sábado, 19 de octubre de 2019
CAPITULO 135 (PRIMERA HISTORIA)
Apenas diez minutos después, estacionaba la moto frente a una casa abandonada, sin ventanas, sin vida en el que había sido el jardín delantero, con la reja corroída, los ladrillos ennegrecidos, los cristales rotos... Todas las
casas eran adosadas. ¿Por qué no la habían tirado y construido una nueva? ¿Por qué permanecía intocable?
Respiró hondo y entró en la propiedad. Probó a girar el picaporte y la puerta se abrió. Sigiloso, recorrió la primera planta. Las estancias estaban
vacías y cubiertas de polvo. La humedad inundaba las paredes, el empapelado estaba levantado y enrollado a su antojo.
Escuchó un murmullo.
Aguzó el oído, mientras se acercaba a la escalera. Subió al segundo piso lentamente. Su corazón se disparó al reconocer cierta melodía en ese murmullo... Contempló los tramos de peldaños y el hueco de una ventana en la entreplanta, que daba a la parte trasera de la casa. La cicatriz de Paula... Se le encogió el pecho al recordar la historia de su accidente. Se obligó a serenarse, no podía desfallecer, ella lo necesitaba. Y asomó la cabeza en la habitación de la izquierda.
—Pedro...
—Paula...
Estaba sentada en el suelo, pero, al verlo, se levantó. Corrieron el uno al otro y se abrazaron a mitad de camino.
—¡Pedro! —lloró, histérica.
Él la apretó contra su cuerpo. Ambos temblaban, de miedo, de alivio... Las piernas no le sostuvieron más y se le doblaron, pero no la soltó, sino que la estrechó a punto de romperle los huesos. Ella se colocó a horcajadas sobre su regazo y lo envolvió con los brazos, estremecida, tiritando. El alivio era tan grande que Pedro también se desahogó. Cerraron los ojos. No supo el tiempo que permanecieron así.
Oyó coches aparcando, pasos cada vez más cercanos, pero nadie los interrumpió.
Paula se hizo un ovillo, aún llorando. Él no se alejó un solo milímetro.
—Es cierto —le confesó ella en un susurro—. Fue mi culpa, Pedro... Cuando recibí el alta, mis abuelos maternos vinieron a recogerme al hospital para llevarme con mi madre. Yo me negué. Estaba con mi tía y mi abuela. Les supliqué que no lo hicieran, les grité que no quería irme con ella. Sara y Caro me protegieron —se sorbió la nariz—. Tenía miedo de caerme por las escaleras otra vez, o de que me encerrara... Mi padre no estaba en la habitación porque, según mi tía, no podía acercarse a mis abuelos ni a mi madre, la policía se lo había prohibido.
Pedro gruñó, no pudo evitarlo.
—Al final, me fui con mi tía —continuó Paula, sin variar el tono triste y apagado de su voz—. Mi abuela Sara se quedó esa noche con nosotras. Me preguntaron por qué no quería estar con mi madre y les conté la verdad, les conté lo que pasó desde que se separaron: los gritos, los encierros, los insultos, lo de mi amigo Alex... Todo —suspiró—. Me quedé dormida. Cuando me desperté, era de noche y solo estaba mi abuela. La vi llorando y me asusté. No me dijo nada. Llamé a mi padre, pero no me cogió el teléfono, lo que significaba que no estaba en su casa. Tampoco sabía nada de Carolina. Me puse el abrigo y salí a la calle con mi bicicleta. Siempre iba en bici a todas partes —sonrió, nostálgica—, mi padre me la regaló y mi tía me enseñó a montar. »Vine a casa de mi madre, aquí. Desde el porche, se escuchaban los gritos. Los tres discutían. La puerta estaba abierta. Entré y me escondí en la entrada. Mi madre estaba borracha, como siempre. Ella y Carolina lloraban, enfadadas, se reprochaban cosas que yo no entendía. Mi padre también estaba furioso y acusaba a mi madre de haberlo engañado antes de que yo naciera. Y se volvió loca... Empezó a lanzarles cosas: libros, revistas, velas, cojines... Arrojó la botella que tenía en la mano. Se hizo añicos en el suelo, pero algunos cristales le saltaron a mi tía en la cara. Carolina chilló. Mi padre se la llevó de allí para curarla. »Nunca odié tanto a mi madre como en ese momento —rechinó los dientes —. La odié con toda mi alma por hacerle daño a mi tía... Muchas noches, cuando rezaba antes de acostarme, le pedía a Dios que me regalara una nueva mamá, y que esa mamá fuera Carolina. Quería una nueva familia: mi padre, mi tía,
mi abuela Sara y yo. Todos juntos y felices en una misma casa —se encogió de hombros—. Lo peor de todo era que no me sentía mal al pensar así, al desear eso, al odiar a mi madre... Nunca jugó conmigo, nunca me dio la mano por la calle, nunca me arropó, nunca me contó un cuento... ¿Sabes quién sí lo hizo?
— Tu verdadera madre —sonrió él con dulzura—, Caro.
Ella asintió, llorando de nuevo. Pedro le besó la cabeza, acunándola en su pecho con infinita ternura. La emoción lo abrumó. Y la rabia lo poseyó. ¿Cómo una madre podía actuar así con su propia hija?
—Entré en el salón —prosiguió Paula, tranquila—. Mi madre se puso a chillar, a insultarme, como hacía siempre, pero ese día no me afectó. Cogí las botellas que había y las vacié delante de ella por todo el salón. Quería hacerle daño: quitarle lo que más le gustaba. El salón olía fatal... —respiró hondo—. Mi padre y mi tía escucharon el jaleo. Cuando vi la cara de Carolina... —meneó la cabeza—. Estaba ensangrentada... —apretó la mandíbula—. No lo pensé. A mi madre le encantaban las velas, y las cerillas abundaban en mi casa. Cogí la primera caja de cerillas que vi. Sabía que el alcohol prendía. »Mi madre me gritó que no me atrevería, que era igual de cobarde que mi tía. Eso fue lo que hizo que guardara la cerilla en la caja... Me recordó lo mucho que me parecía a Carolina, sonreí y se lo agradecí. Te prometo, Pedro, que me sentí tan bien en ese momento al saber que me parecía tanto a mi tía... —se sorbió la nariz—. Y eso la enfadó. Me quitó la caja, encendió una cerilla y la dejó caer en la alfombra —le recorrió un horrible escalofrío—. Mi padre corrió hacia mí y me sacó a la calle. Al segundo, las llamas devoraron todo...
Regresó a por mi tía, pero no salieron... Los bomberos sacaron a mi padre cuando consiguieron apagar el fuego.
El llanto retornó. Ella le estrujó la ropa entre los dedos, temblando como nunca.
Pedro la tomó por la nuca, obligándola a mirarlo.
—No fue tu culpa, Paula.
—Sí... Si yo no hubiera vertido el alcohol, mi tía estaría viva y mi padre...
—No fue tu culpa —repitió con fiereza, interrumpiéndola.
—Pedro tiene razón —dijo una voz masculina a su espalda.
Los dos se giraron.
—Papá... —pronunció Paula, atónita al verlo allí.
Carlos Chaves, con los guantes y la venda cubriéndole la piel, los observaba desde el marco de la puerta de la habitación. Sara estaba detrás, limpiándose con un pañuelo las incesantes lágrimas que rociaban su cara.
—Tu madre era una mala persona, hija —le dijo Carlos—, pero hizo una sola cosa buena en toda su vida: tú. Si no llega a ser por su engaño, yo no te tendría a ti, cariño. Y eso es por lo que jamás me arrepentiré de nada de lo que pasó, ni antes ni después del incendio —avanzó a su característico paso lento, pero decidido—. Echo muchísimo de menos a mi Caro... —se le quebró la voz —, pero te miro y la veo a ella en ti, y eso es un doble regalo, porque eres mi hija y porque eres el vivo retrato del amor de mi vida.
Ella se levantó y lo abrazó con cuidado. Chaves la correspondió con su escasa fuerza, resultó evidente cuánto sufría ese hombre a consecuencia del incendio.
—No me siento orgulloso por haber traicionado a tu madre —declaró Carlos—, pero tampoco me arrepiento. Lo único que lamento es no haberte protegido como debía...
—No, papá —negó con la cabeza, sonriendo—. Siempre estuviste conmigo. Cuando me encerraba, pensaba en ti y en la tía. Mamá nunca consiguió que te odiara o que la odiara a ella.
—Hija mía, ¿podrás perdonarme algún día? —la rodeó de nuevo.
—¿Y tú a mí, papá? —lloró—. Lo siento tanto... ¡Yo le di la idea a mamá! ¡Yo!
Chaves la agarró por los hombros, zarandeándola.
—No, Paula —zanjó, furioso—. Tú no prendiste la cerilla. Lo sabes. Tú estabas allí. Dilo tú ahora.
Paula giró el rostro y observó a Pedro. Caminó hacia él.
—Pedro...
—Paula —sonrió, rozándole el rostro con los nudillos.
—Yo no... —suspiró, trémula—. Yo no prendí... la cerilla... —pronunció, al fin.
Pedro se petrificó. La había pronunciado para él, no para su padre, solo para él... Se le formó un grueso nudo en la garganta. Incapaz de articular palabra, la atrajo hacia su cuerpo, envolviéndola en su calor. Ella se rio con dulzura, el sonido más celestial que había oído Pedro en toda su vida.
Carlos posó una mano en la espalda de Pedro. Paula tenía los párpados bajados y la cara en la otra dirección, por lo que no se percató. Chaves inclinó la cabeza en señal de respeto, con los ojos brillantes, un gesto que le devolvió Pedro de inmediato.
CAPITULO 134 (PRIMERA HISTORIA)
—¡Joder!
—Hijo, tranquilízate, por favor —le rogó su madre.
Sus hermanos se habían encargado de despedir a los invitados. Pedro se tiraba del pelo, impotente, caminando de un extremo a otro del comedor. Su familia, incluidos sus abuelos, Ana y Miguel, estaban sentados en los sofás. Ernesto se encontraba con ellos, había llamado a su amigo policía para ayudar como pudiera.
Estaba desquiciado. Paula había apagado el móvil, lo había confirmado Pedro al comprobar su localizador: sin señal; entonces, se había recorrido los lugares que frecuentaba: Hafam, su apartamento, los hospitales, el Boston Common, la residencia donde vivía Carlos Chaves, incluso el callejón de La fábrica de los sueños. Había telefoneado a Jorge, a Stela Michel y a Rocio,
que, en cualquier momento, se presentarían en la mansión, junto con Sara, a quien Manuel había ido a recoger.
Nada. No había rastro de ella.
Bruno se había marchado a buscarla en el todoterreno, pero no había vuelto todavía.
¿Dónde estás, Paula?
—¡JODER! —bramó, golpeando la pared con todas sus fuerzas.
—¡Dios mío! —se espantó Catalina—. ¡Samuel, haz algo!
—Hijo... —su padre le agarró el brazo.
Pedro explotó. Cayó de rodillas al suelo. Lágrimas furiosas inundaron su rostro en silencio.
—No puedo perderla, papá...
—No lo harás, hijo —Samuel se agachó a su lado y lo abrazó—. Aparecerá. Está escondida, pero aparecerá, ya lo verás.
¿Escondida? ¿Dónde se escondería una niña asustada?
—Un momento... —dijo Pedro, incorporándose despacio—. Jorge me dijo que Paula jamás le había contado a nadie nada de su vida —su mente elucubraba, a cada segundo con mayor coherencia—, solo a mí, la primera persona en ocho años con quien se desahogaba. Está atormentada por el pasado y, esta noche, su pasado ha salido a la luz después de tanto tiempo.
—¿Qué quieres decir? —quiso saber su madre, atenta a sus palabras.
—Sé dónde está Paula —anunció él, seguro de sí mismo.
Sacó el iPhone del bolsillo interior del frac y entró en la aplicación del GPS, donde tenía guardada una dirección, de cuando había acudido con su padre al Boston Children’s y había leído el historial de Paula. Supo, sin lugar
a dudas, en ese preciso instante, que esa dirección que halló tachada en el historial se trataba de la antigua casa de ella.
Cogió el casco de la moto que había dejado en uno de los sillones.
—¿Adónde vas, hijo? —se preocupó su padre.
Pedro les mandó un mensaje a sus hermanos, indicándoles el lugar al que se dirigía.
—A Back Bay —contestó, antes de marcharse.
CAPITULO 133 (PRIMERA HISTORIA)
El edificio se elevaba sobre cuatro plantas de ladrillos rojizos que, en sus buenos tiempos, estaba rodeado de enredadera en la parte de atrás, en el jardín. El fuego había consumido las plantas y ennegrecido la construcción.
Las ocho ventanas de la fachada ahora eran huecos o tenían los cristales rotos.
No había flores ni césped, era tierra seca y oscura lo que poblaba la entrada.
Traspasó la baja reja oxidada sin molestarse en cerrarla. Anduvo por el estrecho y corto sendero hasta los cuatro peldaños previos al pequeño porche.
La madera del suelo había sido blanca, pero, en ese momento, estaba negra, gris y a trozos. Las luces de las farolas de la acera alumbraban la casa.
Sacó la llave que siempre llevaba consigo y entró.
Vacío.
Nada.
Cerró los ojos y aspiró el inconfundible aroma a cenizas. Las lágrimas estallaron en silencio, despiadadas. Sintió náuseas, pero respiró hondo para serenarse. Se estrujó la túnica en el estómago. Caminó por el espacio y giró hacia las escaleras. Algunos escalones estaban destrozados y faltaba un trozo de la barandilla.
Subió con cuidado, notando cierta rigidez en la pierna, y se detuvo en la segunda planta, donde estaban los dormitorios; en la tercera, se encontraban los cuartos de invitados, un baño completo y la biblioteca; en la última, la buhardilla, se hallaba el despacho de su padre, que se había cerrado con candado cuando Carlos y Alicia se habían separado.
Continuó hacia su cuarto, a la izquierda. Empujó la puerta entornada con una mano temblorosa.
Su corazón incrementó los latidos. Se le escapó un sollozo. Se cubrió la boca. Alcanzó la pared de enfrente, perpendicular a la fachada, donde había estado su cama. Se deslizó hacia el suelo, flexionó las piernas y escondió la cabeza entre ellas.
—Tu papá —escupió Alicia con desagrado— no va a regresar. Ha decidido abandonarte porque no le importas una mierda —arrastraba las palabras debido a la embriaguez por la cantidad de alcohol que había ingerido ya, la botella de vodka en su mano, casi vacía, lo confirmaba. Estaba descalza y su oscuro cabello era una grasienta maraña, sin brillo, sin esplendor—. ¿Sabes por qué? Porque prefiere a tu tía Caro antes que a ti.
—¿Qué? —pronunció Paula, en llanto desconsolado—. ¡Eso no es verdad! ¡Mientes! ¡Nos quiere a la tía Caro y a mí! ¡A mí, también! —se apuntó a sí misma.
—Igual que ella, maldita niña... —se tambaleó. Tuvo que apoyarse en la pared—. Eres igual que la zorra de tu tía. ¡Serás igual de zorra que ella! ¡Os odio! —chilló, enloquecida—. Pero no permitiré que se salgan con la suya —cabeceó—. Me arruinaron la vida y ahora les toca pagar las consecuencias.
—¿Por qué papá se ha marchado? —le exigió, tirando de la camiseta de su madre, sucia de vómito.
—¡Ya te lo he dicho! —se soltó. Trastabilló con sus propios pies y cayó al suelo—. ¡Solo quiere a Carolina! ¡Solo a ella! ¡Si de verdad te quisiera a ti, no se habría ido de esta casa! ¡Idiota! —gesticuló, desquiciada.
La botella salió volando por el pasillo. Paula corrió y la cogió antes que ella.
—¡Dámela! —gritó Alicia, incorporándose con dificultad.
La niña, de diez años, se metió en su cuarto, aferrando el vodka contra el pecho. No consentiría que su madre siguiera bebiéndolo. Solo cuando ingería el contenido de esas botellas, gritaba... Zahira odiaba sus gritos...
Odiaba verla mal... No lo entendía, pero sabía que ese líquido la cambiaba, la dañaba.
—¡Si papá se ha ido es por tu culpa! ¡Por esto! —la acusó, levantando la botella en el aire.
Alicia la miró con rabia un segundo y, al siguiente, le cerró la puerta. La llave que echaba el pestillo estaba por fuera. La niña escuchó un chasquido.
—Mamá... ¡Mamá! —golpeó la madera—. ¡MAMÁ!
—A las niñas malas hay que castigarlas —le dijo su madre desde el otro lado.
—¿Qué he hecho? —se lamentó, el pavor la devoraba a pasos agigantados—. ¡Ábreme, por favor! Por favor... Mamá...
—Tu padre me ha abandonado. Me traicionó con mi propia hermana. ¡Los dos me traicionaron! Alguien tiene que pagar, y no pienso ser yo. Te quedarás encerrada hasta que yo lo decida —se alejó.
—¡MAMÁ! ¡POR FAVOR, MAMÁ! ¡VUELVE! ¡ÁBREME! ¡MAMÁ!
Unos pasos se acercaron, despertándola del pasado. Paula se tapó los oídos y se meció sobre sí misma, observando el pasillo con un miedo atroz. Su madre aparecería en cualquier momento. Iba a encerrarla otra vez...
Sin embargo, no fue Alicia quien asomó la cabeza.
viernes, 18 de octubre de 2019
CAPITULO 132 (PRIMERA HISTORIA)
Paula no podía beber alcohol, por lo que se decantó por un refresco de naranja. Buscó a Rocio y la encontró charlando con Ariel. Howard les permitió intimidad, como el caballero que era.
—Es muy guapo —resaltó Pau.
—Sí —contestó su amiga, distraída.
—Pero no te gusta.
—No... —suspiró Moore, abatida—. Me trata fenomenal. Y se está enamorando de mí, lo sé porque me lo ha dicho.
—¿Y qué vas a hacer? —le apretó la mano.
—Me ha invitado a pasar una temporada con él en Europa, alojándonos en sus hoteles.
—¿De verdad? —desorbitó los ojos.
—Sí. Sería una ruta. Comenzaríamos en París y terminaríamos en Santorini. Unos meses, quizá, un año —se encogió de hombros.
—¿Te vas a ir? —quiso saber Paula, agarrándola del brazo.
Rocio inhaló aire y lo expulsó con fuerza. Se apoyó en la pared.
—Sí, me voy a ir con él —anunció, no muy convencida—. Es lo mejor. Tengo que hablar con Pedro para presentarle mi renuncia. Hace poco más de un mes que me ascendieron a jefa de enfermeras, pero... —agachó la cabeza —. Tengo que irme.
—¿Hablaste con Manuel?
—¿Hablaste con Pedro? —le rebatió en voz baja.
Las dos suspiraron y se abrazaron, llorando sin emitir sonido.
—Te voy a echar de menos, Rocio...
—Y yo a ti, Paula... —respiró hondo—. Voy a por Ariel. No me siento bien. Te veré antes de irme —se besaron en la mejilla y se marchó.
Pedro se acercó.
—¿Ha pasado algo?
—Rocio se va de Boston —declaró Pau, abrazándose a sí misma—. Ariel le ha propuesto un viaje de un año por Europa. Te presentará su renuncia, pero no sé cuándo.
Él frunció el ceño.
Entonces, un vals muy conocido ambientó el lugar. Ella posó una mano a la altura del corazón, debido a la emoción que experimentó al oír la melodía. Los invitados murmuraron exclamaciones de deleite, reconociendo la canción de la película de La Cenicienta, la misma que entonaba la bola de nieve que su maravilloso doctor Alfonso le había regalado en Nochebuena.
Pedro, nervioso, de repente, carraspeó y se alejó de Paula. Ella, sorprendida, observó cómo caminaba con seguridad hacia el centro del gran salón, donde se detuvo. Los presentes, entre suaves risas, le cedieron espacio, sabiendo lo que pretendía, formando un amplio círculo a su alrededor.
Él, más serio que nunca, clavó los ojos en Paula y extendió una mano en su dirección. Todos giraron sus rostros hacia ella, cuyo aliento se extinguió.
Crearon un sendero entre los dos. Manuel y Bruno surgieron a cada lado de Paula y le cogieron las manos para conducirla hasta su príncipe.
—Descalza, Cenicienta —le susurró Pedro, agachándose a sus pies—. No sé hacerlo de otra manera.
Aquello estalló su corazón...
Él le desató las Converse, se las quitó y se las entregó a sus hermanos. Un ligero rubor le tiñó los pómulos. Ella, con las lágrimas bañándole las mejillas, le pisó los zapatos, agarrándose el bajo de la túnica para que no les estorbara.
—¿Preparada? —le tembló la voz.
Paula asintió. Pedro la sostuvo entre sus brazos, erguido y muerto de miedo. Paula sonrió y movió una pierna, empujando la de él, como le había
enseñado en la terraza de su casa con el villancico. Comenzaron, así, su primer baile, torpe al principio. Los invitados se carcajearon, incluida la familia Alfonso al completo. Pedro gruñó, avergonzado.
—Mírame —le pidió ella, rozándole la barbilla con los dedos—. Solo tú y yo, ¿de acuerdo?
Él sonrió despacio, relajándose poco a poco.
—Solo tú y yo —convino, y recuperó la seguridad.
Se equivocó infinitas veces, pero no la soltó ni dejó de sonreír. Se reía con los presentes, que, hacia el final del vals, se les unieron de dos en dos. La joven pareja no se percató de nada, se abstrajo del presente, de la realidad...
Se contemplaron con ojos brillantes, girando sin seguir el ritmo, pero valientes y, lo más importante, juntos.
Cuando terminó la canción, Manuel y Bruno le dieron las zapatillas. Pedro, por segunda vez, se arrodilló y la calzó, sin dejar de mirarla.
—¡Ay, cariño! —exclamó Catalina, abrazando a Paula, en llanto, con fuerza—. ¡Llevo años intentando que mi hijo mayor baile!
—Solo necesitaba a la profesora adecuada —contestó el aludido, entrelazando una mano con la de Paula.
—¡Perfecto! Ahora baila conmigo —le dijo la señora Alfonso.
—¡Ni hablar! —se negó él, tajante.
Los que estaban a su alrededor rompieron en carcajadas.
—¡Bravo! —declaró una mujer disfrazada de Morticia Addams, aplaudiendo con exageración.
—Georgia... —rumió Pedro, apretando a Hira, sin darse cuenta.
La sala enmudeció, sin comprender tal alboroto.
La orquesta paró.
No, por favor...
Un mal presentimiento perforó sus entrañas.
—Una pareja adorable —dijo la señora Graham, sonriendo con frialdad—, pero ¿alguien conoce a Paula? —se dirigió a los invitados, girando despacio sobre sí misma—. Será algo más que la novia del doctor Pedro Alfonso, ¿no?
Paula retrocedió, aterrada. Su respiración se aceleró de manera desagradable.
Dios mío... Lo ha hecho... Ha cumplido su palabra... Lo ha descubierto...
—¿No sentís curiosidad, damas y caballeros? —continuó Georgia—. Ya que ahora forma parte de nuestro círculo, os interesará saber que esta niña es la hija del doctor Carlos Chaves. Hay muchos médicos aquí, ¿cierto? Carlos Chaves fue el anterior director del Boston Children’s Hospital, el antecesor de nuestro anfitrión, el doctor Samuel Alfonso.
—¿Qué pretendes, víbora? —estalló Catalina, furiosa—. Tu problema es que mi hijo no quiere a tu hija, sino a Paula. Deja de hacer el ridículo.
—Lárgate de aquí, Georgia —le ordenó Samuel, conteniendo la rabia—. Nadie insulta a mi familia y, por si necesitas que te lo aclare, Paula es mi
familia.
Paula no podía respirar... Se estaba ahogando. El sudor perló su rostro, su nuca, toda su piel... Se quitó el sombrero y lo arrojó al suelo.
—Lo haré —convino la señora Graham, avanzando hacia ella, observándola con regocijo—, pero, antes, Paula, querida, ¿prefieres confesarlo tú o me cedes a mí los honores?
Pedro se situó junto a Paula, para protegerla, pero ella se apartó un par de pasos, temblando de la angustia.
—Lo tomaré como un sí —señaló Georgia, sin variar su expresión de satisfacción—. Hace ocho años, una niña incendió su casa. Ella sobrevivió; sin embargo, había tres personas más en el interior del edificio: su madre y su tía, que murieron devoradas por las llamas —ladeó la cabeza—, y su padre, que sobrevivió y se recluyó en una casita, aislado del mundo, porque su hija —entrecerró los ojos— lo quemó; tiene el cuerpo calcinado. Aquí, señores, les presento a esa niña, Paula Chaves, una asesina con piel de cordero. Con catorce añitos, mató a sangre fría a su madre y a su tía y condenó a su padre al infierno en vida.
—¡No! —chilló Paula, tirándose de los cabellos, desesperada—. Fue... Fue... Fue un... Fue un accidente...
—¡No mientas! —vociferó la señora Graham—. Mataste a tu madre y a tu tía y castigaste a tu padre a una vida desgraciada. ¡Reconócelo! Tu madre era alcohólica y sabías dónde guardaba el alcohol. Lo vertiste por los muebles del salón y encendiste una cerilla. ¡Qué casualidad que tú salieras ilesa! ¡Lo tenías todo planeado!
—¡Ya basta! —gritó la señora Alfonso—. ¡Fuera de aquí!
Manuel y Bruno agarraron a Georgia, con brusquedad, y la sacaron de la casa sin miramientos, junto con Alejandra.
—Paula... —la llamó Pedro, acercándose—. Nena, ven conmigo... — titubeó, desplegando los brazos, aunque cualquiera podía darse cuenta de que lo hacía con un leve temblor—. Por favor... No pasa nada...
El semblante de su novio no transmitía sorpresa, sino preocupación, y miedo...
—No... No... No... —emitió ella en un hilo de voz, contemplando las numerosas caras de estupor que la observaban.
No pudo continuar allí. Se volvió y salió disparada hacia la salida.
—¡Paula!
Pero Paula no se detuvo. Corrió por la calle. La pierna no estaba recuperada del todo y sintió un latigazo detrás de otro. Cojeó con rapidez, sujetándose el muslo en un vano intento por no estropear la rehabilitación.
—¡PAULA!
Paró un taxi y se montó.
—¡Arranque, rápido! —le exigió ella al conductor.
Alguien golpeó el maletero del coche justo al acelerar. Supo que había sido él, aunque no lo comprobó. Recordó el localizador y apagó el móvil, que tenía guardado en el bolsito que llevaba colgado de la muñeca. Se abrazó a sí misma, pero los escalofríos no remitieron, sino que aumentaron en intensidad y crueldad. Un cuchillo recién afilado le estaba sesgando la piel.
—¿Adónde la llevo, señorita?
Le indicó al conductor la dirección de su antigua casa, en el barrio de Back Bay, uno de los más elegantes de la ciudad. Sacó un par de billetes y se los entregó al llegar a su destino.
—Sobra mucho dinero, señorita.
—Quédeselo —le dijo, bajándose del coche.
Levantó la mirada.
Su casa...
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