembre de 2019
CAPITULO 70 (PRIMERA HISTORIA)
Pero para obtener las respuestas a sus inquietantes cuestiones, requería saber su apellido, un apellido también secreto, como su pasado, como todo lo que la rodeaba. Quizá, con su nombre, que era bastante poco común, podría investigar. No obstante, si Paula guardaba con tanto recelo su vida, Pedro no
debía hurgar. Pero la intranquilidad lo devoraba a pasos agigantados. No era curiosidad, sino una necesidad imperiosa de borrarle esa tristeza, de hacerla feliz. Ahora que empezaba a conocerla, había descubierto que sus eternas sonrisas poseían un toque de ahogo, como si pidiera a gritos ser rescatada de un tormento. Y Pedro estaba más que dispuesto a salvarla.
El poeta ha regresado...
—¡Vamos, peque! —Manuel la sacó a bailar al fin.
Pedro contempló a Paula, mientras esta se movía al son de la salsa con su hermano, que la abrazaba por las caderas adrede para picarlo.
¡Ella, encima, se reía!
¡Suéltala, joder!
Apretó los puños, conteniéndose. Más le valía aprender... Sospechaba que no sería la única canción que el idiota de Manuel bailase con ella. Y no se equivocó... Tras tres condenadas canciones, la pareja volvió a él, entre carcajadas. Pedro estaba tan cabreado que echaba humo y ella se percató, desapareciendo su alegría de inmediato. Él quiso estrangularse a sí mismo por
ello.
— ¡Si solo ha sido un baile, Pa! —se rio el astuto Manuel.
—Déjame en paz —se alejó del grupo.
Pidió un whisky solo y con hielo, en una barra pequeña que había a la izquierda de la orquesta.
En vez de saborearlo, se lo bebió de un trago.
El calor le quemó el pecho, lo agradeció. Le sirvieron otro y repitió el proceso.
Su iPhone vibró en el bolsillo interior de su chaqueta. Lo sacó.
Paula: ¿Odias otra vez a Manuel?
Emitió un gruñido. Tecleó la respuesta.
Pedro: Y a ti, también.
Paula: Eso es nuevo... ¿Qué he hecho yo?
Pedro: Tontear con mi hermano en mis narices, ¿te parece poco?
Paula: Yo no he tonteado con tu hermano.
Pedro: Sí, lo has hecho. ¡No soy ciego, joder!
Paula: ¿Estás celoso?
Pedro: ¡Claro que no!
Paula: ¿Cómo era? ¡Ah, sí! Has contestado demasiado rápido, doctor Alfonso...
No pudo evitarlo,Pedro soltó una carcajada.
Notó una presencia a su lado, pero no prestó atención porque le llegó otro mensaje.
Paula: Me gusta cuando te ríes.
Pedro: Qué voy a hacer contigo...
—Raptarme... —le susurró una candente voz al oído.
Él se giró, sobresaltado, y descubrió a la culpable de la agitación de su cuerpo, sonriéndole con esas gemas turquesas que destellaban extraordinarios fogonazos de luz, suspendiendo su corazón durante varios latidos.
—Ya han tocado las campanadas —dijo Paula, entrelazando una mano con la suya.
—Pues vamos, Cenicienta —tiró de ella y la rodeó por los hombros—. Te llevo a casa.
No se despidieron de nadie. Salieron del hotel y tomaron un taxi hasta el portal de Paula. La acompañó hasta la puerta.
—Te recojo a las once —le indicó Pedro, antes de besarle los nudillos sin dejar de admirar sus preciosos ojos—. Dulces sueños.
Ella suspiró de manera irregular y asintió. Pedro la soltó, retrocedió unos pasos y se detuvo.
—Hasta que no vea la luz, no me iré —le recordó él, serio.
Paula se mordió el labio, observó la calle, desierta a ambos lados, y corrió hacia Pedro, que enseguida le abrió los brazos. Se arrojó a su cuello y él la alzó sin esfuerzo, encantado por lo menuda que era, quedando los dos rostros a la misma altura.
—Pedro...
—Joder... Adoro que digas mi nombre...
—Solo tú y yo...
Él la besó como respuesta. Ella bebió de su boca, totalmente entregada a él... Pedro se enajenó. Aquella mujer lo desbordaba. Llevaba semanas en un persistente estado de excitación.
La erección no disminuía un ápice y la culpa era de esos labios que estaba acariciando con la lengua, que succionaba como un loco entre los suyos... La bajó al suelo, la sujetó por la nuca y engulló su boca entre jadeos, respirando de un modo tan acelerado que pensó que moriría. Y Paula gemía de manera tan descontrolada como él.
Oh, Señor... Definitivamente, esto no es normal... Ella tiene razón, no es real... No se puede sentir tanto con un jodido beso... ¿o sí? ¡Por el amor de Dios!
Pedro ardió. Sus pantalones estaban tan tensos que estallarían en cualquier momento, por lo que se detuvo. Su interior bramó al observar esos labios magullados, enrojecidos y mojados por su culpa.
—Sube ya —le ordenó Pedro, apartándose.
Ella le dedicó una sonrisa y obedeció.
Había sido rudo, pero estaba tan caliente que cometería una locura si seguían besándose. Esperó a que encendiera la luz y se asomara a la ventana.
La expresión de cariño de Paula casi le hizo subir a por ella, pero emprendió el camino a casa. Requería una ducha de agua helada urgente.
Y se duchó con agua muy fría. Y gimió como un auténtico imbécil al pensar en ella. Dirigió una temblorosa mano hacia su erección.
—Joder...
No pudo, sabía el resultado: lo dejaría vacío; el alivio apenas duraría unos segundos, después retornaría al punto de partida: la soledad. La deseaba de todas las formas posibles y en todos los rincones de su apartamento: en su cama, sobre la alfombra, contra la pared, en el sofá, en la cocina, bajo el chorro de la ducha, en la terraza con las vistas de la ciudad de fondo... ¡Hasta en su despacho, en casa de sus padres, en el hotel Liberty, en la moto...! Y la quería ya.
Pero ella era una delicada flor inocente. Debía armarse de paciencia, pero cada día era un suplicio mayor. Tres semanas hacía desde que se habían besado por primera vez, las mismas tres semanas que llevaba delirando de deseo por esa niña colorida.
No, tres semanas no... Llevas meses soñando con Paula...
Ahora que lo pensaba, las noches que se había acostado con Alejandra en los últimos ocho meses habían sido las de los jueves, no todos, pero sí algunos jueves.
Esto se complica...
Tanto pomelo, tanta fresa y tanto plátano que no probaba desde hacía ocho condenados meses por miedo... Miedo de volverse dependiente, miedo de no saber reaccionar, miedo de hacer el ridículo. Se sentía como un adolescente anclado, como Peter Pan, el niño que nunca creció, con la diferencia de que Peter Pan decidió no avanzar; Pedro, en cambio, sí quería, pero algo se lo impedía. Una presión en el pecho le dificultaba la entrada de aire, y su cerebro tampoco estaba viviendo su mejor momento...
Siempre había sido un hombre de emociones controladas. Con esfuerzo, dedicación y paciencia obtenía cada meta que se proponía: una buena calificación en la carrera, un extraordinario expediente por su residencia en el hospital, una operación de éxito, un gran puesto de trabajo, una buena relación con su familia, una atractiva mujer entre las sábanas, una impresionante cuenta bancaria que crecía y crecía... La lista era extensa, pero ya nada de eso le importaba.
Apenas durmió esa noche. No dejó de pensar en Paula, en su sonrisa, en sus ojos, en sus pecas, que esa noche no había apreciado por el maquillaje.
¿Tendría más en el cuerpo?, se preguntó cientos de veces. Rodó en la cama, se levantó, paseó, bebió agua, contempló Boston a través de la cristalera de la terraza, se tumbó en el sofá, encendió el televisor... Nada, Paula no se marchaba de su cabeza ni de su cuerpo.
A las cinco de la madrugada, Manuel entró en casa. Su aspecto era deplorable: la pajarita colgaba deshecha en su cuello, la camisa estaba abierta hasta la mitad del pecho y por fuera de los pantalones, y la chaqueta había sufrido una batalla en las solapas. Su cara, además, era todo un amasijo de consternación.
—¿Qué? —le sonrió Pedro, incorporándose del sillón—, ¿te han plantado esta vez?
—Nunca me plantan —contestó su hermano, con arrogancia.
—¿Te han rechazado?
—Jamás me rechazan —siseó, furioso por la cuestión planteada.
—Entonces, ha sido un fracaso.
—No —negó Manuel, de repente, ensimismado—. Ha sido el mejor polvo de mi vida...
Pedro frunció el ceño. ¡Lo que daría él por estar en su situación! Al menos, así cierta parte de su anatomía dejaría de dolerle...
—¿Eso es malo? —quiso saber Pedro, extrañado.
—Sí —asintió su hermano lentamente—, porque no se va a volver a repetir.
domingo, 29 de septiembre de 2019
CAPITULO 69 (PRIMERA HISTORIA)
Localizó a Paula, custodiada por Stela, Bruno, Manuel, Rocio, Catalina y Samuel, a un par de metros de distancia, en el centro del gran salón. El grupo entero, menos ella, sonreía con orgullo hacia él. Su padre se acercó y le palmeó la espalda.
—¿A qué esperas, hijo?
Pedro sonrió y caminó, seguro de sí mismo, hacia su preciosa pelirroja.
La tomó de una mano y le besó la palma y el interior de la muñeca, ese punto gracias al cual esas gemas turquesas se oscurecían. La marcó como suya, para alegría de unos, disgusto de otros y promesa exclusiva de la pareja, ya oficial.
No le hacía falta besarla en la boca, ni lo pretendía.
—Siento lo de antes —se disculpó Pedro, una vez los presentes se dispersaron para disfrutar del baile.
—Yo también lo siento... —convino Paula—. No debí haberte besado delante de nadie.
—No es eso —entrelazó los dedos con los de ella—. Me da igual que me vean contigo, pero tus besos son solo míos —añadió con rudeza—. No quiero que nadie los presencie, solo tú y yo.
—Solo tú y yo... —asintió, mirándolo con ternura.
El cuerpo de Pedro sufría la peor y mejor excitación de su vida; la peor, porque deseaba sacarla de allí y devorarla, cubrirla de besos y caricias y estrecharla entre sus brazos para adorarla hasta el fin de los tiempos; y la mejor, porque jamás había experimentado tanta adrenalina como en ese momento, ¡y qué bien sentaba!
La guio hacia las mesas dulces. Se sirvieron un plato cada uno.
—¿Trabajas mañana? —se interesó él.
—No, Stela me lo ha dado libre —sonrió, con los labios cubiertos de azúcar.
Pedro se rio y le limpió la boca con los dedos.
Fue un acto natural, sencillo, pero los quemó a los dos... Se miraron, serios. ¡Cuánto la deseaba, maldita fuera!
Se aclaró la voz y le preguntó:
—¿Te gustaría pasar el día conmigo?
—Me encantaría —musitó, ruborizada.
Joder... Me la comería entera...
En ese momento, sus hermanos y la enfermera Moore se les unieron. La tensión sexual entre Manuel y Rocio era tan obvia que se podía tocar.
Por respeto a la rubia, Bruno y Pedro se mantuvieron callados, ya se reirían del mosquetero seductor en otra ocasión.
Estuvieron un rato charlando y bromeando.
Pedro no se separó de Paula.
Se fijó en que movía los pies al son de la música muy a menudo.
—Será mejor que te saque a bailar, peque —le dijo Manuel a ella—, porque, si esperas a que lo haga él —señaló con la cabeza a Pedro—, puedes hacerte vieja.
Los presentes estallaron en carcajadas; Pedro, no, por supuesto. Miró enfadado al bocazas de su hermano.
—¿No te gusta? —quiso saber ella, con un deje de tristeza en su melodiosa voz que le atravesó las entrañas.
—No es que no me guste —se encogió de hombros, restando importancia —, es que no sé bailar.
—Tiene dos pies izquierdos, como mi padre —confesó el pequeño de los Alfonso, sonriendo divertido.
—Yo podría enseñarte —le susurró Paula, estrujando el borde de su chaqueta, sonrojada y avergonzada—. Me gusta mucho bailar. Tuve el mejor profesor, mi padre.
Si no hubiera añadido la última frase, él la hubiera raptado en los servicios otro ratito y, al fin, se la hubiera comido a besos; sin embargo, dijo aquello. Su padre... Era la segunda ocasión en que lo nombraba, y empleando el mismo tono nostálgico que ahora, encerrando un intenso dolor apenas perceptible para los demás, pero no para Pedro. Pero... ¿y su madre? Una madre era el pilar fundamental de una familia, no obstante, Paula vivía con su abuela.
Secretos... ¿Qué esconde?
Durante el postre, cuando ella había atravesado la estancia prácticamente corriendo, el pánico se había adueñado de él, sobre todo con su último y escueto mensaje. Sin importarle la falta de educación hacia su mesa, o los rumores que sabía que iba a provocar, se había levantado y había ido en su busca. No le había resultado difícil encontrarla, había oído el llanto de Paula desde el corredor.
Jamás la había visto tan abatida, tan asustada, tan perdida... Y que, al abrazarla, hubiera luchado contra él, abstraída de la realidad, como si hubiera estado reviviendo una pesadilla... A Pedro le había faltado poco para derrumbarse, había temblado más que ella misma. Fueron sus palabras las que causaron que Paula se angustiara, ¿por qué?
Necesitaba saber qué le había sucedido, porque era más que evidente que sufría un trauma.
Sospechó que su misteriosa familia, a la que no mencionaba, estaba detrás de la cicatriz. Podría averiguarlo, si quisiera. Tenía contactos en
todos los hospitales de Boston, incluso su padre lo ayudaría. Una cicatriz tan grande conllevaba una intervención quirúrgica, sin lugar a dudas.
CAPITULO 68 (PRIMERA HISTORIA)
—Es una gran chica —Ernesto Sullivan lo sacó del trance.
—¿Qué quieres? —le exigió Pedro, soltando el plato para cruzarse de brazos.
—Paula es el centro del cotilleo de la gala —le informó Ernesto, introduciendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Deberías cuidarla y no hacer el idiota.
Pedro alzó las cejas, incrédulo. ¿Acaba de insultarme?
—Es obvio lo que sentís el uno por el otro —continuó Sullivan—, pero resulta que te besa delante de todos y te quedas traspuesto por culpa de tu estúpida idea de que nadie sepa nada de tu vida privada —se rio sin humor—. Eres un personaje famoso, Pedro, acéptalo de una buena vez.
—No te importa mi vida privada —gruñó él, apretando la mandíbula con tanta fuerza que no la sentía.
—Por cierto —ignoró su comentario y desvió la mirada—, Georgia está contando a todos los invitados que Alejandra y tú sois pareja, excepto a tu familia, claro —escupió, con evidente desagrado, hacia la señora Graham, algo que sorprendió a Pedro—, aunque no tardarán en enterarse... Es evidente que Paula te importa, llevas toda la gala pendiente de ella, así que hazle un favor y deja bien claro que tu chica es ella, no Alejandra, porque ya la están criticando.
Georgia puede ser muy mala si quiere y ha puesto a Paula en su punto de mira porque se interpone en su camino: te quiere para su hija. No permitas que esa mujer dañe a una chica tan buena como Paula —y se fue.
Pedro observó cómo Ernesto se mezclaba entre los presentes, alucinado por el discurso que acababa de recibir. ¿Desde cuándo Sullivan le prevenía?
Jamás habían cruzado más de dos palabras, excepto los saludos de rigor cuando coincidían en algún evento social.
Un momento... Georgia está haciendo... ¿qué?
Una rabia inhumana lo poseyó. Caminó con paso decidido en busca de Alejandra. La encontró bebiendo champán con dos hombres que babeaban a sus pies.
—¡Pedro! —le sonrió ella, con su particular embeleso.
—¿Podemos hablar? —le preguntó él.
—Claro —asintió—. Vamos.
Se alejaron hacia un lateral, pero Pedro se mantuvo cerca de la gente, quería que los escucharan para finalizar los chismes.
—¿Te importaría explicarme por qué tu madre está diciendo que tú y yo tenemos una relación? —pronunció con la voz contenida, frunciendo el ceño.
—Pues... no sé —se encogió de hombros.
—No soy imbécil —declaró Pedro, observando cada uno de sus gestos —. Lo que tú y yo tuvimos no fue una relación y ya se acabó. Se lo dices tú a tu madre o lo hago yo.
—¿Por qué me hablas así? —lo agarró de las manos.
—No me toques, Alejandra —sentenció, apartándose—. Y no se os ocurra a ti o a tu madre nombrar siquiera a Paula —la apuntó con el dedo índice—, o me convertiréis en vuestro enemigo.
—¡Pedro! —se tapó la boca, horrorizada—. ¡Somos amigos!
Él avanzó hacia ella, amenazante. Alejandra reculó en un acto reflejo.
—No te engañes —negó con la cabeza—. Tú y yo nunca fuimos amigos, solo dos personas que se acostaron durante una temporada, nada más. Lo sabías desde el principio. Te avisé de mis condiciones.
—¡Estás siendo cruel! —le recriminó, cegada por la humillación, observando a su alrededor.
—No. Estoy siendo sincero —la corrigió, sin titubear—. Y lo sabías — repitió, rechinando los dientes—. Ahora no te hagas la ofendida. Entre tú y yo no hay nada, nunca lo hubo y jamás lo habrá, asúmelo. Y díselo a tu madre — se volvió.
—¿Qué tiene ella? —la expresión que cruzaba su semblante era de puro despecho—. Solo es una niña. Seguro que no tiene ni idea de satisfacer a un hombre, aunque sí sabe calentarlos —bufó—. Eso hace con Ernesto. No te enga...
Pedro la cogió del codo con firmeza, enmudeciéndola.
—Precisamente es eso, Alejandra —le susurró al oído, en un tono hosco—, su inocencia, no como otras, que ya ni recuerdan con quién la perdieron.
Alejandra ahogó un grito, retrocedió y salió disparada del salón.
El último comentario había sido cruel, sí, reconoció Pedro para sus adentros, pero no se arrepentía, se lo merecía por calumniar a Paula.
Se giró y se topó con la triste mirada de Ernesto Sullivan, quien inclinó la cabeza, un gesto que Pedro comprendió y correspondió. A continuación, Ernesto se dirigió a consolar a la decoradora. No era difícil adivinar que Sullivan seguía enamorado de Alejandra, lo acababa de demostrar agradeciéndole a Pedro
que hubiera terminado definitivamente con ella y en público. Todos, sin excepción, habían presenciado lo ocurrido y lo contemplaban abiertamente, algunos con prepotencia, los que besaban el suelo por donde pisaba Alejandra Graham.
CAPITULO 67 (PRIMERA HISTORIA)
Y regresaron a la fiesta. En el gran salón, las mesas habían desaparecido; una voz femenina amenizaba el ambiente, acompañada por los instrumentos de la orquesta que antes tocaban música clásica; los invitados se dispersaban por el atestado espacio, algunas parejas bailaban, otros bebían y charlaban; las lámparas de araña habían disminuido considerablemente la intensidad, otorgando a la estancia un aspecto sublime que incitaba a divertirse hasta el amanecer; además, habían dispuesto focos de colores que giraban sobre sí mismos, alumbrando y creando sombras, igual que en una discoteca.
Paula sonrió al ver, a la derecha, un tablero, que ocupaba toda la pared, lleno de dulces: chucherías, pastelitos, chocolatinas, regalices, nubes de azúcar... Dio un brinquito espontáneo. Pedro posó una mano en la parte baja de su espalda y la guio hacia allí. Se sirvieron un plato cada uno; el de ella tenía de todo un poco, el de él, para su sorpresa, también.
—Así que el doctor Alfonso es un amante del dulce —le dijo al oído, porque la música impedía hablar en un tono normal.
—El doctor Alfonso es el fan número uno del dulce —se comió una nube de azúcar de un bocado.
Paula sonrió con picardía, se puso de puntillas y lo besó.
—Parece que también prefiero el dulce de tus labios, no solo la cerveza — declaró ella, pero la alegría se le borró del rostro al percatarse de lo rígido que estaba él, de repente—. Perdona... —agachó la cabeza—. No tenía que haberte besado. Lo siento... —se dio la vuelta, abochornada. Había olvidado por completo que ese hombre jamás mostraba sentimientos en público. No se le volvería a olvidar...
—¡Hola!
Los interrumpieron Bruno y Rocio, y, menos mal, pensó Paula, porque Pedro no reaccionaba; la situación era muy incómoda, tanto, que se abrazó a sí misma de manera inconsciente.
—Vamos, Paula —el pequeño de los Bruno le quitó el plato y la agarró de las manos—. ¿Me concedes este baile?
—Sí —se aferró a Bruno como si fuese su único salvavidas.
sábado, 28 de septiembre de 2019
CAPITULO 66 (PRIMERA HISTORIA)
Rocio intentó entablar conversación con ella, pero Paula solo contestó con monosílabos. Su móvil vibró un par de veces más, pero lo ignoró.
En el postre, no aguantó más la ansiedad que la poseía y caminó deprisa y tambaleándose hacia el servicio, sin importarle la mala imagen que sabía que ofrecía. Se encerró en un escusado y se sentó en la tapa del retrete. El bolsito cayó al suelo. Flexionó las piernas y se las abrazó, tiritando. La imagen de su madre arañó su interior hasta hacerlo sangrar. Cerró los ojos con fuerza. Se tapó los oídos. Las lágrimas inundaron su rostro de manera despiadada. Se
meció sobre sí misma, murmurando incoherencias que, un tiempo atrás...
De repente, unos brazos la levantaron.
—¡No! —gritó Paula, retorciéndose.
—¡Soy yo!
Ella se detuvo al reconocer la voz masculina.
Pedro la contemplaba con una mezcla de pánico y preocupación.
—Pedro... —gimió Paula, aliviada, abrazándolo histérica, manchándole la chaqueta.
—Paula, por favor, dime qué te pasa... —le rogó él, en un susurro ahogado. La apretaba contra su cuerpo, entregándole el consuelo que ella necesitaba con desesperación.
Pero Paula no respondió. No podía...
Pedro se acomodó en el váter y la colocó en su regazo. Le quitó los tacones. Paula se hizo un ovillo y bajó los párpados, más calmada. Él le acarició el brazo con tal ternura que dejó de llorar.
—¿Paula? —pronunció Rocio, detrás de la puerta.
—Está aquí, conmigo —respondió Pedro.
—Vale... —suspiró la enfermera—. Me has dado un buen susto... —respiró hondo con fuerza—. Os veo luego —se marchó.
—Gracias... —musitó Paula, incorporando la cabeza—. Tu chaqueta...
—A la mierda la chaqueta —declaró con aspereza—.Paula...
—Por favor —le cubrió los labios con los dedos—. Todavía no... —inhaló aire y lo expulsó lentamente—. No puedo...
—Solo dime si tiene que ver con la cicatriz.
Ella asintió, desviando la mirada. Pedro le besó la sien. Estuvieron sin moverse, abrazados, en silencio, una bendita eternidad.
—Si ya han tocado las campanadas de la medianoche, estaría más que encantado de llevar a Cenicienta adonde ella quisiera —sonrió su doctor Alfonso—. Haré de calabaza.
Paula lo miró, muy seria.
—Increíble... —murmuró ella en un pensamiento en voz alta—. Creía que no podías ser más guapo de lo que eres, pero me equivoqué... Acabas de demostrar lo contrario... —le peinó los ondulados cabellos con los dedos—. Pedro... No hay nadie como tú... ¿Eres real? —suspiró profundamente, entrecerrando los ojos, examinando esos luceros grises que brillaban de forma discontinua, atrayente...—. No quiero despertarme nunca, porque no es posible que seas real... —le acarició la parte del rostro que no ocultaba la máscara, distraída e hipnotizada.
—No te despiertes, Paula, no te despiertes nunca...
Se contemplaron, ensimismados el uno en el otro. Ella se inclinó y depositó un dulce beso en sus labios entreabiertos. Sonrió.
—Tienes carmín otra vez —se rio Pau, con timidez.
Pedro la observaba de forma tan penetrante que le recorrió un placentero escalofrío. Él carraspeó y se agachó para coger los zapatos. Se los colocó, con ternura y delicadeza. A continuación, se pusieron en pie y salieron del escusado.
—¡Ay, madre, qué horror! —exclamó ella, al ver su propio reflejo en el espejo.
—Anda, ven aquí —le dijo Pedro, tirando de su brazo—. ¿Traes pintura negra?
—Sí —refunfuñó, buscando en el bolsito.
Entre risas, él le repasó el antifaz con la cera oscura y los labios, con el carmín. No le dejó una sola huella de haber llorado. Al terminar, la besó otra vez. Paula sonrió.
—Te has vuelto a manchar.
Pedro se limpió con un trozo de papel y le guiñó un ojo.
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