martes, 10 de diciembre de 2019
CAPITULO 132 (SEGUNDA HISTORIA)
Seis semanas después
—Estás perfecta, Paula —anunció Bruno en su despacho—. Te doy el alta, preciosa, aunque tendrás que realizarte controles cada seis meses, por prevención, no te asustes.
—¡Qué bien! —exclamó ella, abrazándolo—. ¿Puedo hacer mi vida normal?
—Puedes —le guiñó un ojo—. ¿Has tenido más dolores de cabeza?
—No más dolores —sonrió—. Y vuelvo a la píldora, desde hoy, que ayer fui a ver a mi ginecólogo y me dijo que, en cuanto me dieras el alta, empezara a tomármela.
—¿Y Pedro? —quiso saber él—. Me extraña no verlo aquí.
—Está con Gaston en la consulta de Mauro.
—¿Le pasa algo? —soltó la carpeta en el escritorio y apoyó las caderas en un lateral de la mesa.
—Está muy inquieto por los dientes —hizo un ademán restando importancia —. Oye, ¿y cuándo puedo empezar a trabajar?
—¿Quieres empezar ya? Quizás, deberías descansar. Han sido semanas muy intensas.
—Mucho.
—Habla con Pedro y discutidlo juntos. Mi opinión de médico y de amigo — posó una mano a la altura del corazón, fingiendo dramatismo— es que, de momento, no pienses en trabajar. Dedícate a tu familia y a ti misma. Has pasado por un tumor cerebral —adoptó una actitud seria—. Creo que son demasiadas cosas como para tenerlas en cuenta, ¿no te parece?
—Me gusta mucho trabajar —se encogió de hombros—, pero supongo que tienes razón. Me voy, Bruno —cogió el bolso de la silla y lo besó en la mejilla—. Por cierto, ¿y Nicole?
—Anoche tuvo otro ataque —confesó, con el semblante cruzado por el miedo. Se incorporó despacio—. Anoche creí que la perdía... —tragó saliva —. Está intubada.
Paula le apretó las manos para animarlo.
—Esta mañana, su padre ha hablado conmigo —prosiguió Bruno, fijando la mirada en el suelo—. Se están planteando cambiarla de hospital, al Kindred.
—Allí trabajé yo.
Los pacientes que ingresaban en el Kindred o requerían una recuperación larga o eran terminales.
—Son demasiados ataques en los últimos tres meses, Paula —se le quebró la voz—. Dicen que me darán una decisión al final de la semana.
—Pero si la llevan al Kindred, eso significa que...
—Se muere —se le enrojecieron los ojos—. No hay nada que se pueda hacer. Están hartos de esperar. Están hartos de ver cómo pasan los días y en vez de despertar, sufre un nuevo
ataque cardiorrespiratorio.
—¿Y tú, Bruno?, ¿qué quieres tú? —le preguntó con suavidad, frotándose los brazos ante el escalofrío que sintió por la noticia.
—Quiero cuidarla... —confesó en un susurro áspero. Tragó—. Como médico, no me rendiré jamás, pero debo respetar la palabra de su familia, me guste o no. Si así lo deciden, yo mismo organizaré el traslado y me ocuparé de todo; pero, como persona normal, aparcando a un lado mi profesión —se revolvió los cabellos—, me sucede lo mismo. Nunca me rendiría. Esa familia no se merece lo que está pasando, y mucho menos perder a sus dos hijas —se restregó la cara.
—¿Puedo verla?
—Claro —sonrió sin humor—. Está su madre con ella.
Paula dejó el bolso y la chaqueta en la silla, se ajustó el pañuelo que le cubría la cabeza, cuyos extremos caían por su hombro izquierdo, y se dirigió a la habitación de Nicole Hunter. Golpeó la puerta con los nudillos.
—Adelante —dijo una voz femenina.
—Buenos días —saludó ella con una sonrisa tímida, al entrar—. ¿Puedo?
—Por supuesto —concedió una mujer de cincuenta y pocos años, levantándose del sillón—. Soy Carla Hunter. No nos conocemos en persona — extendió una mano.
Carla Hunter era tan guapa como su hija. Era bajita y menuda y tenía unos ojos verdes impresionantes, profundos, grandes y muy expresivos, además de una brillante melena castaña oscura que alcanzaba sus axilas y unos cabellos alisados con cierto volumen en las puntas; no estaba maquillada y guardaba un clínex en la otra mano, además de que su mirada estaba ligeramente apagada y vidriosa, pero, aun así, era muy bonita.
—Encantada, señora Hunter —se la estrechó—. Soy...
—Paula Alfonso—sonrió—. Eres la cuñada del doctor Bruno. He oído hablar mucho de ti —le señaló el pañuelo de forma discreta—. Espero que te encuentres mejor.
—Sí. Me acaban de dar el alta completa. Ahora, solo queda esperar a que me crezca el pelo, que lo estoy deseando —enroscó un extremo de la seda entre las manos.
Ambas se rieron con suavidad.
—El doctor Bruno también me ha dicho que eres enfermera de esta planta y que has cuidado de mi hija hasta que cogiste la baja.
—Así es —asintió—. De momento, voy a esperar un tiempo para incorporarme —sonrió con amabilidad—. Venía a ver a Nicole —su rostro se crispó por la dura realidad—. Me ha comentado Bruno que quieren ingresarla en el Kindred. Yo trabajé allí antes de venir al General, por si necesitan referencias.
Carla observó a Nicole, estrujando el pañuelo.
—No queremos separarla del doctor Bruno. Es un gran muchacho —sonrió con tristeza—. Pero no podemos... —se detuvo, presa de la congoja—. Es demasiado duro...
Paula la abrazó el tiempo que necesitó la mujer para desahogarse.
—El Kindred es un gran hospital, señora Hunter —la tomó de las manos—, pero yo la dejaría al cuidado de Bruno, si me permite mi opinión. No sé cómo se deben sentir, pero Bruno es el mejor neurocirujano de Estados Unidos, no encontrarán a nadie que la cuide mejor. Esperen un poco más. No se precipiten.
Carla asintió, tapándose la boca con el pañuelo.
Sonrió con tristeza. Y era una sonrisa maravillosa. ¿Sería así su hija?, se preguntó.
—Vaya a por un café y descanse —le aconsejó ella—. Me quedaré aquí hasta que vuelva.
La mujer le acarició el rostro a su hija y se marchó. Paula se agarró con una mano a los barrotes que flanqueaban la mitad superior de la cama y con la otra rozó la de Nicole. En ese momento, entró Bruno.
—Hola, otra vez, a las dos.
Como era costumbre, las constantes vitales de la paciente se aceleraron al escuchar la voz del jefe de Neurocirugía.
Y ocurrió algo más...
—Dios mío... —pronunció Paula en un hilo de voz al notar cómo Nicole movía la mano—. Bruno... Bruno... ¡Bruno!
Y, de repente, la paciente comenzó a ahogarse. Se convulsionó, pero no lo hizo con los ojos cerrados... ¡los tenía abiertos!
—¡Joder! —profirió Bruno, corriendo para colocarse detrás del cabecero de la cama.
Ella intentó sujetar a Nicole, que levantaba los brazos sin dejar de toser y con la mirada aterrada.
—Tranquilízate, Nicole —le pidió Paula, que era incapaz de sostenerla con fuerza.
—Nicole, escúchame —le susurró él—. Coge aire cuando yo te diga.
La paciente arqueó el cuello en su busca. Bruno sonrió, embelesado por un momento.
—¡Bruno! —lo llamó Paula, despertándolo del trance.
—A la de tres, Nicole —frunció el ceño—. Una... dos... tres... Ya.
Nicole obedeció y Bruno le retiró el tubo de la garganta con suavidad y a una rapidez asombrosa. La paciente tosió más fuerte, aferrándose a los brazos de Paula.
—Respira hondo —le dijo ella—. Mírame y respira hondo conmigo, Nicole. Así... —inhaló varias bocanadas profundas de aire para que Nicole la imitara, hasta que se calmó—. ¿Mejor? —sonrió con dulzura.
La paciente asintió, recostó la cabeza en la almohada y aflojó el agarre.
—¿Dónde... es... estoy? —articuló Nicole entre suspiros roncos, contemplando el espacio con sus impresionantes ojos verdes. Paula fue a soltarla—. No te... vayas... por... favor... —la apretó, temerosa.
Ella sonrió de nuevo, pensando en que parecía una muñeca de porcelana, tan frágil.
—No me iré a ningún lado —miró a su cuñado, que se había quedado paralizado—. ¡Bruno!
Él reaccionó, parpadeando, y se acercó para estar en el campo de visión de Nicole Hunter.
—Tú eres... el... doctor de mi... hermana... Alfonso... Bruno Alfonso...
Bruno retrocedió, asustado.
—Ni se te ocurra, Bruno —lo previno Paula, arrugando la frente—. Comprueba sus constantes vitales. Venga.
Él acató el mandato, autómata. Mientras, ella, que reprimía la risa con gran dificultad al ver a Bruno así, analizó cada paso que daba este por si los nervios le traicionaban.
Unos minutos después, Carla entró en la estancia.
—¡Dios mío! —gritó la mujer, que se lanzó a su hija, llorando de felicidad.
Paula y Bruno se marcharon para permitirles la intimidad que requerían.
—Joder... —emitió su cuñado en un hilo de voz, apoyándose en la pared—. Joder... Joder... —repitió una y otra vez, sin dar crédito.
Ella soltó una carcajada y se colgó de su cuello. Bruno la abrazó con fuerza, alzándola en el aire, contagiéndose de la risa.
—¿Interrumpo algo? —preguntó una voz
masculina muy familiar.
Los dos pararon y se giraron hacia Pedro, que sostenía al niño en brazos, aferrado a su hombro y que sonrió al ver a su mamá.
—¡Nicole se acaba de despertar! —anunció Paula, besando a su marido y a su hijo con efusividad.
Él asintió, serio, como las últimas seis semanas...
—Me alegro mucho, Bruno.
—Gracias, Pedro —asintió Bruno—. Ahora os dejo —besó a ella y a Gaston en la mejilla y se encerró en su despacho, dichoso y alegre.
—Espérame aquí, que cojo el bolso —le pidió a Pedro. Regresó a los pocos segundos, colocándose la chaqueta forrada en el interior—. Ya tengo el alta.
—Eso es una gran noticia, Paula —sonrió con tristeza.
Sí, tristeza...
CAPITULO 131 (SEGUNDA HISTORIA)
La rabia pudo con él. Cerró la puerta de su casa de un sonoro portazo.
Mauro, Zaira y Alexis se asustaron. Bruno estaba de guardia en el hospital.
—¿Le ha pasado algo a Paula? —quiso saber Zai, angustiada.
—Paula está bien. No es nada.
Se encerró en su cuarto. Se quitó el abrigo a manotazos. Se acercó a la cuna y observó a su hijo, despierto, que encogía y estiraba sus extremidades con nerviosismo. Pensó en sus primeros cuatro meses de vida... Gaston nació sin Pedro, sin conocer a su padre. Todavía dolía... demasiado.
—Mauro se acaba de llevar a Alexis —le contó Zaira, entrando sin llamar—. ¿Qué ha ocurrido para que estés así?
—Nada, peque —se sentó en la cama y se quitó la sudadera—. Voy a ducharme, necesito despejarme un poco. Paula se queda con su madre esta noche. Necesitan hablar —omitió el resto, incluyendo lo mal que se sentía en ese momento.
—¿Por qué no duermes hoy tranquilo? —cogió al bebé en brazos—. Cuidaré de Gaston esta noche. Han pasado demasiadas cosas en poco tiempo y, a partir de mañana, Paula te necesitará más que nunca —sonrió—. Descansa
hoy, Pedro. Gaston dormirá con Caro. No te preocupes.
Pedro asintió lentamente.
—Gracias, peque.
Zai se marchó y él se duchó. Estuvo un buen rato bajo el chorro del agua caliente. Después, se secó sin prisas y se colocó el pantalón del pijama.
El apartamento estaba a oscuras y en silencio cuando se encaminó hacia la cocina. Abrió la nevera. No tenía hambre. Sacó un tercio de cerveza. Frunció el ceño. Guardó de nuevo la bebida y buscó algo mucho más fuerte: whisky.
Dudó, pero al fin abrió la botella y bebió a morro.
Se sentó en uno de los taburetes de la barra americana.
Su mente rememoró las palabras hirientes, pero certeras, de Howard... Su mente rememoró lo acontecido hacía ya más de un año... Su mente rememoró el día que conoció a Gaston... Su mente rememoró el momento exacto en que se enteró de que era padre... Su mente remomoró demasiados recuerdos dolorosos.
Ariel tenía razón: no se merecía a Paula...
Y, sin darse cuenta, se tomó más de la mitad de la botella, con el estómago vacío.
Tambaleándose, se levantó para acostarse en la cama. Cuando traspasó la entrada, con mucha dificultad debido al alcohol ingerido, escuchó un golpe proveniente de la puerta principal. Arrugó la frente, extrañado, y abrió.
—Joder... —pronunció, arrastrando las letras. Se apoyó en la madera, intentando mantener los ojos abiertos—. ¿Qué cojones haces tú aquí?
Melisa arqueó las cejas y repasó su aspecto con evidente desdén.
—Le pedí a Eli que me dejara conocer a mi sobrino.
—¿Te presentas a esta hora para conocer a tu sobrino? ¡Tú te crees que soy gilipollas! —gritó, lanzando la botella por los aires, que se estrelló contra la barra de la cocina.
—¿Pedro? —lo llamó Mauro desde el pasillo—. Joder, vaya borrachera llevas... —avanzó hasta que pudo sujetarlo por el brazo y arrastrarlo al interior.
—¡Déjame, joder! —se quejó, procurando soltarse, pero estaba demasiado torpe por culpa del whisky.
Su hermano lo ignoró y lo llevó a la cama. Pedro abrazó la almohada de Paula, que tan bien olía a mandarina, y bajó los párpados, sonriendo.
Sin embargo, ese dulce aroma se mezcló con una fragancia empalagosa, una horrible colonia que solo pertenecía a una persona...
lunes, 9 de diciembre de 2019
CAPITULO 130 (SEGUNDA HISTORIA)
Pedro cedió y, por la noche, Melisa apareció, justo después de la cena. No se permitían visitas a esa hora, pero Bruno se aseguró de que la dejaran entrar en el hospital.
—Duerme en casa hoy —le pidió Paula a él, sonriendo.
—Ni hablar.
—Por favor, Pedro. Mañana me dan el alta. Solo son unas horas y mi madre me ha dicho que se queda conmigo esta noche.
—No te preocupes, Pedro —convino Juana, a su lado—. No estará a solas con Melisa, tranquilo —y añadió en un susurro para que no la oyera ninguna de sus dos hijas—: Quiero hablar con Eli del apartamento nuevo y el instituto de Ale.
Él lo comprendió y accedió, a pesar de que deseaba lo contrario.
—Mándame un calcetín, ¿entendido, rubia? —le besó la mejilla. —Entendido, soldado —sonrió, acariciándole la cara—. Estará mi madre conmigo.
—En cuanto Gaston se despierte, nos tendrás aquí a los dos.
Ella asintió. Se besaron con ternura en los labios y Pedro se fue.
Sin embargo, no condujo a casa, sino al Hotel Cas.
Ariel se encontraba en la recepción, ajustándose la corbata.
—¿Qué haces aquí, Alfonso? —inquirió Howard, bien erguido.
—¿Podemos hablar?
Ariel respiró hondo como si librase una batalla y asintió. Se dirigieron al despacho.
—¿Y bien?
—Si estoy aquí es por Paula —anunció él, introduciendo las manos en los bolsillos del vaquero—. Lo que te contó Melisa es mentira. No entiendo cómo pudiste creerla cuando te enteraste de que era su hermana —frunció el ceño—. ¿Y tú eres su amigo?
—Lo era hasta que me la quitaste de mi lado —rechinó los dientes—. Paula nunca te importó.
—¡Te equivocas! —perdió los nervios—. Siempre estuve enamorado de ella.
—Lo demostraste bien, ¿eh? —ironizó, igual de enfadado—. Si tan enamorado estabas de ella, ¿por qué permitiste que se marchara conmigo? Eso no es amor, Pedro. Amor es lo que siento yo, ¡joder! —se tiró del pelo, desesperado. Comenzó a caminar sin rumbo por el espacio—. ¿Sabes cuántas veces la escuché llorar? —lo miró con odio—. ¿Sabes cuántas veces quise coger un avión y pegarte un puñetazo por el daño que le estabas haciendo? ¡Muchas, joder! Pero no lo hice. Soporté sus lágrimas, soporté cómo te nombraba hasta dormida, soporté que llevara a tu hijo en su vientre, ¡quise a Gaston como si fuera mi propio hijo! —se golpeó el pecho. Se detuvo y lo observó sin esconder la rabia—. Y, de repente, apareces otra vez en su vida para llevártela... ¡y con amenazas! —lo apuntó con el dedo índice—. ¡No te la mereces!
—¿Y tú, sí? —rebatió Pedro, avanzando, amenazador—. Has creído a Melisa antes de preguntarle a Paula. ¿Tanto la amas que la juzgas directamente y sin oír su versión?
—¡Nunca me dijo nada! ¿Qué querías que creyera? —extendió las manos, justificándose, en vano—. Paula nunca fue mía. Nunca me contó nada de su vida, solo hablaba de ti. Y Melisa confió en mí nada más conocernos. La
utilicé para olvidarme de Paula, sí, lo reconozco, pero... —chasqueó la lengua, posando las manos en las caderas—, Melisa me daba lo que creía que necesitaba...
—¿Y no te resulta extraño que, de repente, en cuanto se anuncia nuestro compromiso, conoces a su hermana?
—No sabía que era su hermana. Y ya no estoy con ella —desvió los ojos al suelo—. Fue un error iniciar una relación, con Melisa o con cualquier otra mujer. Me di cuenta cuando volví a ver a Paula.
—No te acerques a mi mujer, Howard —declaró, erguido, controlándose —. Paula me ha dicho que quiere solucionar esto contigo, pero que ahora mismo necesita tiempo —inhaló una gran bocanada de aire para serenarse—. Sé que estuvo llamándote y que no le cogiste el teléfono. Y, lo siento por ella, pero me alegro de que cortaras la relación —los celos lo asaltaron de manera inevitable.
—Estaba enfadado —confesó Howard, ronco—. Me cabreé mucho con ella. Paula es una mujer muy fuerte con todo el mundo, menos contigo. Nunca cede ante nada. Nunca se desmorona por nada. Nunca llora por nadie. Nunca... Excepto contigo. En un segundo —levantó los brazos y los dejó caer—, me echó de su vida sin dudar. Y sabía que eso iba a suceder —asintió despacio, con una expresión de derrota que no se molestó en esconder—. Pero me aferré a un rayo de esperanza, a que ella te hubiera olvidado —se frotó la cara—. Supongo que el amor verdadero perdona cualquier cosa —lo contempló con rencor—. No te la mereces, Alfonso —respiró hondo—, pero, en la subasta, la vi feliz, mal que me pese.
—Sé que cometí un gran error. No me perdonaré nunca haberla abandonado, y mucho menos de la forma que lo hice —apretó los puños a ambos lados del cuerpo—, pero no voy a permitir que nada ni nadie me aleje de ella, como tampoco voy a permitir que le hagan daño. No te acerques a Paula, Howard.
—¿Me estás amenazando? —bufó—. ¿Para eso has venido? Pues pierdes el tiempo, Alfonso, porque nadie me prohíbe nada.
—Tómatelo como quieras, pero, por tu bien, espero que te mantengas lejos de ella. Si Paula se pone en contacto contigo, yo lo respetaré. Y lo hará. Sé que lo hará. Hasta el momento, espero no verte cerca de ella.
Se dedicaron la peor de las miradas.
—Te recordaré algo —le dijo Ariel, entrecerrando los ojos—. La misma noche que se casó tu hermano, a pesar de que ella me dijera adiós, me llamó por teléfono, y durante tres días seguidos, porque me necesitaba y porque sabía, y sabe, que siempre estaré ahí para ella. Como has dicho, Paula, tarde o temprano, me llamará para solucionar nuestra discusión, lo que significa que siempre vuelve a mí, te guste o no. Y también sé que todavía me quiere, y lo sé porque, si no, no hubiera reaccionado como reaccionó cuando le dije lo que me había contado Melisa —sonrió con malicia—. Si en algún momento acude a mí porque haya tenido un problema contigo, no dudes ni por un instante que la apartaré de tu lado. Me la llevaré lejos y no volverás a verla. Ahora, eres tú quien está avisado, tómatelo como quieras.
Pedro, rugiendo como un animal, se aproximó, pero se lo pensó mejor y retrocedió. Abrió la puerta y se fue.
CAPITULO 129 (SEGUNDA HISTORIA)
Los dos primeros días fueron molestos e incómodos tanto para la paciente como para él. Paula permanecía más tiempo sedada que despierta, para así evitar el dolor de la operación. Tenía un vendaje que le cubría la cabeza y que le cambiaba Pedro dos veces diarias, tras limpiarle la herida. Bruno era muy meticuloso y apenas le quedaría una fina cicatriz.
A partir del tercer día, comenzaron a llevar a cabo las pruebas pertinentes: audición, lenguaje, visión, ecografías cerebrales... Estaba todo perfecto. Su hermano pequeño se presentó en la habitación con los resultados en la mano.
—Buenas noticias —anunció Bruno, sentándose en el borde de la cama, sonriendo a Paula con cariño—. No hará falta radio ni quimio. Los medicamentos serán suficientes. Era una masa benigna, les pedí que la analizaran enseguida para quedarnos tranquilos cuanto antes. Estás limpia, Paula —le apretó la pierna—. Te repetiré las pruebas mañana y, si todo sigue así de bien, podrás volver a casa en un par de días.
Ella sonrió, sollozando. Pedro la abrazó con cuidado y la besó en los labios.
—¿Ves? —le susurró él al oído—. Siempre juntos, rubia.
Paula asintió, aferrándose a su cuello.
El cuarto día, Juana y Pedro bajaron a la cafetería del hospital a tomarse un café.
—¿Has tenido noticias de Antonio? —quiso saber él.
—No —contestó su suegra—. Nada de nada. Tendré que llamarlo, pero... —agachó la cabeza—. No quiero hablar con él.
—¿Qué te ha dicho el abogado? —dio un sorbo a la taza.
—Que me ponga en contacto con Antonio aunque solo sea para preguntarle por los papeles, pero no me atrevo, Pedro —frunció el ceño—. Todavía no he encontrado trabajo y...
—¿Estás buscando trabajo, Juana? —los interrumpió Jorge, sentándose con ellos.
—Hola, Jorge—Juana sonrió, acalorada de pronto—. Sí, busco trabajo.
—¿Qué buscas exactamente? Lo digo porque mi secretaria está de baja por maternidad. Hasta dentro de seis meses no se reincorpora. Todavía no he encontrado a nadie. Si te interesa —sonrió—, te hago una entrevista.
—Pero yo no sé nada de secretariado. Y hace muchos años que no trabajo.
—No te preocupes —le aseguró el director, apretándole la mano—, yo te enseñaré todo lo que necesites. Ven a mi despacho esta tarde, ¿de acuerdo? No tengo reuniones. Hoy estoy libre.
Pedro ocultó una risita, apuró el café y se despidió de la pareja, que se quedó charlando como si fueran amigos de toda la vida, con la diferencia de que se miraban como adolescentes enamorados.
Cuando entró en la habitación de Paula, gruñó. Melisa estaba allí.
—Te dije que no vinieras —sentenció él—. Fuera de aquí —la agarró del brazo y la arrastró al pasillo—. ¿Es que acaso estás sorda?
— Y yo a ti te dije que volvería —protestó Melisa, enfadada—. Es mi hermana.
Él la observó como si tuviera delante a una serpiente venenosa. Sentía repulsión. Se reunió con Paula, cerrando tras de sí.
—¿Estás bien? —se preocupó Pedro, comprobando los monitores por si estuviera sufriendo un ataque de ansiedad.
—Sí, tranquilo —no sonreía y se limpiaba las lágrimas que había derramado—. Dice que ha roto con Ariel. Discutieron. Parece ser que lo que me contó Ariel es mentira.
—¿Qué te contó? —se acomodó en el sillón a los pies de la cama.
—Pues que Melisa le dijo que su hermana Eli, o sea, yo —se apuntó a sí misma con el dedo—, utilizaba a los chicos como vía de escape de mi padre, que me acostaba con todos en el instituto para desconectar de las discusiones en casa, que, primero, juego con los hombres, los caliento, los utilizo para mi propio beneficio y, luego, los tiro a la basura sin importarme sus sentimientos, justo lo que hice con él —sonrió sin humor.
—Muy típico de las malas personas como tu hermana —comentó él, relajado—. Ha puesto a Howard en tu contra. ¿Has tenido noticias de él?
Ella negó con la cabeza, abatida.
—¿Quieres tenerlas? —se atrevió Pedro a preguntar.
—Creo que nunca fuimos amigos —musitó en voz baja—. Ya sabía que se estaba enamorando de mí cuando decidí irme a Europa con él. Lo sospechaba y, aun así, acepté el viaje. Nunca le conté nada de mi vida, de mi familia o de mi pasado —contempló el Boston Common—. Nada. Para mí, Ariel fue una vía de escape equivocada para mis miedos. Pensé que, si me marchaba una temporada, podría volver con fuerzas para enfrentarme a ti y contarte la verdad —lo miró, con los ojos caídos por una amarga tristeza—. Pero en la boda de Zaira... —respiró hondo—. Quise correr en dirección contraria...
—Menos mal que no lo hiciste —bromeó.
—Quiero mucho a Ariel, Pedro —entrelazó las manos en el regazo—, pero me ha decepcionado, aunque yo soy culpable, en parte.
—¿Por qué crees eso? —se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Él tiene razón: lo utilicé para escapar de ti. Y lo único que conseguí fue hacerle daño, ocultarte a ti la existencia de Gaston y encerrarme en mí misma. Entiendo que esté dolido.
—Eso no justifica que crea a una mujer a la que acaba de conocer antes que a ti, después de los meses que estuvisteis viviendo juntos. Quizás, ha creído a tu hermana porque su interior se ha aferrado a algo malo para odiarte y así dejar de amarte —arqueó las cejas—. Porque sigue enamorado de ti. Lo sé. Y si ha roto su relación con Melisa justo después de discutir contigo... — chasqueó la lengua—. O tu hermana ya ha conseguido lo que deseaba o Howard sigue sin poder olvidarte.
—Quiero hablar con él. Quiero solucionar esto. Pero no es el momento. Necesito tiempo.
—¿Melisa ha mencionado a tu padre? —Pedro arrugó la frente, recostándose en el asiento—. ¿Sabes algo de él?
—Mi padre ya sabe lo del tumor y ha dicho que no piensa dejar de trabajar por mí, y mucho menos sabiendo que mi madre y Ale se han mudado aquí, conmigo —se encogió de hombros—. No es nada nuevo, Pedro, es lo mismo de siempre.
Él asintió, serio.
No charlaron más.
Melisa regresó a la mañana siguiente, tal cual había prometido, pero nadie le permitió el paso.
Cada vez que intentaba entrar en la habitación, Pedro la echaba de malas maneras.
El día antes de que Paula recibiera el alta médica, él y Melisa discutieron en el pasillo, a la vista de todos.
—Ya es suficiente —los cortó Paula, que se había levantado de la cama por las voces que estaban dando. Arrastraba la percha del suero con la mano derecha y se sujetaba el camisón en la espalda con la otra—. Ven esta noche, Melisa. Hablaremos entonces.
—¡No! —exclamó Pedro, furioso—. ¡Solo quiere hacerte daño!
—¡Basta! —se tocó la cabeza en un acto reflejo—. Estoy harta de ser la comidilla del hospital. Necesito descansar —indicó, antes de girarse para regresar a la cama.
Melisa sonrió y se marchó.
—No se acercará a ti —sentenció él, ayudándola a meterse entre las sábanas—. No sé qué pretende, pero ¿crees de verdad que solo desea recuperarte? No me lo trago —escupió asqueado.
—Yo, tampoco, pero esto no puede continuar así, Pedro —le contestó Paula, bajando los párpados. Estaba debilitada, las sienes le palpitaban si hacía demasiados esfuerzos—. Cuanto antes hable con ella, antes se irá de Boston.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)