miércoles, 9 de octubre de 2019

CAPITULO 99 (PRIMERA HISTORIA)




Pedro se revolvió los cabellos y suspiró de forma sonora una vez se quedó a solas. De pronto, empezó a ponerse muy nervioso, las nuevas emociones contenidas le estaban pasando factura... Se frotó el rostro sin control, caminando por la estancia de manera desesperada, se sentía muy agitado y le costaba respirar.


¿Qué me pasa?


Se agobió. Se asfixió. Le sudaron las manos.


Y así lo vio Paula.


—¿Estás bien? —se preocupó ella, que corrió a su lado y lo agarró de los brazos.


—¡No! —explotó él, retrocediendo.


Ella se asustó, palideció.


—¡Joder! —exclamó Pedro, tirándose del pelo.


Pe... Pedro... —alargó una mano y lo tocó en el pecho.


Entonces, él se relajó, de pronto. La apresó entre sus brazos con excesiva fuerza, pero ni ella se quejó ni Pedro aflojó. La toalla de Paula cayó al suelo, como Pedro, que quedó arrodillado. 


Ella sonrió y lo acunó con una ternura increíble.


—Perdóname... —murmuró Pedro, con la cara en su pecho, aspirando su aroma—. Siento haberte gritado. No sé qué me ha pasado...


—Creía que eras médico —ironizó.


Pedro se levantó y sonrió. Sin embargo, la alegría se esfumó al percatarse de lo que le había sucedido: había sufrido un ataque de pánico. Respiró hondo.


Pánico de perderte... Qué me has hecho, bruja...


Se duchó y se vistió a solas, Paula lo esperaba en el salón. Escogió unos vaqueros oscuros, una camiseta blanca, un jersey de lana gruesa, de color gris claro, de cuello vuelto, y las zapatillas de ante, a juego con el suéter.


Cuando salió al pasillo, peinándose con los dedos los cabellos mojados, se paralizó. Paula estaba bailando con los ojos cerrados, tarareando. Y lo hacía muy bien. Él sonrió con embeleso. Se había puesto un vestido camisero de rayas verticales muy finas, verde oscuro y beis, un cinturón marrón trenzado en las caderas, unas medias verdes y unas Converse, también verdes. La melena se la había recogido en dos trenzas de raíz de espiga.


Pedro, sigiloso, avanzó y la atrapó por las caderas.


—¡AY! —chilló ella, asustada—. ¡No te he oído, tonto! —se dio la vuelta y lo golpeó en el hombro, traviesa.


Él tiró de sus trenzas.


—Estás preciosa —se inclinó y la besó, entre risas—. Hoy más que nunca pareces una niña.


—¿Tu niña? —sonrió Paula, alzándose de puntillas.


—Mi niña —la besó otra vez—. ¿Preparada?


—¡Sí! —contestó, feliz.


Salieron del edificio con una inmensa sonrisa.


Y compraron un árbol artificial inmenso. Ser rico y famoso, provenir de una familia de gran prestigio como la suya, tenía ventajas muy agradables, en su opinión; una de ellas era que poseía cuentas abiertas en las mejores tiendas
de Boston, por ejemplo, o que los empleados de esos establecimientos se ofrecieran a ayudar en todo, lo que se traducía en que, a última hora de la tarde, les llevarían el árbol a su apartamento. Lo mismo sucedió con los adornos navideños que adquirieron.


Pedro, vas a hacer trabajar a una persona más horas de las necesarias solo por pereza —señaló su novia, en la calle.


—¿Pereza mía? —repitió Pedro, con una expresión de total incredulidad—. Va a ganarse un dinero extra por traernos el árbol y los adornos a casa —la corrigió—. ¿A qué viene esto? —frunció el ceño.


—Podríamos haber llevado nosotros todo —colocó los puños en los costados.


—El árbol es enorme porque a cierta nena le ha gustado el más grande de la tienda —arqueó las cejas, cruzándose de brazos—. ¿Has probado a cogerlo? El dueño ha dicho que nos lo llevan porque pesa mucho, cosa que es cierta —se irguió, orgulloso—. Además, ha sido decisión de ellos y yo me evito un dolor de riñones.


Paula, de repente, estalló en carcajadas, doblándose por la mitad, para consternación de Pedro. Los que pasaban a su lado los observaban con evidente interés, entre divertidos y escandalizados.


—¿Me puedes recordar en qué momento has cogido tú el árbol para saber a ciencia cierta que pesa mucho? —quiso saber ella, convulsionándose por las risas—. ¡Eres un exagerado! —lo apuntó con el dedo enguantado.


Él se ruborizó.


—No me ha hecho falta cogerlo para saber que pesa —se enfurruñó Pedro—. ¿No me crees?


—Lo que creo es que eres un blandengue, que, por no cargar con una cajita de nada, has preferido pagar un extra para no ensuciarte las manos.


Pedro abrió la boca, pasmado.


—Perdona, ¿cómo me has llamado? —inquirió él, avanzando hacia aquella mujer que, supuestamente, era su novia.


—¡Blandengue! —repitió, retrocediendo, sin perder la alegría.


—Uy... —resopló, fingiendo enfado—, no sabes lo que acabas de decir... A un Alfonso jamás se le llama blandengue. Y —agitó un dedo en el aire— te voy a demostrar, ahora mismo, lo equivocada que estás, a parte de que has cometido una falta terrible y, por consiguiente, estás castigada, nena.


—¡No! —chilló, se giró y corrió en dirección opuesta a Pedro.


Pedro ocultó el regocijo que le provocó verla tan dichosa. La cazó en apenas cinco segundos, la levantó, desde atrás, y procedió a hacerle cosquillas.


—¡Bájame! —gritó Paula, retorciéndose de risa.


Él se contagió, pero lo que hizo a continuación la enmudeció de golpe: la cargó sobre el hombro, a ojos de todos, coches y peatones. En ese momento, fue Pedro quien se desternilló de risa.


¡Me vuelves loco! ¡Y qué bien sienta, joder!


Pedro... por favor... —le suplicó Paula, en un susurro.


—No —emprendió la marcha hacia el apartamento.


—¡Pedro! —le golpeó la espalda.


—Vas a provocarme el dolor de riñones que no quería, bruja.


—¡Haz el favor de bajarme! ¡Ay, madre mía! ¡Pedro! Nos está mirando todo el mundo... ¡Pedro! —le pellizcó el trasero—. ¡Bájame, Pedro!


—¡Oye! —se quejó Pedro, dando un brinco, y frenó en seco—. Repítelo y te muerdo aquí mismo.


—No te atreverás... —emitió en un suspiro entrecortado.


—Pruébame —la amenazó y continuó el camino, satisfecho, nadie osaba nunca retarlo.


Pero sí, se atrevió... ¡Le pellizcó por segunda vez!


Pedro se paró, asombrado por haber sido desafiado. La bajó. La sujetó del cuello, la atrajo hacia él con fuerza y la besó, mordiéndole el labio inferior con cuidado. Paula forcejeó cuando aquello sucedió, emitiendo ruiditos de frustración. Sin embargo, la pasión... Oh, la pasión... La pasión se desataba en cuanto se rozaban, así que, enseguida, se fundieron en tal abrazo que vibraron sin control.


Ella se alzó de puntillas. Él la envolvió por las caderas. Y se besaron, absortos del presente, del lugar donde se hallaban, de todo y de todos... hasta que alguien carraspeó.


Se detuvieron de golpe.


—¿Hijo? —dijo su madre, detrás de Paula.


Y no iba sola, la acompañaba la asociación Alfonso & Co al completo, incluyendo a los cónyuges de los miembros.


Pedro y su novia carraspearon, incómodos y sonrojados, aunque no pudieron esconder el indiscutible aspecto de recién besados.


—¡Hola, cariño! —saludó Catalina a Paula, abrazándola.


Samuel imitó el gesto con él, palmeándole la espalda, intentando contener la risa.


—No sabía yo —le dijo su padre— que teníamos un troglodita en la familia. Eso de cargarla en el hombro... —todos se rieron.


Pedro gruñó. Estrechó la mano al resto de los presentes, pero Georgia se arrojó a su cuello y lo besó en la mejilla con una confianza que dejó a todos con la boca abierta y enfadó a Pedro. Se apartó de ella con la mandíbula tensa.


—Estábamos hablando de ti, Pedro —ronroneó la señora Graham.


—Hablábamos de la fiesta de Paula —la corrigió Bianca Adams con la frente arrugada—. Es un placer volver a veros, chicos —le dijo a la joven pareja, con su característica sonrisa tan dulce.


—¿Qué hacéis aquí? —se interesó Catalina, colgándose del brazo de Paula, con naturalidad.


—Hemos comprado un árbol y los adornos navideños —les explicó ella, sonriendo con timidez.


—¿De verdad? —exclamó su madre muy contenta—. ¡Cuánto me alegro! Esa casa necesita una mano femenina y un poco de colorido. Mis hijos no salen del negro, del azul y del gris —hizo una mueca cómica que recreó a todos.


Georgia bufó y anunció, sacando el móvil de su bolso:
—Llamaré ahora mismo a mi Alejandra para que os decore el apartamento; al fin y al cabo, gracias a ella contáis con una casa preciosa. Mi Alejandra sí sabe lo que hace.


Eso cegó a Pedro de rabia. ¿Qué demonios pretendía esa mujer? Fue a replicarle, pero su novia se le adelantó, tomándolo de la mano. Él la miró y ella sonrió, tranquilizándolo.


—No se moleste, señora Graham —le indicó Paula—. Precisamente, están pensando en cambiar la decoración actual, es demasiado triste y aburrida. Si Alejandra volviera a decorarla, seguiría siendo igual; ahora quieren un poco de luz y color. Ya sabe lo que se dice, hay que renovarse o morir —sonrió ampliamente.


Eduardo Graham rompió a reír por la elegante pulla. Los demás procuraron no contagiarse, pero se convulsionaban con discreción. Georgia, en cambio, se tornó roja de cólera. Pedro y sus padres contemplaron a Paula con orgullo.


—Me encanta tu novia —le obsequió Eduardo, estrechándole la mano con gran afecto.


—Créeme, a mí, también —sonrió, aún mirándola a ella, que se mordía el labio, avergonzada.


Cuando se despidieron de Catalina, de Samuel y de sus amigos, la señora Graham ignoró a Paula de un modo deliberado, pero no les importó lo más mínimo.


—Vamos, nena —la apremió Pedro, colocándose delante y agachándose—. Te llevaré a casa a caballito.


—Voy con vestido.


—Yo te tapo.


Paula soltó una carcajada de júbilo, se impulsó y trepó a su espalda. Él la sujetó por el trasero y dio una vuelta sobre sí mismo, haciendo que ella enroscara los brazos en su cuello con fuerza, entre risas.


—¡Me estás ahogando! —bromeó Pedro, contagiándose de su buen humor; era un soplo de aire fresco, pura libertad.


Vio a sus padres antes de tomar el camino a casa. Habían presenciado aquella escena infantil y sonreían con un brillo especial en los ojos, emocionados. Él les devolvió el gesto. Su corazón sufrió una sacudida.


Y regresaron a casa.




martes, 8 de octubre de 2019

CAPITULO 98 (PRIMERA HISTORIA)




Aquello no se lo esperaba.


Pedro estaba preparando el desayuno. Su cerebro todavía no había asimilado las palabras de Paula. En realidad, la pregunta que le hubiera
formulado habría sido si su padre estaba muerto, no vivo; pero, en el último momento, se le había ocurrido cambiar la última palabra, todo un acierto; o no, según cómo se mirase...


—Doctor Alfonso.


Él se giró y su cuerpo y su corazón se envalentonaron al verla. Le había lavado el camisón la noche anterior. Esa mañana lo había puesto en la secadora y, después, lo había planchado para que ella lo tuviera limpio al despertar. Y, ahora, se presentaba ante Pedro en lo que definía como pijama, cuando, en realidad, era un trozo de seda que apenas le cubría las nalgas, pero estaba tan dulcemente sexy asomándose las braguitas de encaje, que le encantó el escaso largo de la tela.


Paula se restregó los ojos. Los rastros de sueño, en su precioso rostro, provocaron que su estómago se encogiese. Él sonrió y se acercó. 


La cogió en brazos y la sentó en la encimera. 


Ella bajó los párpados, meciéndose como si siguiese durmiendo. Pedro soltó una risita, se inclinó y la besó en la mejilla.


Es adorable...


—¿Por qué no te vas a la cama? Es domingo, y muy pronto —le dijo Pedroen voz baja—. Ayer nos acostamos muy tarde.


Apagó el fuego, retiró la sartén a un lado y se colocó entre sus piernas.


Automáticamente, su novia se derrumbó en su pecho, suspirando. Él la abrazó con ternura, ella murmuró palabras ininteligibles que le arrancaron otra sonrisa, y la alzó por el trasero. Paula lo rodeó con los brazos, sin fuerza. La
llevó al sofá, donde la tumbó y tapó con una manta, mientras se hacía un ovillo y se abandonaba al mundo de los sueños.


Pedro desayunó fruta, huevos revueltos y jamón a la plancha, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sillón, a los pies de su pelirroja durmiente, entre la mesa y la terraza, sobre la alfombra. Veía la televisión sin volumen para no molestarla, también porque así escuchaba la relajada respiración de ella, que lo sumía en una paz indescriptible.


Dos horas más tarde, en la misma posición, unos brazos rodearon su cuello y unos labios depositaron un cariñoso beso en su cabeza. Él se giró y atrapó a su cautiva en su regazo. Ella, entre risas, se acomodó a horcajadas.


—Hola, mi bruja —le acarició la nariz con la suya en un tierno beso esquimal.


—Hola, mi doctor Alfonso —se inclinó y lo besó en los labios, sujetándole la nuca con las dos manos con electrizante suavidad.


Ambos inspiraron aire de manera acelerada. Se contemplaron unos segundos y se encontraron a mitad de camino... Se besaron despacio, acunándose el uno al otro. Pedro la pegó a su cuerpo, decidido, pero pausado. 


Paula le enroscó las piernas en la cintura. 


Gimieron ante la fricción de sus caderas y ella comenzó a restregarse contra su erección, le necesitaba...


Él aulló... consumió su boca, exprimió esos labios que tanto lo chiflaban, porque era extraordinario besarla... Necesitaba sus besos a todas horas, ¡a cada segundo! Y cómo lo besaba ella... increíble. Su interior era un caos,
porque Pedro Alfonso ya no sabía vivir sin desorden ni desconcierto, porque adoraba a su dibujo animado...


Le introdujo las manos por dentro del camisón y las subió por su esbelta espalda. Toda esa piel repleta de pecas ardía de forma deliciosa. La mimó con las yemas de los dedos, notando cómo se erizaba, cómo contenía el aliento, cómo se excitaba y cómo se avivaba él con solo rozarla...


Los labios se despegaron para entrelazar las lenguas, que embistieron de manera extenuada, robándoles jadeos incontrolados. Un escalofrío los recorrió por igual. Vibraron en brazos del otro. Se estrecharon más aún, aunque pareciera imposible por lo adheridos que ya estaban.


Su inocencia, su entrega, su confianza ciega en Pedro, hasta su inexperiencia, lo volvían loco... Paula no sabía lo hermosa que era; sus gestos, sinceros e ingenuos, la convertían en una mujer irresistible. Era ella quien lo dominaba, no al revés. Pedro había perdido la cabeza hacía ocho meses.


Y, en ese momento, estaba en el cielo... Sus manos se calcinaban por el calor que desprendía Paula; las deslizó hacia la cicatriz, que dibujó a placer, era su lugar favorito. Bajó a las caderas, que oprimió contra las suyas, y
ahondaron el beso, pero sin acelerar el ritmo. Le mordisqueó los labios con mucho cuidado y ella se derritió, emitiendo ruiditos agudos que le provocaron a él un gruñido de satisfacción. 


Metió las manos por dentro de sus braguitas, pero, a pesar de que agonizaba por cobijarse en su interior cuanto antes, permaneció en la misma posición, venerando cada rincón que pudiera con los dedos.


Paula bajó las manos hacia el borde de su camiseta y se la subió poco a poco, arañándolo adrede, hasta despojarlo de la prenda.


—Joder, me encanta que hagas eso... —le susurró Pedro, grave.


Fue a quitarse las gafas, pero ella se lo prohibió:
—Me gustas con gafas, doctor Alfonso —rozó sus pectorales con los dedos, mientras se mordía el labio magullado y enrojecido, embobada en su cuerpo.


Pedro obedeció, por supuesto.


—Eres tan... —dijo ella, en un trémulo suspiro, ensimismada solo en él—. Eres tan guapo... Llevo tanto tiempo soñando con esto, con estar así contigo... tanto tiempo... —lo miró.


Esas gemas turquesas perforaron el alma de Pedro y se paralizó por sus palabras, cargadas de tanto significado.


Yo creo que llevo toda mi vida soñando contigo... esperándote...


Paula apoyó las manos en su rostro, se inclinó y lo besó con tal dulzura que se precipitó por un acantilado... ¿Sería posible que ella correspondiera sus sentimientos? La esperanza lo inundó.


La sujetó con fuerza por la cintura, besándola; se levantó con ella y la tumbó en la alfombra. 


Reservó los mordiscos para otra ocasión, ahora anhelaba consumir sus labios durante una gloriosa eternidad. Paró para retirarle el camisón por la cabeza y la besó otra vez, más intenso, aunque continuaron sin aumentar el ritmo; ninguno hizo el intento de variar. Paula lo mimaba con su boca y con sus manos, mareándolo de placer. Y gimieron los dos, empujándose el uno contra el otro.


Y no lo soportaron más... Pedro resbaló las braguitas por sus piernas, al tiempo que ella le deslizó los pantalones del pijama y los calzoncillos hacia abajo.


—Abrázame —rugió él.


Ella lo rodeó con las piernas y Pedro la penetró muy, pero que muy, pausado, adrede, observando los cambios que se producían en el cuerpo y en el rostro de Paula, disfrutando del abrigo que le estaba proporcionando al acogerlo en su mágico interior.


—Eres maravillosa... —pronunció Pedro, escondiendo la nariz entre sus cabellos—. Me encanta... —salió y volvió a embestirla, acompasado— hacerte el amor...


Ambos temblaron. Y jadearon cuando repitió el movimiento.


Te amo... Y nunca sabrás cuánto, porque ni yo mismo lo sé...



Pedro... —gimió Paula, clavándole los talones en el trasero, al borde del éxtasis—. Solo... Solo...


Pedro la entendió, entrelazó las manos con las suyas y levantó la cabeza para mirarla.


—Solo tú y yo, nena...


Y estallaron en llamas.


La rendición fue abrumadora. Ella gritó su nombre cuando el clímax se apoderó de su ser y él pereció al contemplar cómo se deshacía entre sus brazos, una imagen que atesoraría para siempre en su corazón.


—Paula... —se desplomó encima suyo, sobrecogido.


Lo siento por ti, pero nunca vas a separarte de mí...


Cuando recuperaron el aliento, la cogió en brazos, aún desnudos, y la transportó a la habitación.


—¿Compramos el árbol? —le sugirió Pedro, bajándola al suelo.


—¡Vale! —brincó de emoción—. Voy a ducharme.



CAPITULO 97 (PRIMERA HISTORIA)




Él estaba preparando la mesa del salón. Llevaba solo unos pantalones de pijama gris oscuro y las gafas, nada más. Estaba increíble. Pau tragó saliva para no babear.


—¿Me has comprado perchas de mi color favorito? —le preguntó ella, sonriendo.


Pedro se incorporó. Un tenue rubor le tiñó los pómulos. Asintió. Paula se acercó, mordiéndose el labio por el voraz análisis que le estaba dedicando, de la cabeza a los pies. Los pinchazos en su vientre se sucedieron uno tras otro.


Se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.


—Gracias, Pedro.


—La cena... —carraspeó, ronco—. La cena ya está lista.


Ella guardó las perchas en el armario y se reunió de nuevo con Pedro en el salón. Se acomodaron en el suelo, en torno a la mesa. Paula se sentó
enfrente de Pedro y colocó un cojín entre las piernas dobladas; la mesa era de cristal y ella utilizaba su propia ropa interior, no calzoncillos que la cubriesen, no se sentía cómoda tan expuesta. Pedro se fijó, supo por qué lo había hecho y le dijo, en un ronco susurro:
—No te miraré, si eso te hace sentir mejor, aunque me será casi imposible porque no puedo dejar de hacerlo cuando estás cerca. Puedes vendarme los ojos...


Pau tragó saliva con esfuerzo, también seria y sonrojada.


—Lo siento, sé que es infantil y...


—No eres infantil —la cortó él, alargando una mano por encima de la mesa —. No pasa nada, ¿vale? Eres tímida —y añadió en tono más ronco—, y eso me encanta.


Ella sonrió y le apretó la mano con suavidad. 


Pedro le besó los nudillos. Paula amplió su sonrisa y, cuando se percató de lo que iban a comer, su corazón estalló: perritos calientes. Se levantó, para sorpresa de él, y se acomodó entre sus piernas, estirando las suyas y pegando la espalda a su cálido pecho. Pedro le besó la sien, dulce y cariñoso.


Y así cenaron.


—¿Te gusta la música? —se interesó Pau durante el postre, entre sus
brazos, disfrutando de un chocolate caliente en su nueva taza.


—Prefiero la música clásica, aunque escucho de todo.


—¿Y si pones algo?


—Está todo dentro de la tele —le explicó, incorporándose—. Manuel se encargó de copiar nuestros cedés y grabarlos en el Apple TV.


Había estado varias veces en esa estancia, incluso había visto la televisión, pero, cuando Pedro abrió el mueble blanco donde reposaba la impresionante pantalla ultraplana, Paula se quedó estupefacta por el despliegue de medios de última generación de la marca Apple que se hallaban en el interior.


Él se arrodilló, encendió el televisor y accionó la música, ordenada por carpetas; una de ellas se llamaba Villancicos.


—¡Esa! —exclamó ella, apuntándola con un dedo.


Pedro obedeció.


—¿Y los altavoces? —quiso saber Pau, extrañada de no verlos por ninguna parte.


—En el techo —se sentó a su lado—. En cada habitación, hay un aparato que selecciona la carpeta que cada uno quiera escuchar. Manuel puede oír una cosa, Bruno, otra y yo, otra, todas distintas. Solo tenemos que seleccionar la opción múltiple.


Frank Sinatra comenzó a cantar Have yourself a Merry Little Christmas.


El corazón de Paula se disparó. La emoción la embargó. Sonrió, se puso en pie y le tendió la mano.


—Baila conmigo, por favor —le rogó en voz baja y temblorosa.


Él la miró unos segundos, se levantó y aceptó el gesto. Ella lo guio hacia la terraza. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas sin remedio. Los recuerdos la golpearon con fuerza. Entrelazó los dedos con los suyos, lo tomó de la otra mano y le obligó a posarla en la parte baja de su espalda. Recostó la cabeza en su pecho, le rodeó el cuello con el brazo libre, cerró los ojos y suspiró.


Al principio, Pedro no reaccionaba, estaba rígido, por lo que Paula empezó a mecerse muy despacio, le pisó los pies y le movió las piernas con las suyas. Él lo intentó, con torpeza, arrancándole a Pau alguna que otra suave
carcajada.


—Me encanta la Navidad —le confesó ella en un susurro—. Mi abuela y yo decoramos el árbol el mismo día veinticuatro por la mañana. ¿Y vosotros? —lo miró.


—Nunca hemos comprado un árbol ni nada por el estilo —se encogió de hombros.


—¿Te gusta la Navidad? —se recostó de nuevo, disfrutando del baile.


—La verdad es que sí —la acarició por encima de la camiseta, de manera distraída—. Mis padres siempre organizan una fiesta por todo lo alto en casa, con juegos. ¿Te...? —carraspeó—. ¿Te gustaría venir con tu abuela?


—¿Me estás invitando a cenar contigo y toda tu familia en Navidad? Creo que eso es... —se rio— ir un poquito deprisa, ¿no te parece?


—Como quieras —farfulló él.


Paula explotó en carcajadas. Lo sujetó por las mejillas, que estaban coloradas.


—Antes tendrás que conocer a mi abuela, ¿no crees? —arqueó las cejas—. Por cierto, ella sí quiere conocerte.


—Creía que me odiaba —frunció el ceño.


Ella chasqueó la lengua.


—Manuel... —adivinó, molesta, separándose—. ¿Qué te ha dicho Manuel? — colocó los puños en los costados y adelantó una pierna—. Me va a oír...


Pedro sonrió.


—Sigue bailando conmigo —hizo un fingido puchero—, pero encima de mis pies, como estabas.


Ella se rio y asintió. Se abrazaron y continuaron meciéndose juntos, al ritmo del lento villancico, otro distinto, pero también de Frank Sinatra.


—Así es fácil bailar —le dijo él, besándola en la cabeza.


—Sí... —suspiró, feliz—. Así me enseñó mi padre. Los sábados que no trabajaba, enchufaba la radio nada más despertarnos y bailábamos hasta caernos al sofá —sonrió con tristeza. Apretó a Pedro sin darse cuenta—.
Luego, desayunábamos tortitas con chocolate, cantando como dos tontos. ¡Lo poníamos todo perdido! Pero merecía la pena...


—Un gran padre —la rodeó con ambos brazos, envolviéndola en una maravillosa fortaleza.


—El mejor.


Permanecieron en silencio dos canciones más.


—Podríamos ir mañana a comprar un árbol —le sugirió Pau.


—¿No tienes árbol? —le preguntó Pedro, extrañado.


—Lo digo para ti.


—Pero iremos adonde yo diga —sonreía con travesura.


—Vale —concedió ella, devolviéndole el gesto.


Él se inclinó y la besó en los labios entreabiertos. Después, volvió a acunarla, más confiado, aunque todavía torpe en los pies.


No supo cuánto tiempo estuvieron así, pero Paula se adormeció. Pedro la cogió en brazos y la transportó a la cama.


—¿Paula?


—Mmm... —gimió con los ojos cerrados, mientras la abrigaba con el edredón.


—¿Tú padre está... vivo?


Ella alzó los párpados lentamente y observó un punto infinito en el techo.


Tenían las piernas entrelazadas. Él la mantenía sujeta por la cintura, pegada a su pecho. Y, a pesar de aquella imagen tan bonita, de sentirse ella abrigada por su maravilloso doctor Alfonso, otra imagen, una terrible, surgió en su mente.


—Sí, mi padre está vivo —pronunció Pau en un hilo de voz—, pero como si no lo estuviera...