viernes, 1 de noviembre de 2019
CAPITULO 29 (SEGUNDA HISTORIA)
—Gracias por acompañarme —le dijo Pedro a Mauro, que estaba a su izquierda, ambos de pie.
—Gracias a ti por pedírmelo —sonrió y le palmeó el hombro—. ¿Sabes? Nunca creí que llegara este día. El famoso mujeriego Pedro Alfonso se va a casar... Ver para creer —le guiñó un ojo—. No te queda mal el chaqué.
—Soy el guapo de la familia —enarcó una ceja, fingiendo prepotencia—. Todo me queda bien —se estiró la levita de su chaqué azul, que no llegaba a ser oscuro, de igual tono que el chaleco y la corbata de seda.
Los dos se rieron.
Estaban en el gran salón, donde se llevaría a cabo la ceremonia. La asociación de su madre, Alfonso & Co, se había encargado de organizar la boda.
Habían colocado una mesa rectangular, cubierta por terciopelo rojo, delante de las cristaleras que daban al jardín. Debajo de la mesa, comenzaba la alfombra, también roja, que se extendía hasta la doble puerta principal de la estancia; a ambos lados de la misma, había sillas de madera, sin brazos, forradas en tela blanca inmaculada, en las que ya estaban sentados algunos de los invitados, charlando animadamente entre ellos.
Como la sala era tan grande y los asistentes sumaban la cuantiosa cifra de seiscientas cuarenta y ocho personas, los asientos llenaban el espacio, desde la entrada del salón.
Un pequeño cuarteto de cuerda ensayaba las canciones, a la izquierda de su hermano.
—Diste en el clavo en tu fiesta de compromiso, en tu discurso —comentó Mauro. El mayor de los tres mosqueteros estaba feliz, no dejaba de sonreír, y Pedro sabía que era porque estaba orgulloso de él, aunque no se lo hubiera dicho.
—¿A qué te refieres? —quiso saber Pedro, arrugando la frente.
—Definiste a Paula como mujer poco convencional.
—¿Por qué dices que acerté? —le extrañaron sus palabras.
—Ahora lo verás —señaló la puerta.
Catalina y Samuel se acercaron a ellos.
—Estás guapísima, mamá —le obsequiaron ambos hermanos a su madre, cuando le besaron la mejilla.
CAPITULO 28 (SEGUNDA HISTORIA)
Minutos después, Zai surgió en la habitación para peinarse y maquillarse también. Apareció con los cabellos revueltos, los labios hinchados y una pequeña mancha debajo de la oreja. Paula y Catalina bromearon al respecto entre risas, provocando que la tensión de Chaves se esfumase de su cuerpo. Se sintió ligera, fresca, contenta y, sobre todo, querida por personas que no eran su familia sanguínea, pero a quienes consideraba como tal. La emoción encogió su corazón, una mezcla de tristeza y añoranza invadió su interior.
Hacía demasiado tiempo que no experimentaba tal amor...
Justo antes de que comenzaran a maquillarla, su iPhone sonó. Se levantó y lo cogió de la mesita de noche. Era un mensaje de Pedro:
Pedro: Sé que fueron mis padres los que decidieron esto y que nosotros aceptamos por Gaston, pero... ¿estás segura de casarte conmigo?
¿Él dudaba?, se preguntó ella, muerta de miedo.
Paula: ¿Por qué me dices esto ahora? No lo entiendo. ¿Es, acaso, una broma o parte de tu venganza? Porque, si pretendías hacerme daño con tus palabras, lo has conseguido.
Esperó unos segundos interminables, hasta que el móvil volvió a sonar.
Pedro: Creía que para ti las palabras se marchitaban igual que las flores, y que una mirada derretía el hielo... ¿Cómo te he mirado estos días? Contéstate a esta pregunta y hallarás las respuestas de las tuyas.
Paula: Has mirado a muchas así... Te recuerdo que trabajábamos en el mismo hospital.
Pedro: No he mirado a ninguna como te miro a ti desde hace ya dos años y cuatro meses.
Paula frunció el ceño.
Paula: ¿Qué pasó hace dos años y cuatro meses?
Pedro: Hace dos años y cuatro meses, yo estaba hablando con mi hermano Mauro en la recepción de la planta de Pediatría del hospital, cuando tú saliste del ascensor. Llevabas unos vaqueros blancos y estrechos, una camisa también blanca, sin mangas y con volantes en el pecho, un pañuelo estampado de color verde oscuro en la cabeza, igual que el bolso, y unas zapatillas blancas de esparto. Era tu primer día como enfermera de Pediatría. Mi hermano nos presentó. Paula Chaves... Ese día, me prometí no pronunciar tu nombre ni en mis pensamientos. Y, como no te gustan los halagos, no te diré mis pensamientos de ese día, lo que sí te diré es esto: atrévete ahora a repetirme que miro a todas de la misma forma.
Se le cayó el teléfono al suelo. El ruido la sobresaltó. Ahogó un grito, no solo por el susto... Se agachó y escribió, asustada... ¡Aterrorizada!
Paula: ¿Qué significa todo esto, Pedro? No entiendo nada...
Pedro: Significa que yo sí me caso contigo porque quiero, independientemente de que mis padres nos plantearan la idea por Gaston. Pero lo que no quiero es que tú lo hagas obligada. Nunca te quitaré al niño. Viviríais conmigo o ya nos organizaríamos tú y yo para que pudiéramos disfrutar los dos del bebé, pero no interpretaríamos ningún papel. Cambiaríamos nuestro acuerdo.
Paula suspiró de manera discontinua. Su corazón se iba a escapar de su pecho en cualquier momento.
Paula: No.
Pedro: Vale, cancelaré la boda. No hay problema.
Ella, rápidamente, tecleó de nuevo para aclarar su escueto monosílabo.
Paula: ¡No, Pedro! ¡No quiero cambiar nuestro acuerdo, quiero casarme contigo!
Pedro: Joder... La próxima vez, sé más específica... Nos vemos en el altar, rubia.
Paula: Nos vemos en el altar, soldado.
CAPITULO 27 (SEGUNDA HISTORIA)
Algo había cambiado en la pareja desde la fiesta de compromiso. Una exquisita timidez se había apoderado de ambos; aunque se dedicaban sonrisas tiernas, en especial si el bebé se reía por las atenciones que recibía de los dos, no habían vuelto a hablar sobre lo que sentían o sobre lo que se deseaban, y apenas se tocaban.
Lo bueno era que no se evitaban, todo lo contrario.
Y las miradas que compartían... ¡Oh! Paula se derretía cuando Pedro la observaba, humedeciéndose la boca, sin apartar los endiablados ojos de los labios de ella, que suspiraba de forma entrecortada y silenciaba un gemido tras otro. Gracias a la presencia de Zaira y de Mau, Paula no se lanzaba a su cuello. Con él, experimentaba fragilidad y arrojo, una mezcla de emociones que la tenían en un continuo estado de confusión.
La mañana de la ceremonia, despertaron en la mansión, lugar donde se llevaría a cabo el enlace. Pedro también había dormido allí, pero Catalina, atacada de los nervios por el acontecimiento, se encargó de que los novios no se vieran, no permitiendo que Chaves saliera de la habitación para nada.
La estancia era muy amplia y elegante, y disponía de un baño privado, enorme y lujoso, de mármol rosa muy claro. Una doncella le preparó la bañera con sales de lavanda para que se relajara. Después, se cubrió la blanca
lencería nueva con una bata de seda, también blanca, y se sentó en una silla, de espaldas a la ventana, con una taza de café en las manos.
—¡Ya estoy aquí, señorita! —la saludó Stela, entrando con una funda blanca en los brazos, seguida de Zai, el peluquero y el maquillador, amigos de Stela.
Stela Michel era una diosa en el mundo de la moda. Diseñaba para mujeres a nivel nacional e internacional. Había empezado su carrera creando ropa cotidiana, basada solo en vestidos, faldas y camisas, para un sector femenino de mediana edad. Luego, había aumentado su catálogo para ampliar tanto el tipo de ropa como la edad de su público. Más tarde, decidió instaurar una colección de fiesta y, desde el año anterior, también ofrecía vestidos y complementos para novias.
Stela era una mujer alta, esbelta y extremadamente elegante. Vestía por completo de negro, aunque jamás repetía atuendo. Sus altos tacones de salón eran parte indiscutible de ella, nunca faltaban, y sus cabellos castaños siempre estaban recogidos en un moño bajo y tirante a modo de flor, con la raya lateral, mostrando su ancho mechón canoso, su distintivo especial. Caminaba con los hombros relajados y el mentón ligeramente alzado, una imagen que transmitía sabiduría y formalidad; no obstante, aquella señora era dulce, paciente, divertida y amorosa. A sus sesenta y cuatro años, era una mujer muy atractiva, con clase, educación y distinción.
Paula la había conocido hacía un año, gracias a Zai, que era su ayudante personal.
—¿Nerviosa? —le preguntó la diseñadora, con una sonrisa.
—No —mintió, acobardada.
No había dormido más de tres horas. Las náuseas se sucedían cada pocos segundos desde que se había metido en la bañera. Las ojeras, y que sus piernas no cesaban de repiquetear, revelaron abiertamente su embrollado interior. Los recién llegados estallaron en carcajadas al fijarse en Paula.
—¡No os riáis! —se quejó ella, enfadada. Se incorporó de un salto—. No es gracioso.
—¡Venga! —animó Zaira, corriendo hacia una cómoda que había junto a la puerta—. Vamos a bailar un poco para quitarnos el estrés —encendió una radio antigua, buscó una emisora de música actual y subió el volumen. Caminó hacia Paula, contoneando las caderas de forma exagerada y cómica—. ¡A mover el esqueleto!
Tiró de ella y la obligó a subirse la cama, donde empezaron a saltar como niñas. Los demás se rieron sin poder contenerse.
—Montáis una fiesta sin mí, ¿eh? —les dijo Bruno, que había entrado en ese momento.
—¡Bruno! —gritaron las dos amigas, antes de agarrarlo y tirarlo al colchón.
Cayeron sobre él, en un amasijo de piernas y brazos. Bruno decidió hacerles cosquillas como venganza y terminaron llorando por las carcajadas. Atraídos por el jaleo, llegaron Mauro y sus padres. El primero se unió a la fiesta de las cosquillas, mientras que Samuel y Catalina se reían desde la puerta. Esta, de repente, se giró y empezó a gritar desde la puerta, malhumorada y haciendo aspavientos.
—¡Márchate, Pedro! ¡No puedes verla hasta dentro de dos horas!
—¡Joder! —contestó Pedro desde el pasillo—. ¡Tápame los ojos, pero déjame entrar! ¿Por qué ellos sí pueden divertirse y yo, no?
—¡Esa boca, Pedro Alfonso, esa boca! ¡Vete a tu cuarto ahora mismo! —le ordenó como si fuera el niño de antaño que destrozaba la cocina de su madre y era castigado.
Catalina dio un portazo y emitió un chillido de impotencia. Zai se lanzó a su marido, desde la cama, quien la levantó en el aire al instante, y la pareja salió de la estancia, besándose y riéndose como locos. Bruno besó a Paula en
la mejilla y también se fue, junto con su padre.
—Bien —dijo la señora Alfonso, bajando el volumen de la radio—. Tenemos muy poco tiempo, cariño. Será mejor que empecemos ya, ¿de acuerdo? —le acarició la mejilla.
—Perdón por el jaleo —se disculpó Chaves, ruborizada.
—Todas las novias necesitan liberar tensión —la rodeó por los hombros y la acompañó hasta su silla—. Y, ahora, a mimarte —la besó en la cabeza y se sentó en otra silla a su derecha.
jueves, 31 de octubre de 2019
CAPITULO 26 (SEGUNDA HISTORIA)
Chaves se encaminó hacia el interior de la mansión. Subió al segundo piso.
Pedro la siguió. Caro y Gaston estaban acomodados en sendas cunas preciosas de color blanco. Los señores Alfonso habían comprado la de la niña cuando nació, para que Mauro y Zaira no tuvieran que llevar consigo siempre la de viaje. Y, al enterarse de la existencia de Gaston, su segundo nieto, no habían tardado en encargar otra idéntica. Se encontraban en una de las habitaciones de invitados, donde Alexis, una encantadora doncella de cincuenta y dos años de edad, los cuidaba para que los papás pudieran disfrutar de la fiesta.
Alexis tenía los cabellos ligeramente encanecidos y recogidos en una coleta corta y baja, con la raya lateral; sus ojos eran de un marrón muy claro, rozando el dorado; y mostraba una perpetua sonrisa entrañable, con una dentadura perfecta y blanca. Era muy menuda y de baja estatura. Se había quedado huérfana con dieciséis años y la señora Alfonso la había tomado como su protegida. A Alexis le encantaban los niños y, cuando terminó el instituto, le pidió a Catalina que le dejara ser la niñera de Mauro. Ella, por supuesto, aceptó, y desde entonces estaba con los Alfonso.
—Acabo de preparar el biberón, señorita Paula —le anunció la niñera con el inquieto bebé en brazos, que sollozaba.
—Gracias, Alexis —le sonrió, cogió a su hijo y sostuvo el biberón.
A la derecha, estaba la cuna del niño, pegada a la pared, y situada a la izquierda, la de la niña, quien dormía plácidamente. En el centro, había un coqueto salón y, al fondo, existían dos camas individuales, separadas por una mesita de noche, debajo de la amplia ventana, cubierta por una cortina de color marfil.
Paula se sentó en uno de los dos sillones de orejas, enfrentados y alejados por una mesa baja, a juego con el mobiliario de estilo romántico de la estancia. Se acomodó el cojín en uno de los brazos y procedió a alimentar a su hijo. Pedro permaneció de pie a su lado. Alexis salió del dormitorio, permitiéndoles intimidad.
No intercambiaron palabras, aunque Chaves se encontraba demasiado acelerada, todavía temblaba por el beso, el impresionante beso, breve, pero alucinante...
Cuando acostó a Gaston en la cuna, la niñera volvió y ellos regresaron a la fiesta. Y no se marcharon hasta que el último invitado se fue, de madrugada.
Para entonces, Paula no se mantenía en pie sin tropezarse. Le dolían los pies por los altos tacones. No habían bailado, pero habían conversado con todos sin sentarse un solo segundo. Estaba agotada.
Catalina y Samuel se dirigieron al salón-comedor. Los demás los siguieron. Se recostaron en los sofás. Mauro colocó las piernas de Paula en su regazo, medio adormilada, le quitó los zapatos y le masajeó las plantas de los pies. Chaves sonrió con dulzura y un poco de envidia, preguntándose si alguna vez recibiría tal mimo de su marido.
Un sirviente les llevó leche caliente, café, chocolate, agua y pastelitos.
Paula se inclinó y cogió uno de crema con azúcar espolvoreado, su favorito.
—¿Por qué no dejáis aquí a los niños? —les sugirió Catalina, reprimiendo un bostezo—. Así, no los movéis y no se despiertan ni salen al frío de la noche.
Zai emitió un murmullo incoherente que les provocó suaves carcajadas.
—¿Qué prefieres? —le preguntó Pedro a Chaves, tomándola de una mano.
—Lo que tú quieras —le respondió, al tragar el último bocadito.
Él se rio y le dijo:
—Espera —le limpió la boca con los dedos y seguidamente se los chupó —. Tenías azúcar.
Paula sonrió. Los ojos de ambos centellearon.
—¿Estás cansada? ¿Nos vamos a casa? —se preocupó Pedro.
—Los pies y los riñones me palpitan —hizo una mueca—. Y si hubiera una cama cerca, me arrojaría a ella encantada...
Entonces, él se agachó, le retiró los tacones con suma delicadeza y la alzó en brazos contra su pecho cálido y duro. A Chaves no le dio tiempo a quejarse ni reaccionar, cuando se quiso dar cuenta, Pedro ya estaba caminando hacia la puerta.
—Nos vemos por la mañana —se despidió él de su familia.
La llevó al garaje y la metió en el Audi. Después, se sentó frente al volante y condujo en silencio. El trayecto era corto, apenas veinte minutos, pero ella bajó los párpados enseguida y suspiró, feliz por primera vez en mucho tiempo.
Y así, ilusionada y dichosa, pasó los tres días previos a la boda.
CAPITULO 25 (SEGUNDA HISTORIA)
Los temblores no cesaban. No había manera de que se relajara. Su fiesta de compromiso estaba en pleno auge. Trescientos invitados... Y para la boda se esperaba el doble... Pero no era eso lo que la mantenía en un constante estado de inquietud.
Pedro... Solo Pedro...
Su prometido no se había separado de ella en ningún momento; incluso, cuando Paula había necesitado ir al baño, él la había acompañado hasta la puerta y había esperado a que saliera.
Pero no, tampoco era eso lo que la turbaba... sino que Pedro no paraba de tocarla... Le acariciaba la muñeca en círculos por encima del guante... le rozaba la oreja con los labios... la besaba en la mandíbula... acercaba la nariz
a su cuello e inhalaba su fragancia erizándole la piel... hundía los dedos en la curva de su cintura... se situaba a su espalda y se adhería como un imán... trazaba líneas en sus caderas... descansaba la mano al inicio de su trasero... Y
todo de un modo distraídamente natural, pero ocultando una promesa... licenciosa.
Paula no debía olvidar que Pedro Alfonso era un encantador nato, por lo que ese era su modus operandi ante una mujer, y más aún cuando tenían que fingir que estaban enamorados, y una pareja a punto de casarse no se alejaba un milímetro el uno del otro.
Sin embargo, tal idea se la hubiera creído si ambos no hubieran reconocido que se deseaban. Pedro no estaba protagonizando una telenovela romántica, sino que estaba lanzando un mensaje directo, tanto a ella como al público:
Paula Chaves era suya.
Su nerviosismo no se apaciguaba por otra razón bastante sustancial: la manera en que la acechaba. Él estaba continuamente pendiente de ella, aunque charlase con otra persona, y era capaz de mantener una agradable y educada conversación con un invitado al mismo tiempo que fijarse en cómo miraba Paula las copas de champán que ofrecían los camareros, y solicitar una de inmediato, adelantándose a sus deseos antes de que ella abriera la boca.
Intimida... ¡Vaya si intimida!
La cena se había servido a modo de cóctel; unas doncellas, vestidas de manera impecable, de color negro y blanco, ofrecieron deliciosos canapés fríos y calientes en bandejas de plata por el gran salón, despejado de muebles y decorado con adornos navideños: guirnaldas, colgadas en los amplios ventanales que cubrían tres de las cuatro paredes, y muérdago, para aportar al evento un toque juguetón. Algunas parejas se habían besado al percatarse de que estaban debajo del muérdago; Paula, en cambio, lo había evitado. Llevaba toda la velada más pendiente de no terminar debajo del muérdago que de lo que acontecía a su alrededor.
Al fondo, donde se encontraban las estrechas y altas cristaleras que conducían al jardín, un cuarteto de cuerda amenizaba la celebración sobre un podio. Era Nochevieja, no solo su pedida de mano.
—Ya casi es la hora —les dijo una deslumbrante señora Alfonso, bellísima en su vestido de satén plateado.
Samuel silenció la estancia desde el podio. Catalina se reunió con él.
Paula se dio la vuelta para prestar atención.
—Queridos amigos y familiares —comenzó el señor Alfonso, entrelazando un brazo con el de su esposa—, es para nosotros un gran honor que hayáis acudido a la fiesta de compromiso de nuestro hijo Pedro y su encantadora Paula. Gracias en nombre de todos. —La sala prorrumpió en aplausos—. Falta muy poco para recibir el año nuevo —sonrió—, y Pedro ha decidido aprovechar justo este momento para decir unas palabras. ¿Hijo?
—Vamos, rubia —Pedro indicó a Paula que lo precediera al estrado.
Ella, más ruborizada, imposible, asintió y caminó, bien erguida, hacia los anfitriones.
—Soy hombre de pocas palabras —declaró su prometido, sonriendo con su característica picardía, provocando carcajadas en los presentes—, así que seré breve —se giró y cogió a Paula de la mano. Su oscura mirada se incendió de inmediato—. Cometí un error al dejarte marchar a Europa. Me asusté —su atractivo semblante se tiñó de rubor—. Pero no tropezaré dos veces con la misma piedra —apretó la mandíbula un segundo—. Dentro de cuatro días serás mía y nada ni nadie te arrebatará de mi lado, ni a ti ni a nuestro bebé — inspiró hondo como si deseara serenarse—. No obstante —ladeó la cabeza y sonrió—, sé que, a veces, soy un poco difícil, pero solo a veces. —Los invitados se rieron—. Por ello, necesitarás esto cuando te saque de quicio y quieras respirar lejos de mí —sacó del bolsillo del pantalón una tela azul oscura—. Sé que es un regalo de bodas poco convencional —la observó—, pero tú no eres convencional —le entregó la tela.
Chaves, aturdida por su discurso, apenas respiraba... Aceptó el...
¡Calcetín! ¡Es un calcetín!
Automáticamente, ella estalló en carcajadas, liberando toda la tensión y ahuyentando sus dudas y sus miedos. Él le guiñó un ojo y añadió:
—Hay algo dentro.
Paula frunció el ceño y metió los dedos en el calcetín. Sacó el contenido. Y se petrificó.
—Dios mío... —sostenía la llave de un coche, y no uno cualquiera... un BMW—. No me lo puedo creer...
Entonces, las lámparas se apagaron, el exterior de la vivienda se iluminó y un sinfín de confeti pobló el césped desde la azotea. Los sirvientes abrieron las cristaleras para que la gente saliera. Era medianoche. Sin embargo, ninguno se movió. Estaban todos, ella la primera, paralizados ante la visión de un BMW X6, rojo brillante, aparcado en el jardín.
—No me lo puedo creer... —repitió Chaves, en un hilo de voz.
Pedro, riendo, tiró de su brazo y la arrastró afuera. El frío era cortante, pero no lo sintió. La intensa emoción que la embargaba la mantenía en una burbuja hermética.
—Dios mío... —caminó despacio, alrededor del automóvil, rozando la carrocería con las yemas de los dedos—. Esto es... Me has comprado un coche...
—Sí —se inclinó a su oreja desde atrás y le susurró, en un tono aterciopelado—: Dijiste que no podías casarte conmigo porque habías encontrado a tu alma gemela. No me dejaste otra opción, rubia: o lo compraba para ti o nunca serías mía. ¿Te gusta?
Ella se dio la vuelta y agachó la cabeza. La incertidumbre la asaltó. Los invitados se olvidaron de la pareja, quedándose en el interior. El gran salón estaba alumbrado de nuevo y la orquesta acababa de retomar la música.
—Lo has hecho delante de los demás —afirmó Paula, jugueteando con la llave en la mano.
Pedro gruñó, la sujetó del brazo y la apoyó contra el maletero del BMW, ocultándose así del gentío. La soltó y colocó las manos a ambos lados de su cabeza.
—Sí, te lo he dado delante de los demás —contestó, furioso, rechinando los dientes—, pero ellos solo creen que se trata de un regalo de compromiso poco común. No es un anillo, sino un coche. Y no necesitan saber más, ni siquiera lo que el regalo encierra.
—¿Y qué encierra? —se atrevió a preguntar apenas sin voz.
—Nuestro secreto.
Sus mejillas se abrasaron por la respuesta.
Jamás la había perturbado tanto un hombre. Nunca se había comportado de manera tímida con ninguno, tampoco había intimado con ninguno en mucho tiempo, pero, últimamente, se sentía torpe y vacilante, su seguridad flaqueaba cuando Pedro Alfonso invadía el mismo espacio en que ella se hallaba, y más a tan escasa distancia...
—Nuestro secreto... —repitió Paula, embelesada—. Pedro... Quiero...
—¿Qué quieres, rubia? —se pegó a ella, muy despacio, obligándola a levantar la mirada.
—Quiero que me beses...
Él suspiró con fuerza, bajó los párpados y... la besó.
Gimieron al instante y la pasión los desbordó. Se fundieron en un abrazo impulsivo, enredando las lenguas con cruda lujuria, con desesperación...
Competían el uno contra el otro a ver quién devoraba más a quién, y ambos deseaban ganar. Paula le sujetaba la cabeza con fuerza y Pedro la aplastaba contra el BMW en un choque continuo de caderas que les arrancaba un jadeo seguido de otro. Le subió el vestido lo justo para tomarla por el trasero y alzarla en vilo, olvidándose de que cualquiera podría verlos. Ella lo envolvió con las piernas mientras él le estrujaba las nalgas.
—Ejem... —carraspeó alguien.
La pareja se detuvo de golpe. Zaira les sonreía con satisfacción.
Pedro bajó a Chaves al suelo y le arregló las ropas. Paula apenas respiraba por la vergüenza de haber sido atrapados.
—Me dijiste que te avisara cuando le tocase el bibi a Gaston —le explicó su amiga—. Alexis no quiso despertarlo a su hora porque estaba muy tranquilito, pero ahora está llorando y tiene mucha hambre —ocultó una risita —, y parece que no es el único.
La pareja se sonrojó más.
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