domingo, 29 de diciembre de 2019
CAPITULO 29 (TERCERA HISTORIA)
Ella se escabulló al exterior y respiró hondo.
Aceptó un folleto que le ofreció uno de los empleados del Club, en el que se detallaban las actividades de la fiesta: el discurso del presidente, tiempo libre, almuerzo, partido de polo, tiempo libre, cena de gala y fiesta con juegos. Para los que deseaban practicar otro deporte, bastaba con acercarse a la sección correspondiente en otro campo.
—Aquí estás —le dijo alguien a su espalda.
Paula se giró y vio a Rocio y a Zaira observándola.
—Según el programa, tenemos tiempo libre —informó la pelirroja—. ¿Nos tomamos un aperitivo?
Los invitados se desperdigaron. Su prometido pasó por su lado, pero ni siquiera se percató de ella, estaba demasiado interesado en su conversación con el fiscal, por lo que Paula decidió divertirse con sus nuevas amigas.
—¿Vamos al bar de la piscina? —les sugirió ella, sonriendo.
El Club de Campo contaba con una zona de descanso independiente del hotel. Era otra caseta aparte que conducía a una terraza, de suelo de césped artificial, con sofás y pufs de mimbre, cojines blancos y camas con doseles. Se hallaba junto a los establos. Los invitados más jóvenes ya estaban allí disfrutando de un cóctel; algunos bailaban, disfrutando de la música actual del verano que sonaba en los pequeños y numerosos altavoces.
Las tres se acomodaron en una de las camas, al final de la terraza, justo donde terminaba el césped y comenzaba el suelo de madera de la piscina olímpica, con hamacas alrededor de la misma. Algunas chicas se tumbaron para saborear el fantástico sol. Un camarero les tomó nota de las bebidas: tres refrescos sin alcohol.
—Tengo muchísimo calor —comentó la rubia, ahuecándose el vestido blanco en el escote, abanicándose—. ¿Y si metemos los pies en el agua?
Y eso hicieron. Esperaron a tener las bebidas y se sentaron en el borde de la piscina, en una esquina. Se descalzaron e introdujeron los pies en el agua fresca, que les arrancó un suspiro de felicidad.
—Cuéntanos cómo conociste a tu novio —le pidió Rocio, a su izquierda, dedicándole una dulce sonrisa.
Paula dio un sorbo a su refresco de limón.
—Bueno... —comenzó, moviendo los dedos debajo del agua—. No sé si sabéis quién es. Ramiro...
—Anderson —la ayudó Zaira, a su derecha, también sonriendo—. Lo sabemos. El escándalo de Hector Anderson fue bastante sonado.
—Mi padre es abogado —continuó Paula, contemplando la piscina con los ojos perdidos—. Hector Anderson quiso contratarlo para que lo defendiera, pero mi padre se negó —sonrió con cariño—. Mi padre es un gran abogado que solo defiende buenas causas y a buenas personas —frunció el ceño—. Hector estafó a muchos inocentes. Yo no sé nada salvo lo que se publicó en la prensa. Ramiro solo me habló una vez de su familia y fue para decirme que odiaba a su padre por lo que hizo, y a su madre, por huir como una cobarde.
La familia Anderson se movía entre la alta sociedad, como vosotras —las miró a ambas—, pero el escándalo los perjudicó, no solo a nivel económico, sino también a nivel social. Mi padre me dijo que algunas personas con tanto dinero confunden el interés y la ambición con la amistad. La familia Anderson se quedó en la ruina y en la calle. Nadie los apoyó —inhaló aire y lo expulsó despacio y tranquilamente—. Cuando el banco les arrebató todo, Ramiro se presentó en el bufete de mi padre suplicándole trabajo.
—Lo contrató —afirmó la rubia, seria y atenta a la historia.
—Sí —contestó Paula, asintiendo—. Mi padre se apiadó de él —se encogió de hombros—. Pero no se fiaba del todo por ser el hijo de Hector —
colocó las palmas atrás, sobre la madera, recostándose—. Necesitaba probar de lo que era capaz. Su primer puesto fue de mensajero. Ramiro era muy inteligente, siempre supo lo que pretendía mi padre, pero no se quejó —negó con la cabeza repetidas veces—, ni se dejó intimidar. Aceptó todo. A día de hoy, es la mano derecha de mi padre y cuenta con un porcentaje de acciones de la empresa.
—¿El bufete es de tu familia? —quiso saber la pelirroja, antes de beber un poco de su vaso de naranja.
—Es de mis padres —la corrigió ella—. Mis abuelos maternos murieron antes de que yo naciera y mi madre es hija única. A la familia de mi padre solo la he visto en fotos. Nunca ha habido relación.
—La familia Chaves es muy conocida también —señaló Rocio con delicadeza.
Sus dos amigas se miraron la una a la otra con evidente incomodidad.
Paula se rio.
—Podéis preguntar —se inclinó hacia el agua.
—Bueno... Yo... —balbuceó Zaira, ruborizada por la vergüenza, retorciéndose los dedos en la espalda y moviendo los pies en el agua—. He oído que tus abuelos paternos desheredaron a tu padre por haberse fijado en tu madre.
—Es cierto —convino ella, posando una mano en el muslo de la pelirroja para reconfortarla—. No es ningún secreto. Mis padres jamás se han escondido, ni yo —suspiró—. Mi madre proviene de una familia humilde y mi padre, justo lo contrario —sonrió—. Es el típico cuento de hadas de chico rico conoce a chica pobre y se enamoran. Pero el cuento se trunca cuando los padres del chico se niegan a esa relación —arqueó las cejas—. Lo amenazaron con echarlo de casa y desheredarlo si no terminaba con mi madre. Pero eso no frenó a mi padre. Ya entonces era un joven abogado muy prometedor. Se licenció el primero de su promoción y los bufetes más importantes de Boston le ofrecieron un puesto de trabajo enseguida. Y se casó en secreto con mi madre —soltó una suave carcajada—. Mis abuelos cumplieron su palabra. Y hasta hoy.
—¡Qué romántico! —exclamó Zaira, con las manos en el rostro y los ojos brillantes de emoción.
Rocio y Paula se rieron.
—¿Y Ramiro y tú? —insistió la rubia.
—En cuanto entré en la universidad —respondió ella, después de apurar el refresco—, mi padre me dijo que trabajara en el bufete por las tardes para que fuera aprendiendo la profesión y así adquirir experiencia. Ya llevaba tres años siendo la ayudante de mi padre cuando Ramiro empezó en el bufete como mensajero —arrugó la frente. No se sentía cómoda al hablar sobre su relación
—. Un año más tarde, me pidió una cita —se encogió de hombros, fingiendo despreocupación—. Y a la mañana siguiente de despertar del coma me regaló el anillo —observó la sortija—. No sé si os lo habrá dicho Pedro. Me caso a
finales de septiembre —les sonrió, procurando simular alegría, aunque le costó—. Por supuesto, estáis invitadas.
Las dos correspondieron a su gesto de igual modo, lo que provocó un momento de tensión.
—Quizás, deberíamos irnos —sugirió la pelirroja, rompiendo la incomodidad, incorporándose—. El almuerzo no tardará en empezar.
—Claro —accedió Paula, levantándose a la vez que Rocio.
CAPITULO 28 (TERCERA HISTORIA)
Cuando Pedro le rozó las caderas con los dedos para retirarle las braguitas hasta la mitad del trasero, Paula retuvo el aliento y clavó la mirada en el techo, suspendiéndose en el acto. Y, cuando le extendió la fría pomada en la dolorida inflamación, creyó estallar de calor por la delicadeza, la suavidad e incluso la ternura de su contacto. Un fuego opresivo y demoledor arrasó su cuerpo, magullando su vientre y sus pechos.
—Hay que esperar a que tu piel la absorba —susurró él en un tono grave y rasgado.
—Va-vale —emitió ella en un hilo de voz.
Ninguno se movió. Entonces, una sutil caricia en su columna vertebral la sobresaltó. Su corazón se frenó en seco.
—Eres tan suave, Pau, pero tan suave... —los dedos de Pedro delinearon la curva de su cintura y descendieron hacia las nalgas.
A Paula se le escapó un jadeo, se le cerraron los párpados y su cabeza cayó hacia atrás.
Pero él le ajustó las braguitas de inmediato y se levantó de la bañera.
—Ya puedes vestirte —anunció Pedro, de camino al dormitorio—. Te espero fuera —y se fue.
¡Espabila, guapa! Te acabas de dejar acariciar por otro hombre que no es tu prometido.
¿Recuerdas a Ramiro, un hombre que ni siquiera te ha tocado un pelo desde que volviste de China porque tú necesitabas tiempo y él aceptó? ¡Exacto, ese Ramiro, tu prometido!
Se cubrió el rostro con las manos.
Ramiro había sido el único hombre con el que Paula había intimado. Pero había un problema: ella. Un problema grave. Jamás había sentido nada, ni con un beso, ni con una caricia, ni haciendo el amor. Nada. Él se había esforzado al principio, pero, un día, se dieron cuenta los dos de que ella era un témpano de hielo en la cama, o, como su novio la había llamado alguna vez, una frígida.
Y Paula se sintió tan mal, tan... anormal, que empezó a encontrar siempre alguna excusa para rechazarlo. A partir de ahí, ya no era que no sintiese nada, sino que no soportaba que él le metiera la mano por debajo de la ropa, mucho menos que la desnudara; Ramiro había sido siempre demasiado... agobiante en ese tema, por decirlo de un modo sutil.
Una noche, la anterior a que su hermana ingresara en el hospital por derrame cerebral, él la invitó a cenar, pero para romper la relación, argumentando que ambos buscaban cosas diferentes. Después, murió Lucia,
Paula se marchó a China y no supo nada de Ramiro hasta el mismo día que regresó a Boston y él le pidió retomar la relación; se lo dijo delante de sus padres... Fue una encerrona en toda regla, pero su madre estaba tan emocionada con la idea que Paula aceptó. Sin embargo, la muerte de su hermana continuaba afectándola, como si siguiera en un callejón sin salida, y, cuando se quedaron a solas, ella le pidió tiempo en cuanto al sexo, alegando que había cosas más importantes en una pareja que acostarse. Ramiro no dijo nada, pero, a la mañana siguiente, recibió un ramo de rosas rojas con una tarjeta, donde le había escrito que la esperaría el tiempo que necesitase, que estaba enamorado de ella y que solo concebía su vida a su lado.
Las semanas se sucedieron. La relación cambió.
Se distanciaron. Paula lo comprendió. Entendía que el sexo era importante para su novio, pero ella no cedió ni lo buscó, sino que comenzó a huir de su contacto y hasta los besos en la boca desaparecieron, por muy castos que fuesen.
Luego, tuvo el accidente y, cuando su novio se convirtió en su prometido, intentó un nuevo acercamiento hacia ella, pero Paula se volvió a negar. Despertarse de un coma y creerse
perdida no era la mejor situación para entregarse a Ramiro. Le rogó que esperase hasta la noche de bodas, y él dijo que sí, lo que significaba que ella tenía tres meses por delante para mentalizarse...
Pero con Pedro no has sentido miedo ni vergüenza... Y tú sabes por qué...
Tienes que olvidarte de Pedro, no puede ser.
Ramiro es lo correcto.
—Ramiro es lo que quieren papá y mamá... —se frotó la cara para espabilarse.
Se colocó las bermudas y se calzó las Converse. Se reunió con Pedro en el pasillo. En silencio y sin mirarse, se dirigieron al gran salón del hotel, en la planta principal, donde se estaba llevando a cabo el discurso. La estancia estaba repleta de gente, que reía por las ocurrencias del presidente del Club.
El acto finalizó a los pocos minutos, pero ella no prestó atención, estaba demasiado afectada y confusa por lo acontecido en la suite.
—Voy a buscar a Ramiro —le dijo a Pedro—. Gracias por... —se ruborizó—, por la pomada —agachó la cabeza y se mezcló con los presentes sin esperar una respuesta.
Ramiro, aún vestido con el traje de equitación, charlaba con un fiscal de cruda y ambiciosa reputación.
—Hola —los saludó Paula, educada—. Soy...
—Ahora no, Paula —la cortó Ramiro, serio—. ¿No ves que estamos hablando?
—Claro —asintió—. Disculpadme.
El fiscal se rio con malicia.
CAPITULO 27 (TERCERA HISTORIA)
Todas las estancias eran suites, de igual decoración, tamaño y color, sin excepción.
Contenían un pequeño recibidor, un amplio salón, un espacioso dormitorio, un baño y una terraza, en ese orden. No había puertas, sino vanos cuadrados. Los techos eran bajos y el espacio, rectangular. Los muebles oscuros y recargados poseían un estilo clásico y tradicional. Las alfombras eran grandes y existía una en el centro de cada sala.
Se dirigieron al servicio, al fondo y a la izquierda de la gigantesca cama alta con dosel descorrido. Por el otro lado del lecho se accedía a la terraza alargada que ofrecía las vistas del campo de golf, pues la suite de sus padres se hallaba en el lateral izquierdo del hotel.
Cogió el neceser de su madre y sacó la bolsita del kit de emergencia.
Buscó el bote que quería. Se sentó en el borde del jacuzzi de mármol y abrió las piernas.
—Levántate la camisa y bájate las bermudas y las braguitas.
Ella, más roja imposible, le dio la espalda y obedeció.
Pedro se quedó sin respiración cuando la vio descalzarse y quitarse los pantalones. Anduvo hacia atrás, hacia él, se subió la camisola hasta debajo del pecho, se colocó los cabellos sobre el hombro y esperó.
La visión de aquel trasero respingón, tapado por unas finas y diminutas braguitas de algodón blanco y liso, lo enmudecieron. ¿Cómo algo tan sencillo podía convertirse en lo más excitante que había contemplado en su vida?
¡Céntrate! ¡No peques! ¡No! ¡NO!
sábado, 28 de diciembre de 2019
CAPITULO 26 (TERCERA HISTORIA)
Pedro vio una piedra puntiaguda justo donde se había caído. Se colocó detrás de ella y le levantó la camisola al tiempo que le bajaba las bermudas y un poco las braguitas hasta que encontró una mancha pequeña y rojiza en su tez blanca como la nieve, en la mitad de la nalga izquierda. La tocó con cuidado, se estaba inflamando, notó un bulto.
—¡Ay! —se arqueó ante el contacto.
—Hay una piedra justo donde te has caído —la cubrió con la ropa—. Mi madre siempre lleva consigo un kit de emergencia. Te daré una pomada. Se está hinchando.
—Gracias, doctor Pedro —sonrió con timidez.
Él le guiñó un ojo, devolviéndole la sonrisa.
—¿Doctor Pedro? —repitió Anderson, estupefacto por la noticia.
—No es ningún sirviente, Ramiro —anunció Paula, con una paciencia infinita y una voz suave, pero cansada—. Es el doctor Pedro Alfonso, mi neurocirujano. Él y su familia son miembros del Club. ¿No lo recuerdas del hospital?
Ramiro lo observó con recelo y, tras analizarlo unos interminables segundos, le tendió la mano. Su boca carnosa dibujó una estudiada e interesada sonrisa.
—Lo lamento, doctor Pedro. Al verlo así vestido lo confundí.
Pedro, frunciendo el ceño, le estrechó la mano y asintió. El ambiente se cargó de tensión. No disimuló su irritación y Anderson parecía compartir el sentimiento.
—¿Nos vamos, Ramiro? —le sugirió ella en un tono conciliador.
—Sí, el discurso está a punto de empezar —dio media vuelta y emprendió la marcha a caballo sin esperarla.
—Siento mucho cómo te ha hablado —le excusó Paula, hundiendo los hombros—. Está muy nervioso por el día de hoy y lo ha pagado contigo — sonrió, aunque sin humor—. ¿Luego me das la pomada?
Pedro la contempló en silencio, decidiendo qué hacer. No había rastro de Anderson.
¿Su prometida se cae y se larga sin más? ¿Y ella? ¿Es que no se da cuenta de lo gilipollas que es su novio? ¿O sí lo sabe pero lo acepta? ¿Y por qué lo acepta?
Acortó la distancia, la cogió en brazos y la sentó en la grupa del semental negro.
—Pero...
—A callar —le ordenó Pedro, acomodándose detrás de Paula al instante.
La sujetó por la cintura y la alzó en el aire para situarla en su regazo, donde la pegó a su cuerpo. Guio al caballo con las piernas. Ella, que se había paralizado, al fin, reaccionó, rodeándolo por el cuello. Pedro suspiró entre
temblores, incapaz de reprimir el escalofrío que recorrió su ardiente cuerpo, y la envolvió con ambos brazos.
Condujo al animal hacia la puerta trasera del hotel. Un empleado del Club se encargó del semental. Pedro se bajó y levantó las manos para ayudarla.
Paula se arrojó a él sin dudar, que la abrazó de inmediato, adhiriéndose los dos por entero. Los mechones de ella, además, descansaron en los hombros y en la espalda de Pedro, como si lo atrapara en un sedoso manto de flores frescas.
Ninguno sonreía. Las narices casi se tocaban.
Los alientos discontinuos se mezclaron. Y la deslizó hacia el suelo muy despacio, apreciando cada una de sus curvas.
—Hola, cariño —lo saludó su madre, a su derecha—. ¿Todo bien? —se preocupó de repente.
Ellos se separaron.
—¿Dónde tienes el botiquín, mamá? Paula se ha caído.
—¡Madre mía, cielo! ¿Qué te duele? —se inquietó Catalina, tomando de las manos a Paula.
—Me he clavado una piedra en el... —su bonito rostro se tornó rojo intenso por la vergüenza—. En la espalda —se corrigió—. Estoy bien, pero creo que me ha salido un bulto.
Él sofocó una carcajada.
—Toma, hijo —le dijo su madre, entregándole la llave de su habitación—. Está dentro de mi neceser, en el baño. Hay una pomada para las inflamaciones musculares. Es la suite número diez de la primera planta, ya lo sabes.
—Gracias, mamá.
Pedro entrelazó una mano con la de Paula y tiró de ella hacia los ascensores. Y no la soltó hasta que entraron en la habitación de los señores Alfonso.
CAPITULO 25 (TERCERA HISTORIA)
Un rato más tarde, Ramiro, en mallas beis que le marcaban los músculos, botas negras hasta las rodillas, polo blanco, casco y guantes negros, entraba en la pista de obstáculos subido a un caballo enorme, castaño, que parecía encabritado.
Ridículo... A ver qué haces, ricitos de oro...
—Nosotros nos vamos. ¿Te quedas, Pedro? —quiso saber Manuel.
—Sí —giró al semental negro para pegarlo a la valla de madera que separaba el óvalo de los saltos—. Luego nos vemos —añadió, con los ojos fijos en Anderson.
—No tardes, que el discurso es dentro de veinte minutos.
Sus hermanos se marcharon. A él no le importaba el discurso, pero asistiría. Había confirmado su presencia, como cada año, aunque nunca había acudido hasta después del almuerzo, pero, como sabía que Paula estaría allí, decidió en el último momento que no se perdería un solo acto de la fiesta.
Ramiro comenzó el circuito con una postura perfecta y dominando el caballo con gran destreza. Era muy bueno, reconoció.
Un movimiento a lo lejos, a la derecha, distrajo a Pedro. Una preciosa yegua blanca inmaculada y de larga cola se metió en el óvalo desde el extremo contrario a donde estaba él. Era ella, su leona blanca, que enseguida trotó y, a los pocos segundos, inició un galope lento y pausado, armonioso, perfecto. La coleta se le soltó, perdiendo la cinta y provocando que los cabellos se ondearan al ritmo de las zancadas del animal.
Pedro sintió que se deshidrataba en un desierto al admirar la belleza de esa muñeca, cuya expresión era de pura dicha. Él emprendió el trote en dirección contraria, hacia donde se le había caído la cinta. Se detuvo, bajó de un salto y la recogió. Se la guardó en el bolsillo delantero de su vaquero negro. Giró el rostro. Paula lo estaba alcanzando.
—¡Pedro! —gritó al pasar a su lado.
Ella frenó a la yegua en seco. El animal se encabritó y se alzó sobre los cuartos traseros. Paula se desplomó en la arena, de espaldas. La yegua salió disparada, espantada. Pedro corrió hacia Paula, que no se movía.
—¡Paula! —se arrodilló y le tomó el pulso.
—Estoy bien —le indicó ella, incorporándose sobre los codos. Parpadeó, aturdida.
—Despacio —la empujó de nuevo, con suavidad—. ¿Te duele algo? — comenzó a palparle el cuerpo, no dejó un rincón libre de examen.
—¡Ay! —se quejó, entre carcajadas—. ¡Me estás haciendo cosquillas!
—Esto no es gracioso —retrocedió y aterrizó sobre el trasero, temblando como un animalillo asustado. Desvió la mirada y se tiró de los mechones en un vano intento por ralentizar su acelerado corazón—. ¡Eres una inconsciente!
Paula gateó hasta Pedro con una tímida sonrisa.
Apoyó las manos en las piernas de él.
—Estoy bien, Doctor Pedro .
—No me llames Doctor Pedro —resopló, todavía con las pulsaciones descontroladas.
—Lo siento... —musitó ella, hundiendo los hombros y agachando la cabeza.
—Joder... —la agarró y la situó entre sus piernas para abrazarla con excesiva fuerza—. Me asusté —cerró los ojos—. Perdóname. Creía que te había pasado algo —suspiró de manera irregular—. Caerse de un caballo no es ninguna tontería, y más si te golpeas la cabeza.
Paula se rió entre sus brazos y le rodeó el cuello. Lo miró y sonrió. Él, no, porque se quedó atontado por lo bonita que estaba cubierta de arena, con el pelo revuelto y manchada de polvo.
—Pau... —pronunció, contemplando su boca.
Las rodillas de ella se habían pegado a su entrepierna. Pedro estaba sentado y tenía las piernas flexionadas y abiertas, abarcándola. Y sus rostros quedaban a la misma altura, muy cerca... Su interior no se amansó, sino que se sumergió en una maravillosa cascada.
—Estoy bien —repitió Paula, enredando los dedos entre los mechones de Pedro.
El roce le erizó la piel. ¿Se estaba dando cuenta la propia Paula?
—Se me ha puesto el corazón a mil, Paula —le confesó él en un susurro, arrugándole la camisola en la parte baja de la espalda—. No vuelvas a parar a un caballo de esa manera.
—¿Sigues enfadado por lo de antes? —su cara reveló un profundo abatimiento.
—No me gusta que me digas no —admitió en un tono bajo.
—No te dije no —frunció el ceño.
—Tampoco dijiste sí —imitó su gesto—. Y pusiste la excusa de las maletas, pero aquí estás, donde quería que estuvieras, pero conmigo.
—Pues perdona —detuvo los mimos, descendiendo las palmas por sus hombros—, pero eso es muy egocéntrico por tu parte. Si no te gusta que la gente te diga no —chasqueó la lengua—, deberías empezar a acostumbrarte.
—Me importa una mierda la gente —se inclinó, enfadado, clavándole los dedos, acercándola más—, estoy hablando de ti, no de los demás.
Paula comenzó a palparle los músculos de los brazos y los hombros, de forma distraída y lenta, observando sus propios movimientos y humedeciéndose los labios como si pretendiera comérselo. Pedro arqueó las cejas.
Su aguda erección le arrancó un violento empellón a su piel. Entonces, ella dirigió las manos hacia su pecho, arrastrando las palmas, alzó sus verdes luceros a los de Pedro y los desorbitó, petrificándose de golpe. Un cándido rubor tiñó sus mofletes. Él sonrió.
—¿He aprobado? —la pinchó Pedro, adrede para ponerla más nerviosa.
—Yo... —tragó—. Lo siento, no sé qué...
—¿He aprobado? —insistió, en su oreja, acariciándosela con los labios, cerrando los párpados y aspirando su aroma floral.
Qué suave es, joder... Me encantan hasta sus orejas...
—Sí, has... aprobado... doctor Pedro...
Doctor Pedro... Ay, Pau...
Estaba tan alterada como él...
Pero un galope rápido los interrumpió. Pedro giró el rostro y descubrió a un furioso Anderson acercándose. La soltó de inmediato, se levantó y la ayudó a incorporarse.
—¿Qué estás haciendo? —le increpó Ramiro a Paula, saltando a la arena —. ¡Te dije que me esperaras! ¡Maldita sea, obedece! —la señaló con el dedo índice.
Pedro gruñó y se interpuso entre los dos.
—No la hables así. Se ha caído del caballo.
El rubio abogado le dedicó una mirada de odio infernal, irguiéndose.
—Largo de aquí o haré que te despidan, estúpido —bufó Anderson, que quiso empujarlo para retirarlo de su camino.
Pero Pedro movió el brazo para que no lo tocase y provocó que Ramiro trastabillara con los pies, retrocediendo.
—¡¿Quién coño te crees que eres, sirviente de mierda?! —vociferó el abogado.
—¡Ramiro! —gritó ella, agarrando a su novio de la mano—. Pedro es...
—¡No te metas, joder! —le contestó Ramiro, separándose de Paula con brusquedad.
—¡Ay! —exclamó ella, perdiendo el equilibrio y aterrizando en la arena.
Hizo una mueca.
Pedro avanzó hacia ella y se agachó. Le ofreció una mano. Su cuerpo hervía de rabia y de indignación. ¿Cómo se atrevía a tratarla de ese modo?
—¿Estás bien?
—Sí, tranquilo —se frotó las nalgas al aceptar su mano.
—¡Suéltala! —rugió Anderson, echando humo por las orejas.
—Déjame ver —le pidió él a Paula, ignorando al abogado.
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